Camino de un lado a otro frente a la cama. No sé cuántas veces he rozado la misma baldosa, ni cuántas veces el zumbido de las máquinas me ha hecho contener la respiración. Fabricio sigue dormido, ajeno al caos que dejó detrás. Cada vez que me detengo junto a él, siento que no respiro. Como si mi aire dependiera de su aliento, El teléfono vibró de nuevo. Esta vez no pude ignorarlo. "Mamá" Tragué saliva. Lo tomé con la punta de los dedos, como si fuera una bomba. Dudé. Luego contesté. —¿Hola? La voz al otro lado fue inmediata. Ansiosa. Viva. —¿Fabricio? ¿Dónde estás? Te estoy llamando y no me contestas. ¿Está todo bien? Me senté despacio en el borde de la cama. Cerré los ojos, buscando una forma menos cruel de decirlo. Pero no existía. —Señora… soy Antonella. Estamos en la clínica.

