Me arde la garganta. Un nudo que no baja, que se instala como una advertencia. Estoy en mi departamento, pero no siento paz. Siento estrés. El teléfono está sobre la mesa. Lo miro cada cinco segundos, esperando que vibre, que diga algo, que me dé una señal. De Fabricio. Pero no… sigue mudo. Silencioso. Me acerco a la ventana. El cielo está manchado de gris, como si también estuviera a punto de quebrarse. Las luces de los edificios me acompañan. La puerta se abrió sin anuncio. No grité. No me moví. Sabía que era él. Sentí sus pasos. —Papá, no empieces. Pero esta vez no me gritó. No me dio órdenes. Me abrazó. Fuerte. —Tuve miedo de perderte— murmuró, y sentí cómo su voz se rompía en mi cuello. Lo abracé también, aunque el orgullo y la culpa pelearon dentro de mí. —Papá, no me pas

