Señor Martini Desde el corral, observaba a mis nietos mientras revisábamos las cuentas, los escuché. No porque me metiera, sino porque el oído nunca descansa y más si han pasadopor lo que yo paso a diario. Los peones hablaban entre ellos, pero yo tenía la vista puesta en los tres pequeños en el establo. Valery, firme como su madre. Axel, con esa dulzura pero a la vez frialdad de su padre. Y la niña nueva, la que llegó en ese auto blanco. —¿Sabes montar?— preguntó Valery, con esa voz seria. La niña se acomodó el lazo como si estuviera en una pasarela. —Claro. Mi papá me enseñó. Valery no se inmutó. Se subió a Tormenta como si fuera su trono. —Aaah. A mí me enseñó mi abuelo. Sentí que el pecho se me apretó. No dije nada. Solo seguí ajustando el alambre, pero mis manos se detuvieron un

