—¡Axel, Valery! ¡A lavarse las manos que ya está el almuerzo!— grito con voz firme, mientras sirvo los platos sobre la mesa de madera. —Estos niños. Papá se acerca botando el humo. Mientras sonríe al ver a mis pequeños. —Son idénticos a su padre— dice con nostalgia. Aprieto el cucharón con fuerza. Mi mandíbula se tensa. Coloco los cubiertos uno por uno, con rabia —¿De qué padre hablas? Mis hijos no tienen padre— respondo sin mirarlo. Él sabe que no debe decir esas cosas, Los pasos pequeños interrumpen el silencio. Valery entra con los ojos brillantes y la trenza deshecha. Axel va detrás, con las mejillas rojas y el pantalón lleno de lodo. —¡Abuelito, enséñanos a montar caballo!—pide Valery, abrazándolo por la cintura. —¡Sí, sí! Yo quiero correr como Tormenta—dice Axel, señalando

