El estacionamiento subterráneo estaba vacío. Las luces parpadentes del lugar proyectaban sombras alargadas que se movían lentamente sobre los muros de concreto gris. Luciano había recibido el mensaje hacía apenas una hora. Un lugar neutral. Una reunión privada. Las palabras estaban cuidadosamente elegidas, como si quien las escribía disfrutara del suspenso que creaban. Luciano aparcó su coche n***o a un lado, apartándose de donde estaban los otros vehículos. Su instinto de supervivencia estaba activado, cada fibra de su ser en alerta máxima. Bajó del auto sin prisa, sus guantes blancos reluciendo bajo la luz artificial. Vio a Max recostado contra una columna de concreto, vestido impecablemente como siempre, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Luciano, qué bueno que hayas venido —

