¿Enamorado yo? ¡Jamás!

2537 Words
En el mismo bar de siempre... –¡James! ¿Dónde carajo has estado estas últimas semanas? –le gritó Marcus alterado. –Me fui a Estados Unidos a cerrar unos negocios ¿Por qué estás tan de mal humor? ¿No has tomado lo suficiente? –interrogó con una mueca confusa y luego, se burló. –Dormí con Catherine, hace un par de semanas. –le dijo sin más haciendo que su amigo casi escupiera su trago. –¿Catherine tu secretaria? –el rubio afirmó con la mirada. –¡Bien hecho! ¡Ese es mi campeón! ¡Cuéntamelo todo, galán! - felicitó James con una enorme sonrisa, mientras palmeaba a Marcus en la espalda como todo un orgulloso padre. –No estás entendiendo... –exclamó, mientras negaba con la cabeza. –¡Dormí con ella! –repitió con más ahínco. –¡Te escuché la primera vez! –rezongó James. –¡Cuéntamelo todo! –exclamó furtivamente interesado en conocer detalle a detalle cada una de las hazañas del casanova Marcus Hoffman. –¡No, no estas entendiendo, dormí con ella, con ropa, dormir, solo dormir. Nada pasó entre nosotros solo dormimos juntos en la misma cama! –gritó estresado. –¡¿Qué!? –gritó impresionado, mientras se ponía de pie. –¡Cómo rayos rayos pasó eso!? –exigió su explicación, después, respiró profundo tratando de calmarse de aquella sorpresa, saco un cigarrillo de su bolsillo y lo encendió. Marcus se dispuso a explicarle lo sucedido –Preparé una cena romántica en mi departamento, la incité a ir al encuentro, bebimos algunas copas de vino, platicamos y... se quedó dormida. –contó mientras recordaba con mucho detalle aquella escena, suspiraba, mientras ese recuerdo inundaba sus pensamientos. –¡Ah! ¡Ya entiendo! –asintió con la cabeza James, mientras meditaba la situación con la mano en el mentón, mientras sujetaba el cigarro que acababa de encender. –¡Yo dejé que se durmiera! –exclamó Marcus. –Y luego...– balbuceó y después guardó un instante de frío silencio –Me dormí a su lado. –afirmó agitando su cabello. –Entiendo... –confirmó el pelirrojo, mientras afirmaba con la cabeza. –¿Entiendes? –exclamó asombrado el rubio quien lo miraba con total asombro. –¡Por supuesto! al final, la chica no te gustó tanto, no te pareció del todo atractiva y decidiste mejor dejar que se durmiera a hacerla tuya –sonrió. –¡La encuentro atractiva! - gritó levemente coloreado en carmín. –¡Hermosa, divinamente exquisita! –reiteró, mientras bajaba el rostro y escondía su coloreado semblante. –¿Y entonces? –alzó la ceja sin entender. –No pude, me soslayó de una forma increíble. –suspiró el rubio. –Comenzamos a platicar, comenzó a decir cosas en verdad muy interesantes, cosas preciosas... y cuando me di cuenta, se había quedado dormida. –murmuró recordando la escena. –Me sentí extasiado, no tuve ánimos de proceder de manera lasciva, me causó mucha ternura. – afirmó. –No sé qué hacer James. –afirmó y pasó las manos sobre su rostro, como si intentara despabilar con ese gesto. El pelirrojo sonrió. > pensó en silencio con una ladina sonrisa. –Admito que me gustó dormir a su lado, me gustó mirar sus hermosos ojos al despertar, me gustó sentir su calor mientras me deleitaba con su ternura, me gustó cubrirla del frío y sentir que podría protegerla. Me gustó... besarla antes de dormir... –bajó la mirada, mientras le ardía la cara en carmín, James se echó a reír, era la primera vez que veía esa perspectiva de su amigo. –¿Desde qué dormiste con ella... con cuantas chicas tiene estado? –interrogó inquisidoramente, porque la respuesta a ese cuestionamiento revelaría muchas dudas. –Con ninguna. –confesó. –¡¿Pero eso qué tiene que ver!? –interrogó, porque ese argumento no parecía tener sentido para él. –¡Felicidades amigo! –se puso de pie mientras soltaba un aplauso. –¡Ya has superado tu estúpida obsesión por Mía Leclair! –se burló de él con un molesto tono de mofa. –¡La verdad nunca me cayó bien esa bruja, es odiosa y superficial! –se quejó de ella. Marcus lo miró con un gesto desaprobatorio –¡¿Mía que tiene que ver en esto?! –exclamó, pero debía confesar que, el nombre de esa hermosa dama no se le había cruzado por la cabeza en bastante tiempo. –¿Has salido de nuevo con Catherine? ¿Has hecho alguno de esos galantes movimientos que tanto te caracterizan? –exclamó cambiándole el tema completamente. –No, no, eso es lo peor, hizo como si nada hubiera pasado esa noche...–sospechó. –Pero si nada pasó, digo, ¿Un simple beso mientras dormía? ¡Seguro que ni lo recuerda! –se burló de él. –Así como lo veo...–meditó un momento, a la par que, mantenía en suspenso a Marcus. –Esa chica sí que fue muy hábil... –se rió de su amigo. –Lo peor es que, me pidió su renuncia. –se le notaba triste al hacer esa confesión. –Seguro le pagas muy poco. –echó la cabeza hacia atrás mientras lanzaba lejos el humo de su cigarrillo. –¿Te dijo algo? –alzó la ceja. –¡Por Dios, Marcus, eres un maldito tacaño! –se burló. Marcus solo se apretó la sien, se notaba realmente mal. –Mi querido amigo, lamento informarte que... – sonrió –Estás enamorado de Catherine. –expresó con mucha seguridad. –¡¿Qué!? –gritó alarmado mientras sus pupilas de dilataban. –¡No puede ser! –chilló explayado. –¡Estás loco, James! –exclamó con una ilusa sonrisa entre sus labios. –¡¿Enamorado, yo? ! Eso jamás! ¡Marcus Hoffman, nunca se ha enamorado! –presumió con verdadero regocijo. –Mira aquí, el loco eres tú, y así como yo las cuentas estas loco por ella –repitió, mientras se carcajeaba en su cara. –¡No estoy enamorado! –exclamó enfatizando la negativa y de prisa se echó un trago a sus fauces. –¡Ni siquiera la toqué! ¡¿Cómo podría enamorarme así?! –blasfemó, James negó con la cabeza mientras escuchaba sus malos pretextos. –¿Y sabes qué? ¡Te lo voy a demostrar! –demandó con una retadora mirada en sus ojos. Se percibía completamente ofendido de que James le mencionara esa terrible posibilidad. –¿Ahhhh, sí? ¿Cómo? –cuestionó divertido James, porque este acto patético se estaba poniendo cada vez mejor. –¿Ves la preciosa castaña que está ahí sentada? –exclamó, mientras señalaba una hermosa mujer de ojos verdes, pronunciadas curvas, rostro finamente definido, sonrisa encantadora, inmenso escote y un vestido que, deja ver la forma torneada de sus hermosas y largas piernas. –Una bella dama –precisó James Bomer. –Esta noche... –sonrió con inmensa picardía –Esa mujer será mía. –decidió Marcus decidido. –¿Seguro? –interrogó James, mientras elevaba una ceja. –Absolutamente, no estoy enamorado de James, soy libre; así que... no sentiré remordimiento alguno –aseguró sonriente. –Marcus, Marcus, deja de humillarte. –se burló. –Bien, hagamos una apuesta mi querido amigo... –le devolvió la divertida sonrisa. El rubio se alteró, tragó duro y terminó por ceder. –Dime: ¿Qué se antoja perder? - James solo sonrió mientras lo miraba fijamente. Aquella hermosa mujer, era sin duda una verdadera diosa, tanto que, en definitiva Marcus no podría apartar la mirada hacia otra parte que no fuera de su cuerpo escultural. Se acercó decidido a la barra, la saludó y la invitó a una copa, la mujer accedió con facilidad porque, era difícil no quedar prendida de aquella hermosa sonrisa que provocaba desfallecer, aunado a su perfecta masculinidad, el exquisito perfume de hombre y lo bien que le acentuaba el traje que llevaba puesto. El rubio sonreía y hablaba con una absoluta seguridad, con decisión. Decía lo apropiado, coqueteaba oportunamente: en el preciso momento, en el exacto instante. Se acercaba poco a poco... con toda la intención de seducir, con toda la pretensión de que exista contacto físico con aquella belleza. Platicaron, un largo rato, coquetearon, todo lo necesario. Marcus Hoffman era un experto en lo que tenía todas las bases acerca del arte de la seducción, la conocía y las aplicaba de maravilla, cuando se dio cuenta... esa belleza, ya había accedido a acompañarlo a su departamento, y, ver qué pasaba. Una vez ahí, tomaron unas cuantas copas de vino mientras reían de las ocurrencias del rubio. La situación, comenzando a tensarse, comenzando a ponerse sensual y ardiente. Iban rápido, quizás demasiado... cuando se dio cuenta, ella lo había jalado de la corbata con furor provocando que sus labios se encontraran, teniendo cuidado de devorarlo con un beso lleno de pasión. Marcus sin duda... sonrió gustoso, aún no perdía el toque, aún conseguía enloquecer a las mujeres con su gallardía, con su sensualidad. La acercó más hizo sí, procurando corresponder a la necesidad que ella exigía con sus labios, apretó su cintura contra él, acercando su sexo al suyo. De pronto, notó que algo estaba mal, algo no encajaba. Podía sentir la fuerza y la pasión con la que esa mujer le besaba, podría sentir su desesperación recorrerle los labios, su deseo, la suavidad de sus labios pintados en carmín, su embriagante aliento; pero se dio cuenta de que... no sentía nada, por el contrario, se estaba aburriendo e incomodando. Sentía que besarla, era como rozar a una pared, por lo poco que le provocaba. No sintió nada, absolutamente nada; ni el más ínfimo rastro de pasión, ni la más delicada necesidad de prolongar y profundizar esa situación que comienza a tornarse más apremiante. Ella entonces... procedió a desabrocharle la camisa con absoluta desesperación, cuando lo consiguió recorrió con sus femeninas manos su trabajado abdomen. Marcus, logró sentir como lo conducía hasta su cama sin la menor intención de parar aquello que ya se había desbordado; no planeaba terminar hasta llegar al final. El idiota rubial le correspondía el beso haciendo todo esfuerzo por lograr sentir el inmenso deseo de poseer a esa mujer, considerado por primera vez en toda su vida que se estaba forzando a hacer algo que no quería; y aquella chica era en verdad una diosa, pero no podía evitar pensar en el pequeño y simple beso que le había dado a Catherine esa noche cuando se durmió en su cama, ¿simple? había sido pequeño pero no simple, había sentido tantas cosas liberarse con ese nada prolongado beso que le dio. Y ahora... no podría evitar pensar en ella mientras besaba a otra mujer que no era en lo absoluto Catherine Bennet. Sus manos... no hacían nada, el escotado y ceñido vestido continuaba prendido de su dueña, no había hecho ni el menor indicio por arrancárselo, no había movido un dedo por despojarlo de su cuerpo, y tampoco tenían las ganas de hacerlo. –¿Qué pasa? –cuestionó con su sensual voz aquella chica. –¿No te gusto? –le interrogó mientras le besaba el cuello y le manchaba la piel con su labial, sus manos se apuraban por sacarle por completo la ropa. –Claro que me gustas, eres preciosa. –exclamó el rubio sintiendo su contacto con la piel de su cuello, percibiendo como se apuraba en desabrochar cada botón de su ropa. > se reprochó así mismo, tenía en el pensamiento: su tímida sonrisa, su voz tan dulce, su amabilidad, su cuerpo, el sabor de sus labios... sentía entonces, como esas féminas manos se apuraban a sacarle los pantalones. –¡Espera! –exclamó al no estar completamente consiente de lo que hacía, del porqué de detenerla. –¡Estamos yendo muy rápido! – exclamó nervioso. Su boca, sus pensamientos, sus acciones; estaba en modo automático, como si alguien lo manejara, no sabía que estaba haciendo. –Quizás... podríamos ir más lento –sugirió alejándose de ella, mientras procuraba colocarse la ropa de nuevo. –¡¿Qué!? –se alteró la hermosa mujer. –¡Tus intenciones eran obvias en el bar! –le reprochó. –Sí, bueno, pero...–quiso excusarse, pero no encontraba un pretexto lo suficientemente razonable. –¡Eres un idiota! –exclamó, mientras le plantaba tremenda cachetada en la mejilla, tomó su saco, su bolso y salió de ahí enojadísima. Marcus, sonrió, nunca había rechazado a una mujer y más cuando la situación ya había desencadenado. Se sentó en su sofá mientras bebía una copa de vino, mientras consolaba su colorada mejilla por el estrepitoso golpe que se había ganado cuando había despreciado a semejante diosa. Se preocupó, sin duda hace un par de meses había pasado una noche entera con esa mujer que acababa de salir de su departamento, quizás incluso hubieran sido dos noches, sin duda... la hubiera tomado y la hubiera hecho suya toda la velada con esa increíble energía que se carga, pero en estos momentos el único nombre que cruzaba su cabeza era el de: Catherine Bennet. No podría dejar de pensar en ella y besar los labios de la castaña escultural tan solo había despertado en él la necesidad de besar los de Catherine. Se tapó la cara con las manos mientras se despeinaba la cabellera rubia, no entendía nada, no entendía lo que le estaba pasando, o más bien, no deseaba admitir lo que estaba viviendo, lo que su corazón estaba experimentando; tan solo sentía que, necesitaba verla, hablarle; no quería un encuentro carnal solo quería contemplarla sonreír, escucharla hablar, besar su boca si ella se lo permitía, solo eso... ¿Dónde podría encontrarla? Se había ido de su vida sin decirle a donde se iría, y jamás había ido a su casa, no sabía donde vivía. Se quedó sentado sobre su sofá mientras asimilaba o intentaba asimilar por lo que estaba pasando, bebió su copa de vino mientras respiraba profundamente. Aún le era difícil admitir que estaba en ... ena ... enamo ... enamorado de ella. Se rehusaba a pronunciar esas palabras porque consideraron que le quemarían la garganta son su simple murmurar. En eso estaba, estaba teniendo un debate interno, cuando escuchó el sonido de su celular sacarlo abruptamente de sus necios pensamientos. Vio el nombre de la persona que le llamaba, parpadeó innumerables veces. Asombrado miró la hora en su costoso reloj de mano: –La una de la mañana. –murmuró para sí mismo. Las cosas no estaban bien, quizás estaba alucinando, quizás la cachetada y el alcohol le estaban atrofiando los sentidos. –¿Aló? –contestó desconfiado. –¡Marcus! –exclamó una femenina voz y en ese momento supo dos cosas: la primera era que, aquella mujer estaba llorando a mares, porque su tono era una mezcla de alegría porque él había contestado con un tinte quebrado por el llanto; segundo, efectivamente, era la voz de Mía Leclair, su amor de toda la vida.
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