Se fue...

3496 Words
–¿Mía? –interrogó sorprendido. –¡Estoy mal Marcus, necesito tu ayuda! –exclamó entre sollozos, el rubio sintió su corazón acongojarse al escuchar sus lamentos. –¡¿Qué ocurre?! –cuestionó extremadamente preocupado. –Sé que es tarde pero... ¿Podrías venir a mi departamento? –le pidió con un tono de voz tan lastimero que él, no pudo negarse. –Llego en veinte minutos.– añadió con decisión. –Gracias. –afirmó ella y luego colgó el celular. El rubio suspiró. ¿Qué había pasado? Se cuestionaba, mientras conducía tan rápido como podía, para llegar al lugar de encuentro. Quizás odiaba recordar donde vivía aquella hermosa mujer. Tocó la puerta del lujoso departamento, no sin antes ajustar mejor su vestimenta. –¡Marcus! –saltó a abrazarlo cuando abrió la puerta. –¡Esos veinte minutos se me hicieron eternos! –murmuró con la misma voz rota con la que le había llamado. –¿Qué sucedió, Mía? –interrogó suavemente, mientras la tomaba de los hombros, porque tenía los ojos hinchados por el llanto. –Dan... –sollozó, mientras se tallaba sus orbes verdes. –Da... Dan...–balbuceaba sin completar la frase. –¡Dan me engañó con otra! ¡Los encontré juntos, los encontré en la cama juntos! –chilló la mujer. –¡Marcus, él me engaño, tres semanas de casarnos! ¡No me amaba lo suficiente para serme fiel, cierto!? –agregó, mientras se aferraba al rubio con extremo furor. Marcus le correspondió el abrazo. Cerró con el pie, la puerta del bello departamento. Esa sería una larga noche... –Tranquila...–balbuceó porque nada más podría decirle. Ella seguía llorando, apretó su cabellera sobre su pecho, mientras intentaba consolarla, ella seguía derramando lágrimas sin cesar, sus amargas lágrimas. Marcus se sintió un inútil, un completo incompetente; apretó los puños, porque tenía muchas ganas de romperle la cara a ese idiota. –Marcus...–sollozó ella, mientras se tallaba los ojos, su voz era suave y estaba quebrada, el nudo de la garganta le dificultaba el habla. –Quédate esta noche...- le suplicó con sus llorosos ojos verdes. Él tragó duro, tenía los ojos hinchados, el maquillaje corrido, pero aun así... seguía viéndose hermosa; tenía el cabello enredado por el estrés y la depresión, pero incluso de esa manera, seguía desprendiendo un delicioso aroma; tenía su ropa desencajada, estaba mal vestida, pero aun así... seguía luciendo una hermosa figura. Ella era perfecta como fuera que este y él no lograba comprender por qué Dan Harris buscaría estar con otra mujer teniendo todo lo necesario en Mía, no podría entenderlo, y el que sin duda... mataría por tenerla. –Mía yo...–murmuró, sabía que quedarse esa noche con ella, no estaba nada bien. –Por favor –susurró con una voz llena de súplica. –No quiero estar esta noche sola. –argumentó cabizbaja. –Quédate conmigo, Marcus –le pidió. > pensó él. Él asintió con la cabeza, ella sonrió como una niña pequeña y lo abrazó fuertemente encontrando en su pecho el consuelo que requería esa noche. –Ven... –solicitó, mientras lo tomaba de la mano y lo guio hasta su inmenso y cómodo sofá el cual estaba posicionado bajó la luz de la sala. –Siéntate. –le pidió mientras lo empujaba de los hombros para que se postrara en el mueble. El rubio hizo lo solicitado y entonces, ella se subió sobre él, lo abrazó fuertemente y acurrucó su cabeza en su pecho. La escuchaba suspirar pausadamente, escuchaba su alterado llanto, su respiración era irregular y podía oír claramente sus sollozos. –¿Podrías acariciarme? –le pidió, mientras lo miraba fijamente a los ojos. El rubio solo asestó a asentir con la cabeza. Dulcemente acariciaba su castaña cabellera. Trataba de ser amable con ella, de darle el consuelo que necesita. Mía se había relajado un poco, estaba más tranquila, su respiración era un poco más regular y su corazón ya no estaba tan alterado, aunque por ratos, dejaba derramar una lágrima. Marcus la mimaba con suma ternura, pensaba que solo eso podría hacer para que ella se sintiera mejor. Nunca creyó vivir para esto: tener entre sus brazos a Mía Leclair, la mujer que siempre ha ocupado todo su corazón, sus pensamientos, sus emociones, sus sentimientos más profundos. Tenerla ahí, acurrucada en su pecho, abrazándolo fuertemente, era sin duda maravilloso. En varias ocasiones... había soñado con ese momento. Sonrió ligeramente sintiéndose un poco dichoso. –Gracias Marcus...–murmuró con una ligera sonrisa, mientras alzaba su mirada para encontrarse con la de él. –No hay nada que agradecer, Mía. –le sonrió con ternura. –Ojala pudiera hacer más...–exclamó. De pronto, sintió sus gélidas y delicadas manos juguetear con sus mejillas, entonces, percibió que, ella le clavaba su esmeralda mirada sobre sus orbes azules, tragó duro frente a ese contacto visual tan inesperado. –Qué bonitos ojos tienes, Marcus, azul, azul cielo. –recalcó con una tímida sonrisa. Estaba vulnerable, completamente desprotegida. –Gracias por quedarte... –afirmó sin pensar las cosas. Entonces, se acercó más a él para que pueda escuchar su voz agradeciéndole su necesitada compañía. Muchas veces lo imaginó, muchas veces indagó en ese momento, pero jamás creyó que, enserio sucedería, jamás pensó que, viviría lo suficiente para sentir que Mía Leclair lo besaba. Supo que lo hacía, cuando percibió cómo sus labios apretaban los suyos con ligera fuerza, con cierta desesperación. –¿Siempre te he gustado, cierto Marcus? –interrogó, mientras se separaba un poquito de él. Él estaba embelesado por sus acciones y sin duda estaba a su completa merced. –¿Siempre tiene estado enamorado de mí, cierto? –murmuró volviéndolo a besar con tibieza, con absoluta delicadeza. Él sintió sus labios, esos carnosos y suaves pétalos robarle el aliento. No podría contestar verbalmente, pero el acceder a ese anhelado roce confirmaba los cuestionamientos de ella. > se afirmó así mismo. Era claro... ella se encontraba frágil, con el orgullo roto, con su dignidad hecha pedazos. ¡Dan Harris la había engañado! ¡Con una mujer que no le llegaba a los talones! En ese momento... se sintió la mujer menos atractiva del mundo, la más horrible, porque Dan había buscado a otra ¿Ella no era lo suficientemente buena para él? Pero ahí estaba Marcus Hoffman... el idiota que siempre había estado enamorado de ella. Ese rubio estúpido que, se la pasaba persiguiéndola, el imbécil que estaba a merced con el simple charquear de sus dedos. Muy seguramente; más bien, muy absolutamente, él no iba a negársele como el idiota de Dan lo había hecho. Marcus no lo haría, muy por el contrario, él tomó esta oportunidad porque quizás, no tendría otra jamás. Lo besaba sin amor, pero con mucha pasión. Sonrió al sentir que, el imbécil le correspondía sin poder decir nada, sin poderse defender. Lo besaba porque de algún modo deseaba pagarle a Dan con la misma moneda, lo hacía porque deseaba sentirse deseada, sentirse mujer. –¿Mí ... Mía? –interrogó él, al sentir que ella luchaba contra los botones de su camisa. En esa noche... esa camisa sería la segunda vez que sería abierta, y por mujeres tan distintas. –Shhhh. –lo siseó, mientras posaba un dedo sobre sus labios. –Esta noche Marcus, por fin me entregaré a ti.– afirmó con una voz sensual, ¿a donde se había ido su tristeza de hace un momento? Él parpadeó innumerables veces. En ese momento, supo cómo se sintió Catherine esa noche que él se enteró que Mía Leclair iba a casarse, esa noche que intentó arrancarle el vestido de la piel. ¡Catherine! La mujer con la que estaba ahora no era Catherine, ni con la que había estado hace unas horas era Cath. Sonrió, miró esos ojos verdes y... se dio cuenta de todo. ¿A quién quería engañar? Si se había percatado en el momento en el que Mía lo había besado. Había soñado muchas veces con rozar sus labios que, cuando lo hizo, sido dio cuenta de que... en sus sueños aquel contacto era mucho mejor que en la realidad. En ese preciso instante supo que, el ligero beso que había depositado en los labios de Catherine Bennet le habían provocado mucho más sentimientos que, los que Mía estaba dejando en su boca. El rubio tomó de la cintura a Mía, a la hermosa Mía Leclair, la separó tantito de él. –Eres preciosa...–le confesó. Ella sonrió ante esa declaración e intentó romper de nuevo la distancia. –Cualquier hombre mataría por estar contigo Mía, aunque sea una noche...–le sonrió. –Entonces, que hoy sea esa noche. –le propuso poniendo las manos sobre su pecho. Ahora parecía haber olvidado su llanto y su tristeza por la manera en la que lo miraba. El rubio sonrió con cierta picardía. –Cualquier hombre, Mía... –la alejó de él y se levantó, ella no parecía entender lo que él estaba haciendo. –El problema radica en que... yo ya no soy cualquier hombre que mataría por una noche contigo, Mía. Yo ahora soy un hombre...–tragó duro por lo que estaba a punto de decir, porque sin duda no habría marcha atrás, no habría punto de retorno. –Soy... un hombre enamorado que desea estar con una específica mujer. –aseguró. Esbozó un gesto, una deslumbrante sonrisa brotó de su boca, en realidad eso no había sido tan malo, por el contrario... se sentía bien decirlo, le emoción fue maravillosa, la sensación de admitir que, estaba enamorado de ella, de aquella chica que en una noche le había robado la vida entera. –Ya estás mucho mejor, así que, me iré, buenas noches Mía y discúlpame por rehusarme a ser tu paño de lágrimas. –le dijo, tan de prisa como pudo, salió de ahí dejándola en vergüenza, matándole por completo el orgullo. ¡La había rechazado! ¡Había declinado pasar una noche con Mía Leclair! Esa noche, había sido en efecto, bochornosa. Había rechazado a dos mujeres por una, había rechazado a una diosa con hermoso cuerpo y de sexys atributos y también, a la mujer de la que había estado "enamorado" por años, esas pruebas eran definitivamente la contundente prueba de todo lo que sentía por Catherine Bennet, porque el par de labios que había besado en esa misma noche no le habían podido quitar del pensamiento, el sabor de los de ella. Descubrió entonces que, después de haberla besado ya nada era, ni sería igual. Conducía sin saber a dónde se dirigía con exactitud, supo en dónde estaba hasta que llegó. Esa casa era en verdad pequeña, diminuta y sencilla. Sonrió, no pudo evitar esbozar un surco en su boca. Las luces estaban apagadas. –Seguro duerme...–esbozó una sonrisa imaginándosela dormir tan plácidamente. Se apoyó un momento en la guía del auto mientras observaba la casa azul de luces apagadas, de pronto... algo llamó su atención, la llegada de un coche. Conocía al dueño de ese auto deportivo, era el maldito de Robert Anderson, el dueño de una importante editorial en Inglaterra. –Gracias. –sonrió dulcemente la hermosa Catherine. El rubio echó un respingo al verla: con su divina sonrisa, con su precioso vestido, supo entonces que, era un idiota... un idiota por enamorarse de ella, ese sentimiento ardía, quemaba. –No hay de que, Catherine. –exclamó, el guapo hombre, mientras la ayudaba a bajar del coche y esperaba a que ella entrará a la casa. La chica abrió la verja. –Buenas noches. –sonrió tiernamente, mientras se despedía de su acompañante. El rubio observaba todo desde donde estaba aparcado su auto. Y claramente pudo ver, como el maldito de Robert Anderson se acercó a ella con una tremenda astucia, la acorraló con las claras intenciones de ser atrevido con ella, de robarle un beso, también recordaba que tenía fama de casanova. El rubio estaba boquiabierta, nada podía hacer al respecto, estaba anonadado. –Buenas noches...- murmuró Catherine nerviosa mientras se apartaba de aquel apuesto hombre. –Buenas noches, Catherine. –exclamó, depositó un beso en su mejilla y salió de ahí. Después de todo, era un caballero, un caballero sin prisas. El rubio suspiró, mientras escondía el rostro en el volante de su auto, estaba reventando de los celos, jamás había sentido tantos celos como en ese momento, ni siquiera por Mía. Pero sonrió, se sintió alegre de saber que ella había rechazado a Robert. –Esa es mi chica...–murmuró sonriente. La luz del segundo piso de la modesta casa se encendió. –Buenas noches. –balbuceó él, después de eso... se fue. ______________________________________________ En un bar a altas horas de la noche. Frente a él una copa que aún no había tocado, un vaso de licor. Junto a él, un pelirrojo en las mismas condiciones. –¿Me citaste para que te vea beber? –le preguntó ansioso, el rubio no hablaba, tan solo observaba detenidamente hacía la barra sin conferir nada. –Marcus. –le llamó, comenzaba a impacientarle sus actitudes, su irritante silencio. Se hartó y se levantó de la barra para irse, ya que su estúpido acompañante no se indignaba a conferir ruido alguno. –¡Estoy enamorado de ella! –exclamó sin rodeos. James giró la mirada, en su rostro tenía una ladina sonrisa. El rubio solo bajó la cabeza, tomó su copa y la bebió de golpe. –Me alegra que lo admitas. –sonrió el pelirrojo. –¡Pero no tenía que enterarse todo el bar! –gritó histérico, ese rubio... le sacaba de quicio, le sacaba de quicio que, su personalidad fuera tan frenética que, era demasiado deliberada e inconsciente. –¡No me importa que se entere todo el país! –gritó sonrojado. –¡Calma, no te tomes tu papel de "Romeo" tan enserio! –se burló de él. –Y ahora... –suspiró –¿Qué hago? –exclamó estresado. James se echó a reír. –¡Deja de burlarte, hablo en serio! –blasfemó. –Me rió porque sé que hablas en serio. –se carcajeó. Marcus solo hizo un gesto de insatisfacción ante su comentario. –Tienes que...– dijo poniendo un gesto de absoluta seriedad que, sin duda dejó asustado a aquel idiota rubio, quien por un momento decidió prestar suma atención a cada una de las palabras que de su boca de James iban a salir. –¡Tienes que ver la cara de idiota enamorado que tienes! –se burló de él, aún con más vehemencia. –¡Ahhh! –exclamó, sintiéndose timado por culpa de su amigo. –Tienes que... conquistarla. –exclamó al fin, después de tanto drama. –Conquistarla de verdad, sin juegos, ni bromas, sin tus pervertidas intenciones. –se burló de él. –¿Y cómo hago eso? –cuestionó sin saber. –Eso... –lo miró seriamente –Es cosa tuya amigo, es cosa tuya –tomó de su bebida mientras veía al confundido rubio con cara de idiota enamorado. Marcus solo bajó la mirada: ese consejo no ayudaba mucho. Le había pedido su renuncia, intentó retenerla, pero ella no cedió a él, le suplicó, pero Cath le dio el rotundo: "No". Se había ido hace varias semanas atrás, y eso fue, porque a Robert Anderson le había gustado en exceso esa novela que ella había escrito. Se marchó porque al fin, las puertas se le abrían para poder cumplir sus sueños, sus tan anheladas metas y esa historia, no sería leída ni una ni dos veces si no... miles y hasta quizás millones de veces. Estaba muy emocionada, extasiada, sentía que por fin algo bueno pasaba en su vida, sentía que por finalmente un pequeño rayo de luz tocaba su cabeza y que por fin podía ver a los nubarrones alejarse tantito de ella, aquellas nubes que habían esclavizado su alma por tantos años. Se había ido hace cinco semanas para ser exactos. Sutilmente le había comunicado ella a Marcus que se marchaba. Se lo había dicho con una inmensa sonrisa, con una entera alegría, él no pudo más que... dejarla ir sin decirle nada ¿por qué? Porque él pudo haber tenido a muchas chicas, muchas pudieron haber caído en sus redes, muchos corazones quizás ha roto, pero el en el amor... era un idiota, un novato, un estúpido; no sabía qué hacer ni mucho menos que decir. Ella se fue aquella tarde de noviembre, se fue y lo dejó a él con los pensamientos confundidos, con el alma confundida. -Odio esto de estar enamorado y no saber qué hacer...–murmuraba, mientras probaba su copa que hacía poco el barman había llenado. –Sabes Marcus...–le llamó. Ese rubio no sabía cómo había pasado, pero ahora se encontraba en la barra de un bar bebiendo con James. –Así mismo te encontré, hombre! –exclamó sonriente. –Sí, aún lo recuerdo, aquella tarde de septiembre, llovía estrepitosamente...–murmuró mientras bebía y bebía. –Sí, parecías un cachorro pequeño: mojado por la lluvia, murmurando a medias el nombre de Mía Leclair. mientras bebías inconscientemente. Supe desde ese momento... que eras un novato. No tenías confianza, pero tenías fuerza, solo te faltaba un empujón, que alguien además de ti, creyera en ti y esa no era Mía Leclair, por eso llorabas a cántaros. Necesitabas confianza en tu fuerza, creer en ti mismo. –Por eso hiciste de mí lo que soy... –se lamentó mientras lo miraba con cierto recelo. –Es cierto, tengo en parte culpa por ello, jamás debí volverte un maldito casanova, solo quería que tuvieras, que creyeras en ti, porque, Mía... te pateaba la dignidad a su antojo. Solo quería que entendieras que ella no es tu fuerza, que ella no te merecía. – lo sujetó del hombro. –Admito que, te saliste un poco de control, Marcus. –rió. –¡Me dijiste que jamás me enamorara, que desertara del amor porque no existía! –le gritó un poco ya pasado de copas. –Marcus- murmuró él tratando de tranquilizarlo con su voz, lo miró de frente: el rubio estaba confundido, estaba agitado. –No puedes pedirle a un niño que no juegue o a los árboles que no crezcan.- le afirmó mientras lo miraba fijamente. –No puedes pedirle a un corazón que no se enamore- exclamó mientras negaba con la cabeza. –Existen cosas, que no están en nuestras manos, que no podemos huir de ellas, a veces, ni porque lo intentemos con tanto fervor, simplemente no se puede. –le informó. –Uno no puede huir de la muerte, uno no puede detener el tiempo, uno no puede... evitar querer a alguien, porque en esas cosas no se mandan. Marcus, el corazón no es un interruptor que puede apagarse o prenderse cuando te plazca. Esas cosas no se toman tan a la ligera. –¿Por qué me dices esto ahora? –rezongó. – ¡Cuando fuiste tú quien me dijo que me olvidara del amor porque eso no existía! – tragó duro mientras quedaba absorto un momento, estaba un tanto pasado de copas, era cierto, pero aún le quedaba la suficiente lucidez para poder discernir aquello... –Tú, solo... querías que dejara mi estúpida obsesión por Mía, ¿cierto? –masculló, mientras lo miraba con los orbes azules bien abiertos. James sonrió. –Tuviste que enamorarte de verdad para entenderlo... –palmeó un par de veces su hombro. –Has madurado Marcus, ya no eres el niño tonto que balbucea el nombre de una mujer que jamás te valoró. –sonrió cómplice. Marcus solo soltó un pequeño gesto, bastante similar a una sutil sonrisa. Tragó duro para luego beber nuevamente de su copa. Ningún artículo, ni un verbo, ni una frase más brotó de sus labios. - - - - Esa mañana, llegó a la oficina con una terrible resaca, nadie lo había llevado a casa como en todas sus anteriores noches de borrachera, nadie lo había arropado, ni mucho menos quitado los zapatos al dormir. Entró al vestíbulo y se encontró con su nueva y muy atractiva secretaria. Tragó duro... supo que estaba en aprietos cuando vio a esa nueva chica que reemplazaba a Catherine Bennet. Supo que las cosas no estaban bien y que era débil, demasiado. Lo supo, cuando esa muchacha no provocó nada en él. Lo supo cuando imaginó a Catherine ahí sentada: sorprendida por la llegada de él, con su habitual torpeza matutina, con su sutil sonrisa nerviosa mientras le daba los "Buenos días" y le comentaba que su café estaba listo. No pudo evitar imaginarla con la inocencia de sus precisos ojos grises, con su nerviosa sonrisa. Bufó molesto mientras se incursionaba en su oficina. De un momento a otro... sus mañanas habían perdido total sentido.
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