Jared se sentía muy débil. Desde hacía mucho tiempo no experimentaba esas sensaciones.
Entendía que aquello era por su falta de alimentación y de sueño, así que decidió aprovechar la oferta gratuita del hospital de cuidar de él para recuperarse un poco, pero la estadía no le estaba resultando cómoda.
Primero recibía más visitas de las que deseaba, situación que lo mantenía despierto y en alerta. Temía que Vadim Harcourt o alguno de sus hombres lo hubiesen reconocido en la calle y ahora lo acechaban para asesinarlo.
Además, cada vez que dormitaba las pesadillas regresaban. Los gritos de auxilio, el llanto y la última imagen de Peter gritándole instrucciones se hacían eco en su cabeza. Lo perturbaban cada vez más y rompían su paz.
Necesitaba licor para callar esas voces y olvidar el estallido de la granada.
Así que se quitó las vías intravenosas y los electrodos que controlaban sus signos vitales para marcharse de allí. No podía quedarse un segundo más.
***
Abby se pasó toda la jornada de trabajo pensando en Doug y en Christian Borja. No podía creerse su suerte de toparse el mismo con dos situaciones desagradables producidas por dos sujetos desagradables, quienes a la vez, le concedieron los más duros rechazos.
—¡A la mierda con los dos! —se quejó en voz alta mientras atendía una de las emergencias.
La persona que recibía sus atenciones la miró con confusión, olvidando de momento su crisis para saber qué le sucedía.
Holden, su jefe y el médico que lideraba el equipo de emergencias del día, solo le dirigió una dura mirada que ella procuró ignorar. Sabía que debía controlar sus emociones o terminaría siendo echada de aquel trabajo del que ahora tanto dependía.
—¿Todo bien, Hooper? —quiso saber Holden cuando salieron de la casa donde atendieron la emergencia.
—Sí, doctor.
—¿Ayer dormiste temprano como te indiqué?
—Sí —mintió—. Descansé bastante, ya me siento más repuesta —expuso, esforzándose por mostrarse tan fresca como una lechuga recién cosechada—. ¿Puedo tomar horas extras esta noche?
Él respiró hondo antes de hablar.
—Abby, comprendo que tienes apuros económicos, pero no trabajamos operando máquinas o empaquetando mercancía, sino salvando vidas. Por el cansancio que presentas hace unos días estuviste a punto de suministraste a una paciente diabética un suero con azúcar. ¿Sabes lo que eso hubiese ocasionado?
—Lo entiendo —dijo cabizbaja y apenada.
—Y ese no fue el único error que cometiste. Hace unos días te pedí que le suministraras un calmante intravenoso a un paciente y lo que hiciste fue tomarle una muestra de sangre, y mientras me ayudabas a darle un masaje en el seno carotídeo a un paciente con taquicardia por poco te quedaste dormida sobre él. El mismo paciente debía estar pendiente de ti para que no le cayeras encima. No puedo trabajar con una enfermera en esas condiciones.
—Prometo que nada de eso volverá a suceder.
—Y no lo pasará porque tienes prohibido hacer horas extras por dos semanas, ya te lo ordené. Necesito que descanses.
Abby apretó los labios para controlar la rabia que sintió por esa sentencia, quiso rebatirla pero su jefe no se lo permitió. Apuró a su equipo médico a subir a la ambulancia para regresar al cuartel de emergencias, ubicado cerca del hospital de San Diego.
Al terminar su jornada de trabajo, ella decidió pasar de nuevo por el hospital para saber de Christian Borja.
No quería visitarlo en su habitación. Después del rechazo recibido prefirió mantenerse al margen, pero no deseaba regresar ya a casa. Se sentía perdida, sin saber qué hacer para solventar sus problemas financieros y reparar a su corazón roto.
Buscó de Ronnie, que en ese momento escuchaba los avances de un partido de béisbol en una radio pequeña.
—Hola, ¿qué tal el día?
—Tranquilo, por suerte —expuso el joven.
—¿Y qué sabes de Christian Borja? ¿Sigue dando problemas a todos?
—La verdad, es que no sé. No he querido acercarme a su habitación.
Ella respiró con frustración.
—Tal vez se vaya pronto —aportó Ronnie—, escuché decir al doctor de guardia que su herida no fue muy profunda y había sido atendida a tiempo. En un par de días es posible que esté bien, quizás antes.
—Y supongo que todos aquí harán una fiesta cuando se vaya. Los pacientes con mal carácter producen malas vibras —agregó la mujer y apoyó las manos en la mesa de atención posando sobre ellas su barbilla, en una postura cansada.
—Ronnie, por favor, lleva una silla de ruedas a la sala de yeso —pidió una enfermera que pasaba frente al control de enfermería.
El joven enseguida se puso de pie para cumplir con la solicitud.
Abby se quedó un rato más allí, sin saber qué hacer.
¿Se marchaba a casa? ¿O se atrevía a subir a la habitación de Christian Borja para saber de él?
Tal vez, por haber comido lo suficiente, el hombre podría estar de buen humor. Ella cuando tenía hambre odiaba al mundo entero.
Pero… ¿para qué quería verlo? ¿Qué deseaba preguntarle?
Recordó su cuerpo marcado por decenas de heridas de balas y cuchilladas. ¿Sería en verdad un boxeador? ¿O un asesino a sueldo?
«¿Y qué pensabas hacer si descubrías que yo era el malo?», le había preguntado él con provocación, pero… ¿Y si en verdad era el malo?
La mujer se irguió con interés renovado y entró al control de enfermería. Aprovechó que estaba vacío para sentarse frente al computador.
Como ella había trabajado allí y en ocasiones iba a saludar a sus amigos no era extraño que la vieran en ese lugar. Si alguien entraba y le preguntaba qué hacía, podía decir que jugaba con alguna aplicación mientras Ronnie regresaba o iba alguno de sus amigos.
Tomó la carpeta de registros de ingreso y de allí tomó el número de identificación de Christian Borja que apuntó en el sistema central del hospital, enlazado al de la policía.
Ese sistema lo usaban para descubrir si algún paciente tenía deudas pendientes con la ley.
Para su sorpresa, ese número de ID no pertenecía a ningún Christian Borja, sino a una mujer ya fallecida. Y si buscaba por el nombre, salían infinidad de opciones, pero ninguna hacía referencias a hombres entre veinticinco a treinta años provenientes de Richmond, Virginia, ni eran boxeadores o de una profesión similar.
—¿Mintió? —se preguntó sorprendida—. ¿Fue capaz de mentirle a la policía?
Dominada por la curiosidad cerró todo y se puso de pie para subir a la habitación del hombre. No iba a vivir en paz hasta no aclarar aquella duda.
Al llegar a su destino quedó petrificada. Christian Borja no estaba en su cama. Se había marchado dejando sobre la cama el vendaje que le había cubierto el torso.
—¿Por qué no lo sospeché antes, es un mentiroso? —se preguntó a sí misma, decepcionada.