Abby primero corrió a ayudar a la mujer para sentarla de nuevo en su silla de ruedas. Gracias a su trabajo como enfermera del servicio de urgencias de San Diego estaba entrenada para trasladar a pacientes.
—¿Está segura que él no era el ladrón?
—Sí, él me ayudaba. El chico es el ladrón, tiene un cuchillo.
Repasó con rapidez la escena viendo el arma abandonada en un rincón, llena de sangre.
Al mirar hacia el rubio notó que se sentaba en el suelo con dificultad. Sostenía con una mano su costado manchado de sangre.
—Llame al 911 y pida dos unidades médicas, y que le avisen a la policía —ordenó a la anciana antes de acercarse al joven que yacía en el suelo, inmóvil.
Revisó sus signos vitales y se percató que estaba bien. Había quedado inconsciente, con el rostro amoratado y sangrante, pero continuaba vivo.
Luego se acercó al rubio, que se había sentado con la espalda apoyada contra la pared.
—¿Estás bien?
Él observaba el techo con la mirada perdida. Abby se aproximó para tocarlo, haciendo que se sobresaltara y dirigiera hacia ella su furia.
Por un momento se paralizó. La frialdad que trasmitían sus ojos azules le resultó intimidante.
—Tienes sangre en el costado. Soy enfermera, déjame revisarte esa herida.
—¿Y me vas a revisar también la espalda, para verificar si me rompiste algún hueso con la silla? —soltó él con reproche.
—Perdón. No fue mi intención lastimarte, yo pensé…
—Pensaste que yo era el ladrón —completó el rubio con sonrisa cínica—. Espontánea y prejuiciosa, ¿qué otras características podemos sumarle, enfermera?
Abby se molestó por lo que decía. No iba a permitir que la juzgara de esa manera.
—Bien, cometí un error y lo lamento. Ahora déjame revisarte esa herida —ordenó con firmeza e intentó alzarle la camisa, pero él se irguió.
—No me toque —advirtió con voz autoritaria.
Abby se sorprendió. Aquel sujeto tenía apariencia de ser un hombre acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido, habituado al ejercicio diario y a la dureza de la vida.
Aunque su barba descuidada, su aspecto desaliñado y su cabello un poco largo y desprolijo, así como el tufo a alcohol que poseía, lo acercaba más a un borracho que vagaba por las calles.
—No te haré nada, solo quiero ver que tan delicada está la herida. Pierdes mucha sangre.
Ella lo miró con una calidez que a Jared lo sorprendió. Aquella mujer tenía unos ojos marrones profundos que parecían acaramelados cuando le daban la luz. Trasmitían paz y calma, algo que él no sentía desde hacía mucho.
Aunque se mantuvo rígido, permitió que ella le apartara la solapa de la chaqueta y le alzara la camisa para ver su herida.
Abby no se alarmó por la puñalada, que en realidad no era muy profunda, sino por el resto de las cicatrices que divisó en su abdomen y en su cadera, donde podían apreciarse varias marcas de cuchilladas y disparos.
¿Qué clase de vida llevaba aquel sujeto?
Lo miró a los ojos topándose con su mirada severa. Él sabía lo que ella estaba pensando, pero no dijo nada.
—Buscaré algo para taparle la herida —expuso la mujer y se puso de pie para aproximarse a la anciana y solicitarle gasas.
Sentía la mirada penetrante del hombre siguiéndola, como si ella fuese una diminuta liebre y él un fiero depredador.
Cuando llegó la policía y el servicio de emergencias dio parte de lo sucedido junto a la anciana. El rubio grandote no habló, lo único que hizo fue mostrarse molesto por todas las atenciones que recibía.
—Bueno, Abby, lo tuyo es un no descansar eterno —la pinchó Marina, la enfermera del equipo móvil de urgencias que había acudido al negocio.
—Yo no tengo la culpa, sabes que a mí los problemas me buscan esté donde esté —respondió la mujer.
—Cuando Holden se entere que la noche que te dio libre para que descansaras y recuperaras energías te la tomas para atender robos, se va a enfadar.
—Estoy de camino a mi casa, lo sabes. El jefe no tiene por qué quejarse, todo fue producto de la casualidad.
Marina aumentó la sonrisa y terminó de guardar los implementos que había utilizado en las curas en su maletín de emergencias.
—Y dime algo —intervino Abby—, ¿ya sabes cómo se llama el sujeto al que le dieron la puñalada? —consultó mirando con curiosidad al rubio.
—¿El Hulk Hogan? —bromeó la chica, refiriéndose a un luchador profesional estadounidense que era alto, rubio y corpulento—. Él dijo que se llama Christian Borja.
—¿Christian Borja? —preguntó desconcertada— No sé, no tiene cara de Christian.
—¿Y de qué le ves cara? —consultó la otra con expresión divertida.
—Quizás… de Hulk.
Marina tuvo que disimular una carcajada para que su supervisor no la regañara.
—Es un boxeador, por eso tiene esa apariencia.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque eso le dijo a la policía. Que llegó a la ciudad hace un par de días proveniente de Richmond, Virginia, porque halló aquí un trabajo en una escuela de boxeo y busca un cambio.
—Richmond —repitió Abby con su atención fija en él.
Como si lo hubiesen invocado, el hombre dirigió el rostro hacia ella, estremeciéndola con la fiereza de sus ojos azules.
La mujer esquivó rápido la mirada.
—¿Lo llevarán al hospital de San Diego?
—Sí. Deben coserle la herida y ponerle antibióticos, aunque dudo que le vayan a hacer efecto por la cantidad de alcohol que tiene en la sangre.
Abby recordó que el sujeto tenía mucho aliento a licor y que la anciana había declaro que él había entrado para comprar una botella de ginebra.
—Entonces, ¿vas a ir a tu casa a dormir? —quiso saber Marina.
Abby la observó confundida.
—¿Dormir?
—Por eso Holden te dio una noche libre. Has trabajado tanto estas semanas, hasta haciendo horas extras, que ya ni atiendes lo que uno te dice. Siempre andas con la cabeza en otros mundos y eso es peligroso en nuestra profesión.
Abby resopló.
—Estoy bien, tengo mis sentidos afilados al cien por ciento —aseguró y retrocedió un paso tropezando con un estante y tumbando un par de cosas—. Maldición —se quejó mientras recogía todo rápido.
Marina aumentó la sonrisa y se colgó el bolso en la espalda.
—Cuidado si cortas a alguien con tus instintos afilados —bromeó, recibiendo una mirada mortal como respuesta.
En ese momento se llevaron a Christian Borja en una camilla. Abby siguió su partida con curiosidad.
—¿Va a comprar algo, señorita?
Se sobresaltó ante la pregunta que le había hecho un hombre asiático que se acercó a ella. Era el hijo de la anciana, quien había ido a la farmacia en el momento del robo por eso su madre se encontraba sola.
—No… no… ya me voy —aseguró y salió enseguida para llegar a su casa.
Vivía en un piso de dos habitaciones en un edificio viejo que había pertenecido a su tío materno. Cuando el hombre murió, el hogar lo heredó su madre, ya que su tío no tuvo más familia.
Su madre lo alquilaba, pero al morir la mujer no renovaron el contrato para que ella pudiera vivir allí y dejar la casa familiar para su hermano, su esposa y sus niñas. Necesitaba su espacio.
La segunda habitación se la alquilaba a Chole, una chica a la que conocía desde la escuela.
La mujer trabajaba en las noches como camarera en bares y se pasaba el día sola en la casa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Chole al verla entrar. Era común que Abby hiciera horas extras.
La mujer suspiró con cansancio y se llegó hasta la cocina para buscar un botellín de agua.
—Me quitaron las horas extras por dos semanas porque he estado muy agotada por la falta de sueño. Debo descansar para así no matar a nadie durante las emergencias.
Chole sonrió divertida.
—Una enfermera con sueño es peligrosa —bromeó, pero a Abby no le hizo gracia el chiste, estaba muy cansada— ¿Y Doug no vendrá?
La furia de Abby despertó al recordar a su novio y la forma en que había cortado con ella a través del móvil.
—No. Terminamos.
Chole la miró con sorpresa.
—¿Terminaron?
—Sí, me dijo que debíamos darnos tiempo porque ya no soporta mi vida llena de responsabilidades —habló irritada.
Chole se carcajeó.
—¿No soporta tu vida llena de responsabilidades o acaso tiene un nuevo interés amoroso?
Abby se mosqueó por lo que decía.
—¿De qué nuevo interés amoroso hablas?
Chole alzó los hombros con indiferencia
—Lo he visto varias veces en el bar donde trabajo acompañado de una rubia alta que habla un idioma raro y mira con desprecio.
La sangre de Abby hirvió como la lava de un volcán activo.
—¿Estás segura que era él quien estaba con la rubia?
—Lo reconocería a kilómetros, hasta me ha saludado.
Chole se dirigió a su habitación para prepararse para su trabajo, dejando a Abby ardiendo como la caldera de una empresa de fundición.
Esa no iba a pasársela a Doug Carter.