El lunes en la noche, Abby decidió asistir a la casa de su hermano para cenar con su familia. Como tenía meses sin ir, la recibieron como si fuese el hijo pródigo que regresaba a casa, con abrazos apretados, muchos besos y hasta lametazos de los perros. Ella se tumbó en el suelo para jugar con sus sobrinas. Ruby, de cinco años, era traviesa, graciosa e inquieta como su padre, y Audrey, de siete, era tranquila e inteligente como su madre, aunque en ocasiones le brotaba lo Hooper por los poros y se volvía indetenible. Ambas jugaban a las luchas con su padre y querían jugar a lo mismo con cualquiera, así que Abby se fue preparada para tenerlas encima y forcejear con ellas mientras intentaba hacerles cosquillas. El problema era que hasta los perros se incluían en aquel debate. Pilin, un coc

