El sábado, los Padres de San Diego se enfrentaban contra los Gigantes de San Francisco, así que Mathew ya se había instalado en el departamento de Abby con cerveza, salchichas y palomitas de maíz. Mientras él se encontraba sentado frente al televisor disfrutando de los análisis previos, Abby asaba las salchichas en la cocina. —¡¿Jared no vendrá?! —consultó el hombre sin apartar su mirada del televisor. Ella respiró hondo, con una mezcla de melancolía, rabia y resignación en el pecho. —¡No sé nada de él desde la cena en tu casa! —¡Debe estar muy ocupado! ¡A los militares no les dan respiro! Abby puso cada salchicha dentro de un pan y las llevó a la sala con todas las salsas que encontró en su refrigerador. A Mathew le gustaba ponerle él mismo las salsas a sus salchichas. Era como un

