Ese día, Jared se sentía mucho mejor. Se animaba a caminar un poco por la casa, aunque seguía sufriendo de mareos y de dolores punzantes. Abby lo regañaba para que permaneciera en cama, pero parecía que hablaba con un niño rebelde de diez años. Una vez que le daba la espalda, él se ponía de pie para hacer algo. Al menos, se había vestido mejor, así no provocaba la ansiedad en las mujeres que lo acompañaban. —¿Y trabajas todas las noches en ese bar? —preguntó Jared a Chole mientras desayunaban tostadas en la cocina. —De martes a domingo. En ocasiones me ponen de supervisora porque ya tengo cuatro años en ese lugar. Me tienen confianza —reveló con sonrisa nerviosa. —Entonces, debes conocer a los clientes habituales. —¡A todos! Algunos me buscan al llegar para ubicarse en las mesas que

