A la mañana siguiente, el sol que se escurrió por la ventana los consiguió abrazados. Jared la aferraba por la espalda contra su cuerpo, envolviéndola entre sus fibrosos brazos. Abby parecía una liebre pequeña y débil cubierta por el cuerpo monumental de aquel depredador, uno que había dormido como un niño con la cara hundida en los cabellos de la mujer. Al despertar, ella no podía no moverse, aunque sonrió de gusto y se restregó contra él buscando más su calor. Jared emitió un gemido de placer. —¿Despertaste, enfermera? —susurró en su oído, con una voz ronca y sensual. —Todavía no —expuso ella en medio de un suspiro y volvió a cerrar los ojos. Él apretó su abrazo. —Podemos quedarnos aquí hasta la hora de la boda. Abby volvió a suspirar, pero esta vez, con teatralidad. —A las diez d

