Abby dejó la maleta y su bolso en la entrada y agarró un paraguas largo y picudo que tenía dentro de una cesta. Caminó con precaución a su habitación con el miedo palpitándole en el pecho. La puerta estaba un poco abierta y por la rendija ella pudo ver una sombra grande moverse en el interior. El terror la dominaba, pero eso la volvía irreflexiva. Así que alzó la sombrilla como si fuera una espada y terminó de abrir la puerta con una patada. La madera se estrelló contra la anatomía de alguien que estaba por salir. —¡Maldición, Abby! ¡¿Te volviste loca?! —¡¿Mathew?! —exclamó asustada—. ¿Qué haces en mi habitación? —Hoy es noche de béisbol —respondió molesto y sobándose la frente—. Vine a ver el partido, que terminó hace unos minutos. Entré al baño para hacer pis y ya me iba a casa. —

