No solo cenaron pizza y tomaron café, sino que esa noche llevaron la charla hasta la cama y de ahí no salieron hasta que llegó la mañana. No podían estar juntos porque se pegaban como sanguijuelas y no había fuerza humana ni de la naturaleza que los separara. Al sonar la alarma del móvil, Abby despertó con una sonrisa. Frente a ella tenía el rostro de Jared, que parecía un sol. Sus rizos rubios y despeinados brillaron como si tuviesen luz propia con el reflejo de la luz que entraba por las rendijas de la ventana. Cuando él abrió los ojos, la mujer se deslumbró con su mirada turquesa, tan clara como las aguas de una playa de arena blanca. Lo acarició con dulzura arrancándole una sonrisa perezosa y besó sus labios como saludo de buenos días. —¿Te he dicho que eres hermoso? —preguntó ella

