Nacho se había vuelto el centro de atención en aquel salón. Se hallaba en el lugar ideal, rodeado de viejos millonarios que amaban que los adularan para volver a sentirse importantes. Ya no estaban en el club náutico, sino en una habitación privada para jugadores de póker en uno de los hoteles de lujo de la zona. —En mi juventud, fui el mejor pokerista de la ciudad —contó Ernest, un sujeto de más de setenta años que era muy amigo de los McGregor—. En mis tiempos, jugábamos con los ceniceros llenos de colillas de cigarro y con tazas de café tan cargado que te podía despertar a un muerto. Varios se carcajearon por la anécdota. —¿Y cómo hacían para hacer trampa? ¿Usaban barajas marcadas? —pinchó Nacho. —¡No! Si veías una marca en una carta, era porque a alguien se le había caído el whisk

