Abby llegó a su apartamento de hombros caídos. Sentía que la vida era un fraude. Todo el mundo engañaba con total impunidad sin preocuparle los sentimientos de otros.
Sus reflexiones se desviaron al entrar en su departamento y sentir el aroma del huevo y las papas fritas y escuchar la televisión encendida.
Chole no era de comer frituras, ella cuidaba mucho su figura, y a esa hora debía estar de camino al bar donde trabajaba. Entonces, ¿quién se encontraba en casa?
Se asomó con precaución a la sala y presenció una escena surreal. Su hermano Mathew se hallaba en el sofá, aún con su uniforme de policía puesto. Veía un partido de béisbol en la televisión mientras se comía media pieza de pan rellena de huevo frito, queso y ensalada.
Un plato de papas fritas descansaba sobre sus piernas y un vaso de cerveza lleno hasta el tope se hallaba en una mesa auxiliar.
Se había quitado los zapatos subiendo los pies a la mesa ratona del centro y dejó sus armas de reglamento sobre el mueble, a su lado.
—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó extrañada.
Él la miró unos segundos manteniendo una sonrisa pícara. Una que solía usar de niño cuando lo pillaban haciendo una travesura. Luego se enfocó en el juego.
—Veo un partido mientras ceno.
—¿Por qué estás viendo un partido y cenando en mi departamento y no en tu casa con tu familia?
Él torció el rostro en una mueca.
—Las niñas no me dejan ver la televisión y Rebecca se los permite para que no la molesten, pero este partido es importante. Si lo ganamos llegamos a los playoff.
Ella resopló y se sentó en un sillón con abatimiento.
—¿Cómo entraste?
—Llegué cuando Chole se iba y me dejó entrar para esperarte. Me dijo que me sintiera como en casa —comunicó eso último con sonrisa chispeante, que hizo que Abby pusiera los ojos en blanco—. ¿Has sabido algo de Doug? —quiso saber él luego de un rato.
—¿Por qué me preguntas por Doug? Tú odias a Doug.
—No lo odio, solo me parece un tipo estúpido. No es para ti. Pero hoy estuvo en la comisaría denunciando que se metieron a su casa y vandalizaron su auto, hasta lloró por la rabia. ¿Tuviste algo que ver con eso?
Ella disimuló una sonrisa de triunfo.
—¿Y por qué tendría algo que ver en eso? —quiso saber, seria.
—No sé. Me parece algo que tú harías.
La mujer lo miró con indignación, pero no pudo continuar con la discusión porque su teléfono móvil comenzó a repicar.
Se puso de pie para alejarse a la cocina y atenderlo. Mientras caminaba revisó la pantalla del móvil descubriendo que era Chole.
Tal vez quería informarle que había dejado a Mathew en casa.
—Hola, ¿todo bien? —preguntó.
—¡Abby, Doug está en el bar, con la rubia!
La mujer habló fuerte para hacerse escuchar por encima de la música de fondo.
—¿Segura?
—Sí, acabo de servirle unos tragos.
La ira la cubrió como si fuesen altas lengüetas de fuego. El muy miserable se pavoneaba por la ciudad con aquella mujer con total descaro. La llevaba a los lugares donde se encontraban sus amigos sabiendo que en algún momento le avisarían.
Lo hacía con intención de humillarla.
—Voy para allá —aseguró y salió de la casa a toda velocidad.
—¡¿A dónde vas?! —quiso saber Mathew sin apartar la mirada del televisor. Se acercaba el cuarto bateador designado para ese inning estando las bases llenas.
—¡A buscar algo que dejé encargado! —mintió ella antes de desaparecer.
Tomó un taxi y llegó al bar lo más rápido que pudo. Al estar en el interior trató de ubicar a su exnovio con la mirada.
Aún no sabía qué hacer con exactitud si lo hallaba, si reclamarle a los gritos delante de todos o buscar alguna forma de ridiculizarlo. Así él se percataría que ella estaba al tanto de sus andanzas y no se quedaría con la humillación.
Sin embargo, su furia se desinfló al no encontrarlo luego de unos minutos.
—Él se fue, pero la rubia está aquí.
Abby se sobresaltó al escuchar la voz de Chole a su lado.
—¿Dónde está esa mujer? —exigió.
—Es ella, la que está sentada en aquella mesa con el vestido verde.
Al mirar hacia el lugar que su amiga le señalaba, Abby pudo divisar a una rubia de cabellos lacios hasta los hombros.
Era joven, con suerte tendría unos dieciocho años, pero poseía una mirada ardiente que daba a entender que no era ninguna chica inocente ni virginal. Paseaba su atención entre lo que sucedía en la pista de baile y la pantalla de su móvil mientras los dos hombres que la acompañaban conversaban entre ellos.
Aunque estaban sentados, Abby podía deducir que eran tipos altos y de cuerpo fibroso. Ambos con tez trigueña y cabellos negros y parecían tener más de treinta años de edad. Por el movimiento firme de sus manos, daba la impresión de que discutían.
Uno de ellos ostentaba una cicatriz en la cara que le cruzaba un ojo y le daba una apariencia feroz.
—Maldición, ¿crees que Doug regresará pronto? —quiso saber ella.
—Ni idea. Cuando viene se sienta a conversar por largo rato con la rubia, luego se van juntos. Esta vez, él se fue solo y ella se quedó con esos sujetos.
Abby volvió a fijar su atención en la mujer. Debía reconocer que era bonita. Nunca imaginó que su novio la cambiaría por alguien tan joven.
—Si vas a esperar, hazlo cerca de la barra —aconsejó Chole—. Si los miras desde aquí serás muy evidente. Ellos pronto descubrirán que los vigilas y tienen cara de ser amargados —agregó la chica antes de ir al bar por más tragos que le habían solicitado.
Abby por un momento no supo qué hacer, se cruzó de brazos y apretó la mandíbula. Volvió a repasar los alrededores buscando a Doug, al no encontrarlo se sintió más frustrada.
Además, estaba muy cansada. Tanto desvelo comenzaba a pasarle factura. No quería estar allí toda la noche por nada, lo mejor era regresar a casa y descansar. Ya atraparía a Doug infraganti en otra ocasión.
Pero la rabia que palpitaba en su pecho le impedía irse así sin más. Debía obtener un poco de venganza para sentirse bien consigo misma.
Fijó de nuevo su atención en la rubia mientras su mente ideaba alguna idea macabra y casi enseguida se le ocurrió una genial.
Se aproximó con disimulo a la mesa donde se encontraba la mujer. Tomó un florero ubicado en el camino y sacó las flores dejándolas tiradas en un rincón.
Aprovechó que un grupo de personas volvían de la pista de baile para escurrirse entre ellos y así aproximarse a la rubia. Cuando ella giró el rostro hacia la pista, Abby logró acercar el jarrón a su vaso y agregarle un poco del agua sucia que contenía.
Se alejó un par de pasos, viendo como la mujer se incorporaba y tomaba el vaso para darle un trago a su bebida.
Lo tenía en los labios cuando un sujeto tropezó con Abby haciendo que ella dejara caer el jarrón al suelo.
El ruido de objeto quebrándose, más la tos asqueada de la rubia, alertó a los tipos que la acompañaban. Ambos se pusieron de pie con expresión de amenaza para enfrentar a quien sea que estuviese molestándolos.
Por suerte, ella no estuvo allí. Alguien la tomó por los brazos y la sacó rápido.
Los hombres detuvieron con rudeza a un sujeto de tez morena que regresaba algo ebrio de la pista de baile, junto a un grupo de compañeros.
—¡¿Quién te envió, hijo de puta?! —reclamó el de la cicatriz y usando una voz con acento ruso.
—¡¿Qué te pasa, amigo?! —preguntó el moreno con desconcierto.
—¡Yo no soy tu amigo! —aseguró el de la cicatriz y sacó una pistola que tenía oculta bajo su chaqueta.
Abby se alarmó. Se asustó tanto que estuvo a punto de gritar, pero no lo hizo porque la persona que la había alejado de aquella situación le tapó la boca con una mano y la sacó casi a las carreras del bar, antes de que se desatara una pelea.
El caos fue tan descontrolado que ella no pudo hacer nada hasta que llegó al estacionamiento y se giró para mirar a la persona que la había salvado de aquel desastre.
—Efectivamente, eres una mujer problemática, enfermera —se quejó Christian Borja mientras afincaba en ella sus severos ojos azules.