«¿Por qué Dios me ha hecho tan defectuosa?»
Mi hermano, Luke, dice que me caía de sus brazos todo el tiempo, porque él insistía en agarrarme aunque fuese muy pequeño y que eso afectó a mi cerebro. No le creo, aunque si es cierto. El idiota vivía dejándome caer al suelo.
En este preciso momento, mi mirada está fija en el endiablado examen de matemática. Otra vez voy a reprobar y mi madre, otra vez, va a decir: "consigue un tutor, Olive"; y yo lo evitaré a toda costa porque bueno, Ethan Domms está en las tutorías y yo no quiero tener la mala suerte de que él sea mi tutor, menos después de que todo el mundo me haya pillado viéndole el trasero. Aunque, ¡Vamos amigos! Seamos realistas, cualquier persona, a la que le gusten los hombres, se fijará en el trasero de alguien como Domms, tan bueno y redondo.
Lo sé, debo parecer una psicópata pero es la dura realidad, casi tan dura como las nalgas de Domms.
Es lo último, lo juro.
Evan agita su mano frente a mis ojos y me mira divertido. Él es un buen chico, me ha agradado desde el primer día en que llegó al colegio, tan risueño y lleno de esperanzas que se derrumbaron en cuanto los idiotas notaron que él era gay. Esa simple realidad que no debería afectarle a nadie y sin embargo aún así les molestaba.
Me enojé como el demonio ese día, tan así, que terminé en detención y recibí un castigo de dos semanas por haberle dado a Derrik -el capitán del equipo de esa época- con su cabeza contra el casillero número veinticinco, casillero que aún conserva su bonita abolladura.
Si, así como lo oyen, la tonta acosadora es una chica que sabe pelear, un poco. Papá era policía.
Aunque, hoy en día, admito que fue estúpido mi impulso de agresividad, ya que me trajo demasiados problemas. En ese entonces Evan se alejó de mi, para evitarme dramas y peleas, según él. Claro está que a mi no me molestaba en lo más mínimo ser su amiga, pero él hizo de todo por alejarse y bueno, no iba a rogarle a nadie un poco de amistad. De eso, ya pasaron dos años. Pero, hace más o menos un año, Evan se acercó a mi nuevamente y pidió que volviéramos a comenzar, entonces volvimos a ser amigos como si nada hubiese pasado nunca.
-¿Qué estará pasando por esa cabeza?- pregunta Evan divertido.
El profesor Pratt está tan distraído en sus cosas que no nota cuando Evan me habla y tampoco cuando golpeo su brazo desesperadamente.
-¡Oye, que agresiva!- susurró.
Ruedo los ojos. No lo golpeé tan fuerte.
-Si me hubieses ayudado a estudiar no estaría aquí sin entender nada- acuso haciendo un mohín en su dirección.
Mi amigo está por decir algo pero entonces, el profesor llama su atención y lo hace volver la vista al examen. Y a mí me lanza una de esas miradas que, si pudiesen, me enviarían tres metros bajo tierra.
No es un secreto que el viejo Pratt me odie con el alma, debo ser la peor alumna que ha tenido en sus doscientos años de profesión.
Nuevamente fijo mi vista en el pedazo de papel sobre mi mesa. Me abofeteo mentalmente al caer en la estúpida realidad. De las veintiún consignas, solo he contestado una bien, y es mi nombre.
«¡Felicidades, Olive! Reprobarás otra vez»
¡Genial! Ni siquiera yo misma me apoyo. Maldigo internamente a mis padres por no dotarme de inteligencia sobrenatural como a Britt Laney. Que envidia, de la sana, siento por esa chica. Lo peor de todo es que no puedo odiarla, es tan amable y dulce como una abuelita que hornea galletas.
Todo el mundo, incluyéndome, ama y admira la amabilidad y felicidad que, más allá de cualquier problema, porta día a día y con mucho orgullo, Britt.
Me regaño a mi misma por no centrar mis pensamientos en el examen, pero lo único que veo en mi hoja son cosas similares a raras runas, tal como esas que lleva Jace Wayland Lightwood Morgenstern Herondale y quién sabe cuántos apellidos más tenga, en su hermoso y perfecto cuerpo tallado a mano por los artesanos de la creación.
«¡Deja de divagar, Olive!» me regaño a mi misma, otra vez para variar.
¡Diablos! No puedo concentrarme, ese es mi gran problema, ni siquiera sé cómo demonios he llegado al último año con el cerebro de mosquito que llevo en mi gran cabezota. Dislexia...duh.
El timbre suena y azoto mi cabeza contra la mesa sin medir mi fuerza. Probablemente revuelvo y asesino a las pocas neuronas que aún se encontraban activas y en conexión dentro de mi cerebro.
«¡Yei, ahora seré más idiota de lo normal! ¡Y para eso hay que estar, eh!»
-Señorita Moon, agradecería que no rompa la mesa. No es su culpa que usted no haya estudiado- pide Pratt mientras me mira con fingido aburrimiento.
Sé con certeza que, en el fondo de su oscuro y frío corazón, se divierte mucho con mis idioteces. Lo puedo asegurar porque, a veces, soy capaz de distinguir la fugaz estela de una sonrisa divertida y muy reprimida en él.
Suelto un bufido y me levanto a dejar la hoja sobre su escritorio.
-¿Me decepcionará otra vez?- pregunta sin siquiera mirarme. Poniendo mi hoja con las demás del montón.
-Sabe que sí. No logro entender nada de ésto, profesor- respondo sincera.
Él me mira con desaprobación y siento mis mejillas ruborizarse de vergüenza.
El profesor Pratt se ha ganado mi odio ese maldito día en que le informó al mundo sobre mi excesiva atracción hacia el trasero de Ethan Domms.
Salgo del salón ensimismada en mis propios pensamientos. Me ha ido tan mal en el examen que, en realidad, debería ir y pedir a mi madre que no me envíe a una escuela para niños especiales. Otra vez, reclamo en mi mente a Dios y a cualquier otro santo o deidad existente, por haberme creado tan defectuosa e incapaz de siquiera aprobar un simple examen de colegio ¿Cómo haré en la adultez? Voy a terminar en la calle o en el sótano de mis padres.
Entre lamento y lamento, detengo abruptamente mi caminar, no por querer hacerlo, sino porque mi cara azota de lleno con la puerta de un casillero.
Una horrible punzada de dolor, se extiende por mí nariz dejándome casi sin aire, entonces viene lo malo, la sangre. Comienza a salir a borbotones de mis fosas nasales y la preocupada cara de Ethan Domms aparece frente a mi al cerrar el casillero.
No sé si es por efecto del golpe o la impresión de tener a Domms tan cerca, solo sé que despierto un tiempo después en la enfermería del colegio.
-¡Al fin despiertas, bonita!- me dice la enfermera Jules apareciendo frente a mi, con una linternita en sus manos y me ilumina los ojos.
-¿Debo comprar una túnica y hacerme llamar Voldemort?- pregunto a modo de broma.
Sí, el golpe que me di en la mesa y luego la puerta del casillero, han acabado con las pocas conexiones neuronales que aún eran medianamente funcionales en mi cerebro. Apenas había despertado y ya estaba diciendo estupideces. Jules suelta una risa divertida y estrecha sus ojos en mi dirección.
-Tu pequeña y linda nariz volverá a ser la misma en uno o dos días, linda- asegura guiñando un ojo.
Algo aliviada, giro mi cabeza y lo veo sentado ahí, en una esquina de la sala, con la mirada pérdida en el piso de la habitación de enfermería. Si hubiera sabido que estaba aquí, no hacía bromas tan tontas.
Jules sigue mi mirada y me guiña un ojo divertida para luego marcharse de la habitación, para supuestamente decirle algo a alguien, dejándonos a solas.
«Te odio un poquito, Jules»
Ethan levanta su cabeza y fija esos hermosos ojos avellana en mi.
-Lamento haberte noqueado con mi casillero, Olive ¿Cierto?- se disculpa.
Yo por mi parte, siento mi mundo revolucionarse. Mi pulso se acelera como loco al darme cuenta de que mi crush, Ethan Domms, me ha hablado y la mejor parte...¡Conoce mi nombre!
-S-si, O-olive Moon- tartamudeo nerviosa.
Siento la maldita sangre acumularse en mi rostro por la vergüenza que me genera la situación. Él sonríe de manera burlona y se levanta de la silla donde estaba. De cerca se ve mucho más alto de lo que lo creía, debe medir un metro ochenta o más, se ve imponente e intimidante. Ya entiendo porque todo el mundo le teme a Domms.
Sonríe, sin rastro alguno de arrogancia o burla, se da la vuelta y con voz divertida dice:
-Linda nariz, Olive- y sale cerrando la puerta de la enfermería detrás de él.
Me quedo callada mirando la puerta cerrada. Ethan Domms sabe que yo existo, aunque, eso no vale demasiado ya que, no hemos cruzado más de diez palabras y él seguramente se ha quedado aquí por el compromiso de haber sido quien me noqueó.
Entonces, recuerdo su última frase y alarmada tomo un espejo que hay cerca, veo mi nariz y debo retener con fuerza el impulso de gritar. Está hinchada, roja y tiene un aspecto realmente malo.
La puerta de la enfermería se abre y por esta entra Jules con una bolsa de hielo en su mano.
-Va a estar inflamado unas horas pero con un poco de hielo no tardará en irse- dice sonriéndome adorablemente.
Conocí a Jules en primer año, cuando me caí en la cafetería, sobre el capitán de ese momento del equipo de fútbol, y le lesioné el brazo, motivo por el cual el pobre chico no pudo jugar por dos meses. Dos meses en los cuales, se dedicó a mirarme como si fuera una asesina o algo por el estilo.
Un mes después me rompí un dedo en la clase de educación física. Y podría nombrar exactamente quince incidentes más a lo largo de mi paso por este colegio en los cuales terminé aquí, en la enfermería, con Jules curando mis heridas o malestares.