Holly abrió los ojos y vio... una luz brillante.
—¡Dios mío!—, gimió, entrecerrando los ojos y sintiendo un dolor agudo en la cadera. Mirando a su alrededor, se dio cuenta de que estaba en una habitación de hospital.
Y entonces recordó un coche. Saliendo de la nada.
Corriendo hacia ella.
—Oh, Dios—, repitió, llevándose la mano a la cabeza y asegurándose de que no hubiera abolladuras ni cortes importantes.
—Menos mal que no llevabas un casco Harley adecuado, de lo contrario podrías haberte golpeado esa bonita cara tuya.
Holly dio un salto, sobresaltada por la voz que provenía de un rincón de la habitación. Al ver a Alex recostado en lo que parecía una silla incómoda, preguntó: —¿Qué haces aquí?.
Alex sonrió con sorna ante el tono acusador de la pregunta. —¿Qué te parece ese agradecimiento?— preguntó arrastrando las palabras, levantándose y acercándose lentamente a su cama. —Me tomo la molestia de llamar a una ambulancia y prácticamente salvarte la vida, y lo único que puedes decirme es ¿Qué haces aquí?
La verdad era que Alex nunca había estado tan asustado en su vida. Se le paró el corazón al ver a Holly volar sobre el capó de su coche; desde entonces, esperaba con impaciencia cualquier señal de que se recuperaría.
A juzgar por el ceño fruncido en su rostro, tendría que decir que ella estaba casi completamente de vuelta a la normalidad.
—Nadie dijo que tuvieras que rescatarme—, espetó Holly, haciendo una mueca de dolor en la cadera que seguía empeorando.
—Además, ¿cómo supiste que había tenido un accidente? ¿Me estabas siguiendo?
—No... bueno, sí, más o menos—, dijo Alex, con aire avergonzado. Se pasó la mano por el pelo oscuro, y Holly no pudo evitar un cosquilleo en el estómago al verse de nuevo ante lo guapo que era aquel hombre.
—¿Por qué me seguías?—, preguntó, intentando incorporarse en la cama. El movimiento le resultó doloroso e hizo una mueca abierta.
Alex le tendió una mano firme, ayudándola a ajustar su posición. —Cuidado, Tigre—, dijo. —No querrás empeorar las cosas, ¿verdad?
—Simplemente responde la pregunta—, dijo Holly, preguntándose por qué Alex se había molestado en ir al hospital si lo único que iba a hacer era antagonizarla.
—Bueno, ¿quieres la verdad? —dijo Alex, resistiendo el impulso de apartarse un mechón de pelo de la cara—. Ese coche que chocaste... era más o menos... mi coche.
Holly lo miraba fijamente. «Se ve preciosa incluso con bata de hospital», pensó Alex, poniéndose más nervioso a cada segundo que no respondía.
—¿En serio?—, dijo Holly finalmente, frunciendo el ceño con enojo. —¿Ni siquiera miras por dónde vas? ¡Podría haberme matado!
—¡Eh!—, dijo Alex, levantando las manos en señal de rendición. —No niego haber cometido ningún delito y lo siento mucho.
Holly ladeó la cabeza, luciendo escéptica.
—¿Qué?— preguntó Alex, empezando a irritarse. —¿Por qué me miras así?
Holly se encogió de hombros. —No lo sé—, dijo. —No pareces del tipo...
—¿Quién se arrepentiría de algo que ha hecho?—, terminó Alex enojado. Esta vez era él quien fruncía el ceño.
—No es que puedas culparme—, replicó Holly. —¡No empezamos con buen pie, y fuiste un completo imbécil!
—Esto es genial—, murmuró Alex, paseándose junto a la cama. —¡Estaba muerto de miedo de haberte matado! ¡Y solo te seguía para disculparme por ser un imbécil!
Holly sintió que su temperamento empezaba a calmarse. —¿En serio?—, preguntó.
—¡Sí! —dijo, interrumpiéndola—. Eres una niña desagradecida, ¿lo sabes? Ni una sola vez me has dado las gracias por cuidarte.
Holly bajó la mirada hacia sus manos, que estaban enredadas en su regazo. Alex notó que se sonrojaba.
—Tienes razón—, dijo ella, mirándolo. —Debería haberte dado las gracias por llevarme al hospital lo antes posible. Lo siento.
Alex respiró hondo; no esperaba arrancarle una disculpa tan fácilmente. Sintiéndose un poco culpable por gritar, se acercó a la cama y le ofreció la mano. —¿Tregua?
Holly lo miró a los ojos y, al ver que parecía sincero, aceptó el apretón de manos. —Tregua—, dijo, con la comisura de los labios ligeramente levantada. Alex le devolvió la sonrisa y sintió que se relajaba un poco.
—¿Y qué pasa con mi bici?—, preguntó Holly. —¿Está bien?
El momento de relajación había terminado. Alex dudó. —Eh, tu bici... bueno, es un poco...
Holly sintió una punzada de ansiedad al escuchar a Alex titubear. —¿Qué dices, Alex?
—Tu bicicleta... no es buena.
Alex miró de reojo a Holly y sintió náuseas al ver su expresión abatida. Parecía a punto de llorar.
—¿Entonces, está destrozado?—, preguntó Holly con los ojos cerrados. Intentaba no mostrar ninguna emoción, pero estaba devastada. Era lo único que le quedaba que la unía a sus padres.
—No del todo—, respondió Alex con evasivas. —Pero arreglarlo todo costará un ojo de la cara. Lo siento mucho, Holly.
Observó cómo palidecía, haciendo que sus pecas resaltaran aún más. —Puedo pagarlo, si quieres—, se apresuró a añadir. —Debería hacerlo de todos modos, ya que es mi culpa...
Holly negó con la cabeza, impidiéndole a Alex terminar. —Para nada—, dijo.
—¿Por qué no?—, dijo Alex, molesto por su negativa. —Quiero pagarlo, Holly.
—¡No! —dijo Holly, alzando la voz—. No quiero que pagues por ello, ¿de acuerdo? —Su rostro se había sonrojado de nuevo, y su ira volvía a aflorar—. No necesito tu dinero, ni tu compasión.
Alex negó con la cabeza. —Eres muy testarudo, ¿lo sabías?—, dijo con amargura. —Demasiado orgulloso para aceptar ayuda, como si fueras un arrogante.
—¿Y tú qué?—, espetó Holly. —¿Qué? ¿Crees que pagarle la bici a una pobre chica te librará de ser un imbécil arrogante?
Los ojos ámbar de Alex brillaron, y abrió la boca para defenderse justo cuando el doctor entró en la habitación. —Disculpe si interrumpo—, dijo el Dr. Moore, mirando a Holly y a Alex.
—No lo eres —dijo Holly rápidamente, agradecida de que hubiera alguien más en la habitación. La situación se estaba poniendo demasiado tensa.
—¿Estás cuidando a tu novia?—preguntó el doctor mirando a Alex.
—No soy suya... —empezó Holly enojada, frunciendo el ceño.
—Sí, doctor —intervino Alex en voz alta, interrumpiendo a Holly y lanzándole una mirada para que guardara silencio—. ¿Cuál es el pronóstico?
—Bueno—, dijo el Dr. Moore, mientras revisaba los historiales médicos, —parece que solo tiene unos hematomas importantes y algo de hinchazón en la cadera. Podría irse a casa hoy mismo.
—¡Maravilloso!—, dijo Holly, animándose al instante ante la idea de volver a casa y librarse por fin de Alexander Grant.
—Hay provisiones, señorita—, dijo el Dr. Moore, dirigiéndose a Holly. —Quiero que se tome las cosas con calma la próxima semana.
—¿Eso es todo?—preguntó Holly, ansiosa por vestirse e irse.
El Dr. Moore arqueó una ceja. —No—, dijo. —También quiero que el Sr. Grant la ayude con sus actividades diarias. Quiero que se asegure de que no haga nada que pueda sobrecargar la zona de la cadera mientras se recupera.
Holly frunció el ceño. Al mirar a Alex, se sintió furiosa al ver la satisfacción que se había apoderado de su rostro. —Pero, doctor...—, empezó.
—No te preocupes, doctora —dijo Alex, interrumpiéndola una vez más—. Conmigo cerca, no tendrá que mover ni un dedo.
—De acuerdo—, dijo el Dr. Moore, ajeno a la mirada boquiabierta de Holly. —Prepararé sus papeles de alta, señorita Sullivan—. Y dicho esto, se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta silenciosamente tras él.
Holly giró la cabeza de golpe para mirar a Alex. Tenía una sonrisa insoportable. —¡Cómo te atreves a mentir y decir que soy tu novia!—, siseó, con el asco evidente al pronunciar la palabra "novia".
Alex se encogió de hombros. —Era la única forma de que me dejaran ir en la ambulancia contigo.
—¡No tenías derecho!—, chilló Holly, con las fosas nasales ligeramente dilatadas en medio de su rabieta. Alex contuvo la risa; era una imagen adorable cuando estaba furiosa.
—Vamos, Holly —dijo con voz suave, intentando apaciguarla—. Que te cuide no será tan malo, ¿verdad? Intentó pellizcarle la mejilla, pero ella lo apartó de un manotazo.
—Prefiero arriesgarme a sufrir una lesión permanente en la cadera—, dijo, entrecerrando los ojos al ver a Alex. Para su consternación, él simplemente rió entre dientes y se dirigió a la puerta.
—Vístete —dijo por encima del hombro—. Te espero afuera.
Cuando la puerta se cerró, Holly agarró la almohada de detrás de su cabeza, la colocó sobre su cara y gritó con todas sus fuerzas.