Capitulo 4

1133 Words
Alex paró un taxi, consciente de que Holly estaba un poco detrás de él con el casco rayado en la mano, mirando fijamente a todas partes menos a él. Parecía frágil y pequeña con su chaqueta de cuero, y su boca estaba apretada. Parecía dispuesta a arrancarle la cabeza de un mordisco si tan solo se acercaba a ella. Como nunca fue de los que se atreven a jugar a lo seguro, decidió hablar con ella. —Entonces ¿en tu casa o en la mía? Holly lo fulminó con la mirada. —Mío, y seguro que no te invitarán a entrar. Alex se sorprendió de que no le sacara la lengua, por muy irritada que sonara. —De acuerdo, vamos a tu casa—, dijo, viendo cómo un taxi se detenía en la acera. Le abrió la puerta y dijo: —Pero ya oíste al médico, tengo que atenderte. Holly no dijo nada mientras se acomodaba en su asiento, dejando caer el casco al suelo de la cabina. Se giró bruscamente y se estremeció al sentir un dolor intenso por el movimiento. —¿Estás bien?—, preguntó Alex, sorprendido por la preocupación que había surgido en él. Se descubrió deseando protegerla; era un sentimiento que llevaba años latente y lo tomó por sorpresa. —Estoy bien—, espetó Holly, sin querer revelar cuánto le dolía la cadera. Le dio su dirección al taxista y luego se sumió en un silencio absoluto. —¿No vas a hablarme?—, preguntó Alex, divertido e irritado a la vez porque ella lo ignoraba. Holly todavía no hablaba. —¿Ni siquiera vas a preguntarme qué pasó con tu querida Harley?—, la instó Alex, sabiendo que eso la incitaría a hablar. Tenía razón. Sin apartar la mirada de la ventana, preguntó en voz baja: —¿Dónde está?. Alex se dio una palmadita mental en la espalda por la victoria. —Después de llamar a la ambulancia, llamé a una grúa. Está en un taller de reparación de bicicletas local. Holly asintió. «De acuerdo, gracias», dijo. Luego volvió a guardar silencio. Alex se pasó la mano por el pelo azabache, frustrado por su frialdad. «Bueno, ¿de verdad puedes culparla?», se reprendió. «No es como si hubieras sido el Príncipe Azul». Resignándose al trato frío, se recostó en el asiento y suspiró. * Holly subía cojeando las escaleras hacia su apartamento en el quinto piso, maldiciendo su suerte porque el ascensor estaba en mantenimiento. Alex estaba detrás de ella, dispuesto a ayudarla si la necesitaba, pero ella se negaba a mostrar debilidad. Como resultado, habían pasado unos buenos cinco minutos y apenas estaban en el segundo piso. —Si te apoyas en mí, esto irá muchísimo más rápido—, dijo Alex, con la exasperación evidente en su voz. Holly ignoró la punzada en el estómago mientras su voz profunda retumbaba en su interior. Aunque ver a Alex le subiera la presión arterial, el sonido de su voz claramente le provocó un alza en las hormonas. —Si voy demasiado para ti, puedes irte a casa—, ladró. —No te necesito. Alex se irritó con su tono. —No me voy a ninguna parte, arpía—, respondió secamente. Fue recompensado por el agudo jadeo de Holly, que delató su evidente ofensa. —Es que no sé por qué no me dejas ayudarte. Holly se detuvo, girándose para mirarlo con enojo. —¿Por qué estás aquí, Alex?—, preguntó. —¿Para empeorarme la vida? Alex reprimió una respuesta brusca. Vio que, a pesar de la ira en sus ojos jade, Holly parecía cansada y recelosa. Quizás debería intentar un enfoque diferente, pensó. —Para nada, Holly—, dijo, intentando mantener un tono sereno y tranquilo. —Solo sé que obviamente tienes dolor, y sería más fácil para ti si te acostamos cuanto antes. Holly lo miró fijamente, comprendiendo la razón de sus palabras. Se irguió y cedió. —Bien—, murmuró. —Gracias—, dijo Alex, acercándose a ella y rodeándolo con el brazo izquierdo. —Ahora, apóyate en mí. El viaje por los siguientes tres tramos de escaleras fue mucho más fácil, al igual que el silencio entre ellos dos. * Al acercarse a la puerta del 54A, Holly vio un trozo de papel pegado a ella. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para leerlo, vio rojo. —¿Qué demonios?—, gritó, sin poder creer lo que veía. —Primero llego tarde al trabajo, luego casi me matan, ¿y ahora me desalojan?—. Lágrimas de rabia brotaron de sus ojos. —¿Qué he hecho para merecer todo esto? Se recostó contra Alex mientras dejaba que algunas lágrimas le cayeran por las mejillas. Alex frunció el ceño, mirando la nota que tenía en la mano. —¿No has pagado el alquiler en los últimos dos meses?—, preguntó. —No—, dijo Holly con tristeza, mientras las lágrimas caían a raudales. —No he podido permitírmelo. Alex la miró fijamente, sintiendo un extraño espasmo en el corazón al verla llorar. —¿Cuántos días tienes para mudarte? Holly volvió a mirar la nota. «Dice que tengo dos se-semanas». Estaba sollozando, pero no le importaba. Este día era demasiado para ella. Respirando hondo, Alex tomó una decisión. —Por favor, no llores, todo estará bien—, dijo, abrazándola con más fuerza. Casi se encogió al oírse decir: —Puedes mudarte conmigo. Holly dejó de llorar de repente. No estaba segura de haber oído bien. —¿Qué?— preguntó. —¿Hablas en serio? Alex asintió. —Claro que sí—, respondió, tomando la nota y arrugándola antes de tirarla al suelo. —Guardaremos tus cosas y, mientras buscamos un nuevo lugar para ti, puedes quedarte en el mío. Alex luchaba consigo mismo. —¿Qué demonios haces?—, gritó una voz en su cabeza. —¡Apenas te conozco!—, dijo Holly, secándose la cara. —¡No puedo vivir contigo! Tiene razón, ¿sabes?, argumentó la voz en la cabeza de Alex. «Es solo temporal», argumentó Alex, optando por ignorar la razón y seguir su instinto. «Y además, sería muy conveniente, ya que mi trabajo es cuidarte y el tuyo es ayudarme mientras trabajo en mi libro». Holly no dijo nada, y por un momento Alex se preparó para el rechazo. Por alguna razón, deseó que aceptara el trato. —De acuerdo —dijo finalmente—. Me quedo contigo. Alex soltó un suspiro que no se había dado cuenta de que había estado conteniendo. —Entonces, está decidido—, dijo, sonriendo para tranquilizarla. Pero en silencio rezó para que ninguno de los dos terminara arrepintiéndose de esto.
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