Se le hacía difícil respirar, muy difícil. Era arena lo que entraba a sus pulmones y no podía evitar toser. Respirar lento le costaba. Y le costaba porque ya no estaba aquí, su ángel se había marchado. No podía acostumbrarse aún a no verlo y se acostaba en el suelo que cubría el agujero en el que su urna estaba enterrada. Se puso de pie fijándose del cuervo que no se marchaba de aquel seco árbol. El animal empezó a graznar mirándola y ella sólo le dio un vistazo lleno de frialdad. Se sacudió la arena y marchó, encendiendo el auto, se dio cuenta que la dificultad respiratoria emocional que le atacaba cada que se le ocurría visitarlo le estaba pasando factura. Subió al carro con amargura reviviendo en su cabeza una y otra vez los momentos de felicidad antes de que todo se fuera a la mier

