Esposada. Anastasia abrió los ojos y de lo primero que fue consciente era del peso sobre sus manos que indicaba alguna especie de grillete reteniéndola. Le cosquilleaban. Su cuello dolía por la mala posición y su coxis sufría debido a la inmovilidad y poco circulación que recorría su inmovil cuerpo. -Por favor, saquenme de aquí- suplicó murmurante, su lengua seguía dormida, le habían aplicado calmantes muy fuertes que la sedaron por dos días, pero Anastasia sospechaba que no habían pasado más de cuatro horas que aquella camioneta color vino la interceptó en la esquina entre Fallard y la 15. A una cuadra exacta de su casa. Anastasia sintió las lágrimas cubrir su rostro y cuando la lengua se sentía normal, arremetió contra los oídos de quién carajos oyese. Ella no sabía quién, ni por qué.

