La mirada de Isabelle se fijó en la mano de Alexander tomando la suya. El contacto provocó una sensación cálida bajo su piel, no como un incendio pero sí algo que la consumía en silencio. Y no quiso ponerle nombre a eso.
«Quiero dormir con mi mujer» las palabras de Alexander despertaron nervios en su interior, como hiedra enredándose en su vientre.
En la habitación, aferrándose a su máscara de indiferencia, fingió que una tormenta no la arrasaba por dentro mientras abría su bolso para sacar lo necesario.
Su mirada se desvió hacia el hombre desabotonandose la camisa a poca distancia de ella. Su corazón comenzó a latir más fuerte y, cuando Alexander se llevó las manos a su cinturón, su mirada se encontró con la de ella en el reflejo del espejo.
Su mirada se desvió hacia el hombre que, a poca distancia, comenzaba a desabotonarse la camisa. El corazón le latió con fuerza. Justo cuando Alexander se llevaba las manos al cinturón, su mirada atrapó la de ella en el reflejo del espejo.
Isabelle desvió su atención como si nada pasara, recogió sus cosas y pasó por su lado metiéndose directo en el baño.
«No es nada que no hayas visto antes, Isabelle. Contrólate y tómalo con calma, no eres una adolescente» se regañó a sí misma mientras observaba su reflejo.
Lavó sus dientes y terminó de cambiarse la ropa de dormir. Regresó a la habitación y dobló sus prendas dejándolas sobre la cómoda. Observó discretamente a Alexander usando una camiseta ajustada y pantalones de dormir.
Alexander era dueño de un atractivo tan imponente y masculino que hacía imposible ignorarlo aunque tu vida dependiera de ello. Cosa que no facilitaba la tarea de estar a su lado pretendiendo que un huracán no te arrasaba por dentro.
Isabelle lo vió acomodarse en un lado de la enorme cama y, aunque su cerebro daba una órden, su cuerpo permaneció en su lugar como si acercarse fuera una trampa.
—Puedes acercarte, no muerdo —pronunció él al verla indecisa, sus palabras tenían un tinte de diversión y algo oculto.
Isabelle estrechó su mirada sobre él.
—Que bueno que esto te resulte entretenido —lo acusó, apoyando las manos a cada lado de su cadera.
—¿Qué ocurre, Isabelle?
«De todo» pensó, pero de su boca no salió nada. Su corazón latía tan fuerte que parecía a punto de salir huyendo.
—¿Te da miedo compartir la cama con tu esposo? No será nada nuevo.
—Tampoco algo que extrañe.
Ella no supo por qué respondió aquello, las palabras simplemente salieron de su boca. Fué más como si buscara convencerse a sí misma.
Alexander inclinó su rostro a un lado, observándola como si pudiera leer la verdad en su rostro.
—¿No lo has extrañado en estos años? —cuestionó él, quien recordaba cada noche que había pasado sin ella como un Infierno.
—No —Isabelle no lo miró a la cara. Simplemente avanzó hacia la cama y ocupó el lugar vacío, manteniendo cierta distancia.
Alexander la miró en silencio, debatiéndose internamente si hacer la pregunta que había estado rondando sus pensamientos.
—En todo este tiempo, ¿hubo alguien más? —su voz apenas rompió el silencio, como si temiera despertar algo dormido.
Una parte de él no quería saberlo. No quería escuchar que el amor de su vida había conocido a otro hombre. Que le había dado a alguien más su compañía, de su suave risa y de su calor en las noches frías.
Alexander sabía que era un pensamiento egoísta pero cuando se trataba de ella no quería verse amenazado porque alguien más pudiera conquistarla. Isabelle le pertenecía tanto como él a ella.
Isabelle lo miró. Por un instante, pensó en la posibilidad de que él hubiera conocido a otra en esos años y, por algún motivo, la simple idea hizo que su estómago se encogiera.
—Eso no es de tu incumbencia —respondió con frialdad, desviando la mirada—. No me importa saber si estuviste con otras así que no…
—No lo hice —Alexander pronunció aquello como si lo hubiese insultado.
—No tienes por qué mentirme —lo acusó Isabelle.
—Mírame a los ojos y dime si lo hago.
Ella se tomó un momento, pensando si eso tenía algun sentido, y entonces lo miró. Lo conocía como a la palma de su mano, sabía que hablaba en serio.
—Fueron cuatro años —murmuró con un ápice de incredulidad.
—Cuatro años en el Infierno sin la mujer que amo, ¿cómo crees que podría siquiera pensar en otra cosa que no fuera encontrarte?
A Isabelle nunca la hirieron con tanta gentileza como lo hizo Alexander con sus palabras. Le parecía injusto que él usara el amor que ella había sentido por él como un arma de doble filo.
Había una parte en su interior que moría por gritarle cuánto lo detestaba por haberle ocultado ese secreto tan importante y haberla hecho pasar un infierno desde el momento en que lo vió en aquella camilla de hospital hasta ese exacto instante donde, después de años, regresaba como si nada buscándola otra vez. Como si todo lo que ella había sufrido hubiera sido en vano.
Isabelle inhaló profundamente, calmando la llama dormida que comenzaba a hacer chispas en su interior. Aunque, en el fondo, sabía que no podría controlarla por mucho tiempo.
—No importa, Alexander —murmuró con indiferencia mientras acomodaba su almohada.
—¿Han habido otros para tí? Tal vez ese imbécil de la cafetería.
—No lo llames así, es bueno y me ayudó todo este tiempo.
El que Isabelle lo defendiera solo hacía que Alexander lo odiara más. Lo había investigado lo suficiente para saber que ella tenía razón, era un buen hombre. La clase de hombre que ella merecía, por eso lo odiaba.
—No lo dudo, pero veo sus intenciones.
—Basta, Alexander. No tienes derecho a reclamarme nada.
—Aún estamos casados, Isabelle —le recordó él.
Alexander nunca se quitó su anillo y encontrarse con que ella aún conservaba el suyo le daba una pequeña esperanza a la cual aferrarse.
—Tú aún eres mi esposa.
Ella negó.
—Dejé de hacerlo cuando tus secretos rompieron las promesas que hiciste frente al altar.
Isabelle lo miró con frialdad y Alexander pudo sentir el filo contra su pecho.
—Isabelle…
—No —lo interrumpió—. No quiero hablar del pasado, Alexander.
Isabelle se acomodó en la cama y le dió la espalda, Alexander no tardó en hacer lo mismo y apagar su lámpara dejando la habitación sumida en penumbras y silencio.
Ninguno concilió pronto el sueño. Él moría por acercarse, tomarla entre sus brazos, refugiarse en su calor y el aroma familiar de su suave perfume, pero se contuvo. Isabelle sentía un nudo en la garganta y se recordó por qué había aceptado estar ahí.
Le parecía irreal como hacía tan solo una noche era ajena al hecho de que él la había encontrado. No sabía que solo se trataba de la calma antes de la tormenta. Ese hombre por el que su corazón se había roto en el pasado estaba de regreso, durmiendo a su lado, decidido a que ella volviera a ser suya.
Él la quería de regreso pero eso iba a costarle demasiado.
Las emociones en su interior eran el centro de un huracán absorbiendo todo a su alrededor, fundiendo el dolor con el enojo.
«Sufrirás el mismo dolor, Alexander. Aunque herirte a tí sea herirme a mí» se prometió a sí misma.
(***)
En la madrugada, cuando ambos finalmente pudieron conciliar el sueño, Isabelle percibió movimiento a su lado y despertó.
«Entonces no era un sueño» pensó al ver a Alexander durmiendo a su lado.
Su llegada había desenterrado aquellos recuerdos que Isabelle se había esforzado en dejar atrás. Eran todos esos momentos que durante mucho tiempo se adueñaron de su corazón. Era Alexander haciéndola sentir que era su mundo entero, amándola con ternura y devoción, pero también embriagándola en un deseo obsesivo y ardiente.
Isabelle se detuvo cuando notó que estaba a punto de acariciarlo.
«Solo te haces más daño, Isabelle»
Alexander volvió a moverse pero esa vez pronunció el nombre de Isabelle en un susurro.
—Isabelle —volvió a susurrar, como si estuviera llamándola—. Isabelle…
—Alexander —murmuró ella intentando despertarlo al darse cuenta que se trataba de una pesadilla.
Él despertó, encontrándose con aquellas cálidas iris café, y sintió sus latidos regularse.
—Lamento haberte despertado —murmuró, más calmado al darse cuenta que ella estaba ahí y no lo había soñado.
Isabelle no dijo nada, simplemente volvió a recostarse dándole la espalda, callando todas las preguntas que deseaba hacerle, dejándose llevar por el sueño.
«¿Por qué Alexander menciona mi nombre en sus pesadillas?»