4. Ésta noche te quedarás conmigo

1612 Words
Isabelle dió vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño en toda la noche. Intentó continuar su rutina con normalidad, aunque el regreso del hombre que había abandonado años atrás había dado vuelta su mundo. Sobre todo porque parecía más que dispuesto a hacer lo que fuera necesario para tenerla otra vez con él. «Como si fuera tan sencillo olvidar todo el sufrimiento que me costó haber tomado aquella decisión» pensó. James mencionó su nombre con suavidad pero Isabelle no se dió cuenta que estaba hablándole hasta que él le puso la mano sobre el hombro. —Lo siento, no te escuché —se disculpó Isabelle, apenada. —¿Te encuentras bien? Pareces distraída. —Sí, solo… cosas en las que no puedo dejar de pensar —Isabelle no le dió importancia—. Me concentraré, lo prometo. —Tranquila —le dió una sonrisa reconfortante—. ¿Está todo bien con Evander? —Sí, no es eso. —¿Es algo de lo que quieras hablar? Isabelle no supo qué responder pero James tomó su silencio como respuesta y no la presionó. —Entiendo. Si necesitas tiempo puedes tomarte un descanso. Isabelle sintió su móvil vibrar dentro de su delantal pero no le prestó atención. —No, es demasiado —negó ella—. Estaré bien —se esforzó en sonreír, más para convencerse a sí misma. —Tómalo con calma, ¿de acuerdo? —James le dió un apretón en el hombro y luego frotó su brazo. Su móvil vibró otra vez y, pensando que podría tratarse de la enfermera de Evander, lo revisó. El oxígeno quedó aprisionado en sus pulmones al leer los mensajes en la pantalla. Número desconocido: Dile que deje de tocarte. Ahora. Isabelle miró a su alrededor buscando a la única persona que pudo haberle enviado aquellos mensajes, pero no lo encontró. —¿Ocurre algo? —preguntó James con cierta confusión ante la actitud de Isabelle. —No —Isabelle negó con calma y sonrió—. Continuaré en lo mío —se excusó, apartándose lentamente de James. El resto del turno no pudo evitar sentirse observada. (***) En cuanto terminó su turno, Isabelle decidió visitar a Evan. Había pasado la noche entera pensando en la propuesta de Alexander. Por un lado, el trato significaba un retroceso enorme al pasado que había dejado cicatrices en su corazón pero, por el otro, era la posibilidad de obtener mejor atención para Evander. Pensándolo de esa manera, la decisión era sencilla de tomar, pero sumamente difícil de afrontar. El pequeño de deslumbrantes ojos azules se encontraba dormido. Apenas comenzaba a oscurecer pero era normal que descansara bastante. Acarició su rostro con ternura y una sonrisa curvó sus labios. Isabelle dejó las dudas de lado y finalmente tomó su móvil, tecleó un mensaje al número desconocido y lo envió sin detenerse a pensarlo más tiempo. De otro modo, solo seguiría dándole vueltas al asunto. Isabelle: Quiero que hablemos. Ni siquiera llegó a cuestionar su decisión porque recibió la respuesta del número desconocido en menos de dos minutos. Número desconocido: Mi chofer pasará a recogerte en veinte minutos para llevarte a mi departamento. Ésta noche te quedarás conmigo. Las últimas palabras hicieron que los nervios crecieran en su vientre como una enredadera. Inhaló profundamente. Reconocía aquella sensación, la había sentido miles de veces antes estando a su lado, por eso la aplastó tan pronto como pudo. Isabelle no era una mujer rencorosa, pero todo lo que había pasado en los últimos cuatro años formaban parte de su historia, de sus cicatrices, de sus recuerdos… y esos no podían simplemente olvidarse. «Ni siquiera dije que aceptaba. Soy una adulta y lo tengo superado, no tengo por qué sentirme así» se regañó a sí misma. (***) El chofer pasó a buscarla con puntualidad y en un vehículo lujoso. Fué amable y educado. Condujo hasta un sofisticado edificio en una zona costosa de la ciudad y se adentró hacia un estacionamiento privado. Isabelle subió por un ascensor hacia el penthouse. La recibió la ama de llaves, quien antes de marcharse le avisó que Alexander había salido pero estaría de regreso pronto y que la cena estaba hecha en la cocina. Dejó su bolso sobre uno de los sofás de la amplia sala, acercándose a las paredes de cristal que ofrecían una vista espectacular de la ciudad bajo el cielo nocturno. Estando sola en aquél lugar tan silencioso decidió adentrarse sin tocar nada. Todo se veía pulcro y sofisticado, pero también algo sobrio. La puerta de una de las habitaciones se encontraba abierta y se acercó a cerrarla, cuando su mirada dió con lo que descansaba sobre la mesa de noche. Pensó que tal vez se equivocaba pero la curiosidad la hizo avanzar y cuando tuvo el sobre entre sus manos supo que no lo hacía. Lo abrió y dentro se encontró la carta en la que se había despedido de Alexander cuatro años atrás. —No eres la única que guarda recuerdos del pasado. La voz profunda de Alexander sonó detrás suyo y fué como una caricia descendiendo por su espalda, provocando que su piel se erizara. Se acercó a Isabelle y le quitó la carta con suavidad, dejándola en su lugar. Por algún motivo, cuando él se acercaba, a ella se le hacía difícil mirarlo a la cara. —Ven —Alexander la tomó de la mano para llevarla consigo—. Vamos a cenar. (***) —Para que conste, aún no acepté —aclaró Isabelle mientras movía con su tenedor la comida en su plato—. Quiero dejar algunas cosas en claro primero. —Te escucho. Alexander la miró con atención e Isabelle intentó no huir de su mirada. —Primero, quiero saber cuánto tiempo durará el trato. —Indefinidamente. —Alexander. —¿Qué te parece…? —fingió pensarlo—. Hasta que aceptes que nunca dejaste de ser mi esposa y te mudes aquí conmigo. —Hablo en serio —Isabelle ocultó tras una máscara de impaciencia lo que aquellas palabras habían despertado en su interior, pensando que él no se lo estaba tomando en serio. Pero Alexander no estaba jugando. —Créeme que nunca hablé más en serio —aseguró mirándole a los ojos. —Me cuesta creerte. El silencio llenó el lugar mientras se miraban sin decir una palabra. —¿Siguiente cuestión? —preguntó Alexander, cortando un trozo de la carne en su plato. —No quiero que me toques. Alexander la miró en silencio mientras terminaba de masticar. —No te tocaré… hasta que así lo quieras —corrigió y, antes de que ella pudiera decir algo al respecto, agregó—. ¿Puedo poner una condición? —¿Cuál? —Deja el empleo en la cafetería. —Eso no pasará. —Me haré cargo del tratamiento del niño y también de todo lo que necesites, de ese modo también tienes más tiempo para tí y para dedicarle a él. Isabelle no quería nada tanto como pasar todo el tiempo posible con Evan, pero tenía una deuda pendiente con James y no podía simplemente renunciar. —No puedo. —¿Por qué? ¿Acaso el idiota sonriente te agrada tanto? Isabelle rodó sus ojos. —Solo no lo haré —se negó—. Respóndeme una cosa, ¿tus negocios se quedaron donde lo dejamos o en algún momento deberás volver? —No dejamos nada, tú me dejaste a mí. Aquellas palabras molestaron a Isabelle. —Sí, porque me ocultaste que eras un mafioso y tuve que descubrirlo la noche en que te dispararon dejándote en coma. ¿Y sabes qué? Lo volvería a hacer. Dejó caer los cubiertos a cada lado del plato y desvió la mirada inhalando profundamente. Aquellas palabras emergieron de su interior como una marea impetuosa. —Isabelle —la llamó él. En ese momento, Isabelle tuvo dudas sobre ser capaz de soportar todo lo que se avecinaba, cuando apenas estaba asimilando el regreso de su esposo. —Isabelle, mírame —pidió él con gentileza. —¿Aún te dedicas a eso? —lo miró. Alexander se mantuvo en silencio. No respondió que sí pero tampoco que no, porque no quería darle una verdad a medias y arriesgarse a que Isabelle pensara que había vuelto a mentirle. La realidad, era que él estaba esforzándose en resolver sus asuntos del pasado para poder tener un presente calmo sin tener que ocultarle nada a su esposa para resguardar su seguridad. Isabelle lo miró con decepción. —Conozco tu rutina. Sé que te desocupas en la tarde así que pasarás las noches conmigo, si aún quieres quedarte —Alexander la miró con cautela. Isabelle simplemente asintió pero para él no fué lo mismo. Se dió cuenta que prefería que le gritara a que le fuera indiferente. —Dormiremos en la misma habitación, en la misma cama, ¿tienes algún problema con eso? —En absoluto. Alexander ocultó la mueca de decepción e ignoró la punzada dentro de su pecho. —De acuerdo. Si hay algo más… —No, no lo hay —Isabelle lo interrumpió sin mirarlo. Tomó su copa de vino y bebió un sorbo. Alexander simplemente asintió. Isabelle sabía que estaba siendo dura pero era la única manera de impedir que todo eso le afectara. «No puedo permitirle volver a entrar cuando los secretos por los que lo abandoné continúan formando parte de él» La cena continuó en silencio. Al terminar, Isabelle se dispuso a recoger su plato pero Alexander la detuvo, tomándola de la mano y llevándola consigo por el camino hacia la habitación. —¿Qué estás haciendo? —Es tarde, y quiero dormir con mi mujer.
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