—Alexander —el nombre que no había pronunciado en años se deslizó de su boca con una mezcla de asombro e incredulidad.
El hombre frente a ella había cambiado. Tenía rastros de cansancio en su rostro, ojeras tenues y una barba suave. Isabelle debía admitir que verlo en ese estado despertó su preocupación, porque sabía que no era la única que había sufrido esos cuatro años.
—¿Me extrañaste, cariño?
El corazón de Isabelle se apretó en su pecho, como si alguien hubiera enterrado la mano dentro de su tórax para estrujarlo. Extrañar se quedaba insignificante cuando por mucho tiempo se había sentido como un alma errante en soledad.
—Aún conservas tu anillo —mencionó él.
Isabelle se apresuró a recoger lo que estaba sobre el mueble, metiéndole dentro del cajón y cerrando con más fuerza de la necesaria, volviendo a tomar distancia de Alexander.
—¿Qué estás haciendo aquí? —se cruzó de brazos—. ¿Con qué derecho irrumpes en mi departamento y revisas mis cosas como si nada?
Alexander había imaginado el reencuentro más veces de las que podría enumerar, era todo a lo que se había aferrado el último tiempo. Esperaba cierta resistencia de parte de Isabelle por cómo habían quedado las cosas pero debía admitir que sus palabras eran dagas de hielo enterrándose en su pecho.
—Creí que obtendría una bienvenida más cálida —respondió él, fingiendo no verse afectado.
—¿Creíste que me lanzaría a tus brazos como en las telenovelas? —mencionó Isabelle con mordaz ironía—. Eso está muy lejos de la realidad.
—No, en realidad. Pero pensé que me habías extrañado aunque fuera un poco —confesó Alexander agachando la mirada un momento—. Admito que me decepciona.
Aquellas palabras ocultaban un atisbo de dolor que Isabelle se esforzó en ignorar. De otro modo, el dolor que ambos ocultaban terminaría por derrumbarla.
—Lo hice —confesó ella y él levantó la mirada hacia la suya—. Pero eso fué hace mucho, mucho tiempo. Tu repentina aparición solo me inquieta, ¿acaso olvidas por qué huí? Eres peligroso, Alexander.
—No para tí —se apresuró en decir él, inconscientemente avanzando un paso hacia ella. Isabelle desvió la mirada.
«No es un peligro para mí pero sí uno para sí mismo y eso es suficiente para dañarme. Además, él no sabe que ya no estoy sola»
Permanecieron un instante en silencio, donde Alexander intentó acercarse a ella con lentitud pero Isabelle se alejó al notarlo.
—¿Cómo me encontraste?
—Mis hombres lo hicieron. Desde el primer momento en que supe que te habías marchado no dejé de buscarte por mar y tierra.
Isabelle se aferró a una máscara de indiferencia, intentando no dejar en evidencia lo que sus palabras le provocaron.
—¿Hace cuánto lo sabes?
—Hace unas semanas.
—¿Me estuviste siguiendo? —preguntó al recordar que casi al mismo tiempo había comenzado a tener la sensación de estar siendo observada.
—Sí.
—Y supongo que también me habrás investigado —lo acusó.
—También —admitió él, comenzando a vagar por el lugar, observando las fotografías sobre el mueble—. Aunque no sé todo lo que me gustaría.
—¿Cómo qué? —preguntó con cautela, ocultando que la posibilidad de que preguntara sobre Evander la inquietaba.
—Como sobre el tipo de la cafetería.
Isabelle alzó una de sus cejas.
—¿Estás saliendo con él?
—¿Acaso importa?
—Lo hace.
Alexander la miró serio, esperando una respuesta.
—No —respondió a regañadientes.
—¿Y el niño?
Los hombros de Isabelle se tensaron.
—Eso no es de tu incumbencia —respondió a la defensiva.
—No supe de ningún otro hombre cercano a tí, Isabelle. ¿De quién es?
En su mente, Alexander también tenía dudas sin respuestas. Cómo con quién había tenido su esposa un hijo o si el bastardo se había atrevido a abandonarla sola.
—Es mío, Alexander. Olvídate de él, de que me encontraste y regresa por donde viniste llevándote tus peligrosos secretos antes de que vuelvan a joderme la vida.
—Isabelle —Alexander intentó acercarse pero ella lo detuvo.
—¡No! ¿Qué buscas estando de regreso, Alexander? —le reclamó sintiendo su corazón acelerado—. Las cosas estaban comenzando a acomodarse, no puedes aparecer así cómo si nada
—No, las cosas no estaban bien y nunca iban a estarlo. Llevo buscándote cuatro malditos años, Isabelle, por un único motivo y es tener a mi esposa de regreso.
Isabelle negó.
—Llegaste tarde.
—Mientes.
—Aceptalo, ¿quieres? Y lárgate de mi casa y de mi vida —escupió ella con frialdad, distinguiendo la manera en que el rostro de Alexander se contrajo reflejando un atisbo de dolor ante sus palabras.
El silencio los envolvió.
Isabelle respiró profundamente.
Le dolía verlo así pero le había tomado cuatro años de noches de insomnio y un océano de lágrimas amargas construir un nuevo refugio para su corazón roto, y el regreso de Alexander era la tormenta que arrasaría con todo si no lo detenía, aunque aquella decisión le destrozara el corazón.
Alexander apartó la mirada, recayendo sobre los cuadros en el mueble a su lado.
—Es precioso, se parece a tí.
Escucharlo decir aquello fué un golpe directo a su pecho. Isabelle no había mencionado en la carta nada al respecto, sabía que de ese modo Alexander nunca dejaría de buscarlos y, aunque no fuera la decisión más correcta, solo así mantendría a salvo a su niño.
—¿Qué quieres, Alexander? —pronunció Isabelle con voz derrotada, cansada.
—Ya lo sabes.
—Y te dí mi respuesta.
—Aún hay más —mencionó él antes de mirarla—. Sé sobre su condición y sobre el tratamiento, también que conseguiste empleo en esa cafetería para poder costear lo necesario y que apenas puedes. Quiero ofrecerte un trato.
—No estoy interesada.
A pesar de sus palabras, él continuó.
—Me haré cargo de su tratamiento, pagaré todo, tanto lo necesario como las comodidades, todo lo que le haga falta.
Isabelle lo miró procesando lo que acababa de decirle.
—¿A cambio de qué?
—De que pases tus noches conmigo.
Ella negó.
—No puedo.
No únicamente porque no tenía tiempo, sino porque eso que él estaba pidiéndole no era tan simple.
—Quiero tenerte de regreso a mi lado.
—En el pasado me ocultaste tu vida y ahora que estoy bien quieres que comparta la mía contigo, que irónico.
—Quiero reparar lo que rompí —confesó él, acercándose a ella pero aún manteniendo cierta distancia para que no se alejara.
—Algunas cosas no se reparan —pronunció Isabelle dándole una mirada helada.
—No voy a obligarte si no quieres hacerlo, pero deberías pensarlo.
En ese momento, la vibración del móvil de Alexander los interrumpió.
«¿Quién lo llama tan tarde?» no puedo evitar preguntarse Isabelle.
—Debo irme —avisó él—. Tienes tiempo para darme tu respuesta —sacó una tarjeta del bolsillo interno de su chaqueta y la dejó sobre el mueble—. Piensalo, Isabelle.
Cuando él pasó por su lado, ella apartó la mirada. Sintió los cimientos de su cuerpo temblar ante la cercanía. Alexander continuó hasta la puerta.
—No vuelvas a entrar a mi departamento sin mi permiso —le advirtió Isabelle.
—Y no quieras huir de mí otra vez porque te encontraré, Isabelle —pronunció él como una promesa inquebrantable—. Todas las veces que sean necesarias.
Le dió una última mirada de aquellos iris azules tan oscuros como el océano, antes de marcharse finalmente.
En la soledad de su departamento, Isabelle deslizó su espalda por la pared hasta el suelo, llevándose la mano al pecho sintiendo su corazón palpitando con intensidad.
«Siento que todo esto es un sueño, pero puedo percibir su aroma en el aire y su voz resonando en el fondo de mi mente, demasiado real»
La propuesta de Alexander ayudaría a su hijo y eso era lo que más quería, pero debía pagar un precio alto por ello.
«¿Qué diablos voy a hacer?»