2. ¿Extrañaste a tu marido?

1123 Words
Cuatro años pasaron desde que Isabelle Lane huyó del lugar que una vez fué su hogar, dejando al amor de su vida atrás sin saber si algún día lo volvería a ver. Muchos cosas sucedieron. Intentó imponer un muro entre ella y todo aquello que le hacía mal para poder atravesar su embarazo con calma, aún estando en soledad, al igual que durante el parto y las noches de desvelo cuidando a su pequeño. Nombró a su bebé Evander, pues significaba fuerte guerrero en nórdico. Cuando Isabelle lo tuvo entre sus brazos jamás imaginó que, tan solo dos años después, aquellas palabras tomaría un sentido más fuerte. Isabelle se encontraba en el Hospital General Infantil, visitando a su pequeño como cada mañana antes de asistir a su empleo. Dormía pocas horas y se esforzaba mucho para que a Evan no le hiciera falta nada, era arduo pero cada pequeña mejora era recompensa suficiente. —Debes comer tus verduras para ser grande y fuerte, ¿si? Como un superhéroe —animó al niño a comerse los vegetales. Logró convencerlo y sonrió cuando éste terminó su plato. —Eres el mejor, Evan —le dió un toquecito en la punta de la naríz. Isabelle dedicó los minutos que le quedaban para jugar con su hijo y los carros que le había comprado. Evan tenía leves ojeras, las cuales solían resaltar con el tono pálido de su piel a causa del tratamiento, pero se mostraba menos cansado y aquello se sentía como una recompensa gratificante. Isabelle no olvidaba lo difíciles que habían sido los primeros meses de tratamiento. Se mostraba fuerte para su pequeño por la mañana y en las noches se derrumbaba en la soledad de su departamento, embriagándose con lágrimas amargas. Pero todo valía la pena. Cada vez que miraba a su pequeño le era inevitable mantener alejados los recuerdos del pasado, sobre todo los de aquél hombre que poseía el mismo color azul en la mirada. —¿Cómo está mi paciente favorito? —la enfermera que cuidaba a Evan entró a la habitación haciendo que el niño sonriera al verla. Su nombre era Camille y con su carácter dulce y paciente se había vuelto un gran soporte tanto para el niño como para Isabelle en lo que llevaban de tratamiento. Su llegada anunciaba que el tiempo para Isabelle se había terminado y debía apresurarse en tomar el bus para ir a su empleo. Se despidió de ambos antes de marcharse. (***) Isabelle llegó a la cafetería dos minutos antes de comenzar su turno. —Buen día, James —saludó a su jefe mientras colgaba su bolso y su abrigo. Isabelle tenía veinticuatro y James tan solo unos años más que ella, era guapo, educado y con el tiempo se habían vuelto cercanos, sobre todo cuando él se enteró sobre la enfermedad del hijo de Isabelle. Era empático, comprensivo y la había ayudado mucho más que cualquier otra persona, sobre todo mientras ella se encontraba estudiando y trabajando al mismo tiempo. —Buen día, Isa. —Déjame, lo llevaré —ella tomó la bandeja que su jefe estaba llevando—. ¿Mesa cinco? —Así es. Gracias, linda. —Es mi trabajo —respondió con una sonrisa. —Sí, casi se me olvida —bromeó él dándole un guiño antes de continuar su camino. Hace unos meses Isabelle había terminado la universidad así que tomó la posibilidad de hacer doble turno, cosa que la dejaba cansada pero al menos la distraía. La joven de cabello n***o se deslizó por la cafetería tomando órdenes con una sonrisa educada, preparando cafés y sirviendo pedidos. Nada fuera de lo usual, excepto la misma sensación que comenzó a tener semanas atrás. Cada vez que miraba a su alrededor para intentar encontrar de dónde venía la sensación de estar siendo observada, nunca encontraba a nadie. Le parecía extraño pero pensó que podía tratarse del cansancio así que no le dió importancia. No tardó en entender que estaba muy equivocada. (***) Isabelle regresó a su departamento mientras los tonos púrpuras del atardecer cubrían el cielo. Cenó en silencio mientras conversaba por el móvil con Camille, quien le mandaba fotos y videos de Evander todo el tiempo. Estaba cansada pero aún así decidió tomar una ducha primero. Al salir envuelta en una bata se dedicó a secar su cabello, mientras lo peinaba creyó escuchar un ruido fuera pero no le dió importancia. Tras ponerse la ropa de dormir no tardó en caer desplomada sobre la cama. No pasaron muchos minutos cuando, estando a punto de caer dormida, sintió un ligero roce sobre su mejilla. Se levantó repentinamente al escuchar otro ruido fuera. Tomó coraje para decidir salir a revisar. Intentó convencerse a sí misma que solo se trataba de los ruidos que provocaba un departamento viejo, para no pensar en la aterradora posibilidad de que un ladrón hubiera irrumpido en su piso. Cuando llegó a la sala sus ojos se ampliaron y un jadeo imperceptible escapó de su boca al distinguir una silueta de espaldas a ella. Era un hombre de altura imponente, su cuerpo enfundado en un traje sofisticado, de cabello corto y n***o, pero no podía verle la cara. Isabelle no supo qué hacer y toda posibilidad de intentar huir se desvaneció cuando el hombre se percató de su presencia. Pero entonces, una fragancia masculina fundiéndose en el ambiente llegó hasta Isabelle. La joven inhaló profundamente y una oleada de recuerdos se desató en su mente al reconocerlo. «No, no puede ser cierto» intentó convencerse de que solo era su mente jugandole una mala pasada. El hombre tenía un cuadro entre sus manos, una fotografía de Isabelle y Evander, pero lo que alarmó a la joven fué lo que descansaba sobre el mueble. «¿Cómo lo encontró?» El silencio era tierra fértil para la tensión, fué tan solo un momento donde cientos de pensamientos cruzaron la mente de Isabelle, hasta que una voz masculina llenó el lugar. —¿Extrañaste a tu marido? Isabelle sintió su corazón golpear au pecho con tanta intensidad que hasta creyó que lograría escapar. «No puede ser cierto. Debo estar soñando» Pero la realidad la arrasó con la ferocidad de un huracán cuando el hombre dejó el cuadro sobre el mueble y se volvió hacia ella lentamente. —Hola, Isabelle —escuchar aquella voz pronunciar su nombre hizo que se sostuviera del mueble a su lado al sentir que sus piernas cederían. «Él está aquí» Alexander Fitzpatrick, el hombre al que alguna vez había amado más que a su propia vida, el mismo que le había ocultado un secreto enorme y peligroso, del que había huído pensando que no volvería a ver de nuevo… se encontraba en medio de su sala.
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