2. Renacida

1081 Words
2- Renacida Las palabras preocupadas de Dorian la sacaron de su trance, su mirada aclarándose, la confusión del momento dispersándose. —¡Gracias a Dios estás bien! —exclama Dorian, con voz quebrada— estaba tan preocupado cuando te desmayaste. Anastasia todavía podía sentir el dolor sordo en todo su cuerpo, la sangre pegajosa bajo su cuerpo. —Fue un accidente, Ana… yo… yo tropecé y te empujé sin querer por las escaleras… lo siento tanto —balbucea Savannah, con las manos temblorosas—. No te enojes conmigo, ¿sí? Anastasia se queda en silencio. Los observa. Demasiado tiempo. No parpadea, no responde. Sus ojos claros pasan de uno al otro, como si intentara descifrar una mentira en cada gesto. La hermosa mujer, aunque muy pálida se veía regia, como una reina ante sus súbditos y es por eso por lo que las personas ante ella la odiaban, nunca tuvo amigas, solo Anastasia Marfil se acercaba a ella. Su mente arde. Ese día. Lo recuerda perfectamente. Cayó por las escaleras. Se torció el tobillo. Días antes de su boda. Por esa caída no pudo ir a su última prueba de vestido… y luego el día de la boda vestido no le llegó cerrar bien. Todos incluida ella lo achacaron a su “subida de peso repentina”. Pero ahora lo sabe. Fue Savannah. Fue ella la que la empujó a propósito, todo para sabotear las medidas de su vestido. Y Dorian… Dorian estaba ahí, defendiéndola. El aire le quema los pulmones. ¿Renací? ¿Volví en el tiempo? ¿Fue un sueño? ¿Estaba condenada a repetir su vida en un infierno sin fin? Su cabeza es un torbellino y, aun así, guarda silencio. Savannah se pone inquieta. Sus ojos se mueven nerviosos al ver cómo Anastasia solo la observa, demasiado fija, demasiado callada. —¿Estás… bien? ¿Te enojaste porque tropecé y…? —pregunta en un hilo de voz, incapaz de sostener la mirada. Dorian acaricia la mano de Anastasia con ternura fingida, su tono grave y protector. —No la culpes, cariño. Savannah no lo hizo a propósito. Fue solo un accidente y tú no eres tan mezquina con tu mejor amiga ¿verdad? —el cuerpo de Dorian tapa a Savannah. Anastasia lo escucha dándose cuenta de lo estúpida e ingenua que fue en su vida pasada. Su corazón late desbocado, pero no dice nada. Por dentro, un odio frío comienza a encenderse como una chispa. Por fuera, solo hay silencio. Un silencio que los incomoda a ambos. “¿A ellos les gusta fingir? Pues bien, a mí también” pensó con ironía. Ella ahora sabe la verdad. Y esta vez, no piensa quedarse quieta. Anastasia respira hondo. Se calma. No puede revelar nada aún. Necesita evidencia. Con gran esfuerzo, se recuesta de nuevo en la almohada y las lágrimas acuden a sus ojos dándole un aspecto desvalido e inocente. —Me duele mucho el tobillo… me asusté tanto… —miente con voz débil, bajando la mirada para que no vieran el odio que se escondía en sus ojos—. Tú… ¿estás bien, Savannah? En su vida pasada, el dolor de su tobillo no era grave, fue Dorian que insistió en que descansará un día entero y ella tontamente creyó que era dulce y amoroso que se preocupaba por ella. El brillo de preocupación en sus ojos hace que tanto Dorian como Savannah suelten un suspiro de alivio. Una sonrisa aparece en sus labios al mismo tiempo, como si aquella pregunta inocente disipara la tensión. —Estoy bien, Anastasia —responde Savannah, inclinándose hacia ella con dulzura fingida—. Me alegra que tú también lo estés y que no me culpes. —¿Cómo podría? —sonrió dulcemente, pero había algo afilado en sus ojos, que los visitantes ignoraron por completo— jamás podría culparte por eso, sé que tropezaste. —Cariño… me asusté muchísimo cuando te vi desmayada —interviene Dorian nuevamente, acariciándole la mano a su prometida—. El doctor dice que no hay contusión, solo una torcedura de tobillo. —Eso es bueno, amor… —Anastasia dibuja una sonrisa suave, para luego fruncir los labios en un puchero, teatral, casi infantil—. Pero ahora no puedo ir a probarme el vestido de novia… ¿qué haré? Savannah da un paso adelante. Justo como la primera vez. Igual que en su vida pasada. —Pero, yo sé tus tallas, Anastasia. Yo puedo llevarlas. Si quieres, las anoto y las llevo al modista por ti —ofrece con esa voz cargada de suficiencia— además todo tiene que quedar perfecto, después de todo tu prácticamente diseñaste tu vestido. —¿Harías eso por mí? —pregunta Anastasia, y sus ojos se llenan de lágrimas nuevamente. Lágrimas que ambos interpretan como gratitud… pero que en realidad son puro dolor y odio contenidos. —Claro que sí. Eres mi mejor amiga desde la universidad —responde Savannah con orgullo, como si fuera su deber natural. Anastasia asiente despacio, dejando escapar un suspiro. —Bien… entonces puedo descansar tranquila… —hace una pausa, y clava la mirada en Dorian—. ¿Puedes acompañarla, amor? No quiero que Savannah vaya sola. Él sonríe, confiado, con esa suavidad ensayada de prometido ideal. —Lo que mi esposita quiera —dice, poniéndose de pie. Se inclina hacia ella con intención de besarle los labios, pero Anastasia gira apenas el rostro y recibe el beso en la mejilla. No estaban casados aun, pero él se atrevía a decirle “esposita” Patético. De reojo vio la reacción de Savannah y la observó apretar la mandíbula y el puño mirándola con odio. “¿Cómo no me di cuenta antes? Dios, que ridículo es todo esto” piensa con amargura. —Hay mucha gente… amor —susurra, como excusa para evitar su tacto. La mirada que le devuelve Anastasia es serena, demasiado serena. Tan fija que un escalofrío recorre la espalda de Dorian. Pero, como siempre, lo descarta de inmediato. Su Anastasia era tan buena e ingenua que nunca sospecharía nada ¿verdad? —Tontita —dijo dándole un golpecito con el dedo en la nariz. Cuando ellos se marcharon y la enfermera terminó de revisarla, el silencio llenó la habitación. La dulzura en su mirada, esa expresión casi infantil que solía desarmar a cualquiera, se desvaneció. En su lugar apareció un brillo gélido, duro como el acero. Luego comienza a planear su próxima venganza.
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