3.Planes

1008 Words
3- Planes —¿Quieren jugar? Bien… —susurró con frialdad—. Juguemos, y veamos qué ocurre cuando alguien se mete con una Marfil. Una sonrisa que, en vez de cariño, era helada y desdeñosa, curvó sus labios. Pulsó el botón de la camilla y la enfermera regresó casi de inmediato. —¿Siente dolor, señorita Marfil? Ella enderezó un poco la espalda. Era la hija menor y consentida de los Marfil, una de las familias más influyentes del país. Esa clínica tenía convenios directos con el Grupo Marfil; ahí la trataban como a una reina. —Quiero un chequeo completo —ordenó con calma helada—. En especial uno de sangre. Quiero que sean meticulosos con todo. —Por supuesto, señorita, enseguida —respondió la enfermera, sin mostrar extrañeza alguna. Tal vez pensaba que aquella petición tenía que ver con su próxima boda, a pocos días de celebrarse. Cuando volvió a quedarse sola, sus ojos se fijaron en el techo. Su mano temblorosa descendió hasta su vientre vacío. Su pequeño… Ni siquiera había tenido la oportunidad de nacer, de ver el mundo, y esos desgraciados se lo habían arrebatado. —Si me das otra oportunidad, puedes venir a este mundo… —murmuró con un hilo de voz, apretando los dedos contra sí misma— te cuidaré, te lo prometo. El recuerdo de su vida pasada se cuela como un veneno, las humillaciones, la traición, los meses de debilidad que no comprendía… y la cruel certeza de que todo fue planeado. Aprieta la mandíbula. “Esta vez no”, se dice en silencio. “No piensa seguir siendo víctima de estas personas nuevamente” La puerta se abre de golpe una hora después. Marcelo Hill, su asistente de confianza, entra apresurado, con el rostro desencajado por la preocupación. —¡Señorita Marfil! —exclama casi sin aliento—. ¿Está bien? Anastasia parpadea, como si volviera al presente. Suaviza la expresión y le ofrece una leve sonrisa. —Estoy bien, señor Hill, no se preocupe —responde con voz calmada, aunque sus manos tiemblan un poco— solo fue una caída sin importancia. Marcelo la observa con ojos inquisitivos, todavía sin convencerse. —Casi me da un infarto cuando la empleada en su casa me dijo que la había escuchado sollozar… Si algo le pasa, su familia jamás me lo perdonaría. —Estoy bien, no te preocupes —contesta ella, con voz acerada, y después se endereza—. Pero necesito que me haga un favor. Marcelo asiente de inmediato, con la seriedad de un soldado frente a su general. —Lo que usted me pida, se hará enseguida —asintió mucho, como un pollito picoteando maíz. Los labios de Anastasia se curvan en una media sonrisa, pero sus ojos plateados brillan con un fuego distinto, uno que Marcelo no había visto antes. —Quiero cámaras en todo el evento de mañana. Absolutamente en todo —declara despacio, con una firmeza que no admite discusión—. Hasta en el vestidor y en mi salón de maquillaje. Marcelo frunce el ceño, sorprendido. —¿Cámaras? ¿En… todos lados? —pregunta en voz baja, inseguro—. ¿Puedo preguntar… cuantas? ¿Para qué las necesita, señorita? Anastasia levanta la mirada y se queda observando el reflejo de sí misma en el espejo del tocador. En su mente se mezclan imágenes de su cuerpo debilitado, las risas crueles sobre su peso, las voces llamándola ingenua, los seis meses de envenenamiento con acónito… y la certeza de que mañana, cuando su destino intente repetirse, ella tendrá pruebas. —Porque quiero un recuerdo de todo —dice finalmente, con una calma helada que hace que Marcelo trague saliva— hasta en los vestidores. Hace una pausa y añade, bajando la voz como si confesara un secreto oscuro: —Necesito ver cada gesto, cada palabra, cada mirada. Nada debe escaparse de mi control esta vez. Marcelo la observa fijamente. No entiende del todo, pero siente que algo profundo y peligroso se mueve tras esa petición. Endereza la espalda, con decisión. —Se hará como usted lo ordena, señorita Marfil. Anastasia asiente, acariciando otra vez la tela de su vestido. —Gracias, Marcelo… “Esta vez, todo será distinto” pensó con determinación. Cuando Marcelo se fue Anastasia pidió el alta, ya se sentía mejor y ahora caminaba por la calle con la vista fija en su celular. Hacía apenas unos momentos le habían dado el alta, y aún se sentía algo extraña de volver a estar afuera, de caminar. Vestía de forma sencilla, unos leggins oscuros y una camiseta negra. Por suerte, Marcelo había tenido la precaución de llevarle algunas cosas antes de marcharse a hacer sus recados. A dos cuadras, dobló hacia un callejón sin pensarlo demasiado. Entonces, saliendo del callejón, al otro lado de la acera, una señora de cabello canoso, vestida muy elegante se desplomó de golpe, llevándose las manos al pecho. —¡Señora! —exclamó Anastasia, corriendo hacia ella sin dudar. Cuando llegó a su lado, otra mujer gritaba desesperada: —¡Ayuda! ¡Alguien, por favor! —exclamaba, era la asistente personal de la señora Corvinus, Penélope Simmons. La multitud comenzó a aglomerarse rápidamente, pero Anastasia se arrodilló junto a la señora y, con calma firme, empezó a practicarle RCP. —¡Llamen a una ambulancia! —ordena Anastasia, mientras le hacía compresión torácica sobre el pecho de la mujer. —¿Sabes lo que haces? —pregunta alguien con nerviosismo— no deberías tocarla —dijo el transeúnte. Anastasia no respondió; no podía distraerse en ese momento. —¿Doña Corvinus, está bien? —se acerca una mujer de edad similar, con el rostro desencajado por la preocupación. —¿Toma alguna medicación? —preguntó Anastasia sin dejar de maniobrar— esto parece ser un infarto. ¿ya llamaron a la ambulancia? —Solo para la presión —contestó la mujer. —¿Ya llamaron a la ambulancia? —repitió Anastasia con voz firme, manteniendo el ritmo de las compresiones.
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