4- Seguro la recompensa
Anastasia no dejaba de hacer compresiones en el pecho de la mujer inconsciente.
—Ya llamé —dijo la mujer que estaba a su lado, viéndose pálida y nerviosa—. Niña, muchas gracias… no sabría qué hacer si a la señora Corvinus le pasara algo.
—Aún no podemos estar tranquilos —respondió Anastasia con determinación, su voz firme a pesar del desorden que reinaba en el lugar— los paramédicos deben hacerse cargo, dile que abran espacio. Necesita aire —ordena Anastasia.
—¿Y si algo malo le pasa a esa señora? ¿Usted se hará responsable? —preguntó la misma mujer que momentos antes la había fastidiado, con un tono casi acusador.
—Es cierto, señorita —dijo otra persona.
—Sí sabe lo que hace ¿no lo ves? —cuestiona una muchacha joven.
Anastasia giró el rostro hacia ella, sus ojos helados reflejando una paciencia agotada.
—Señora, manténgase en silencio —contesta Anastasia fríamente. Nunca había sido tan brusca con alguien, pero esa mujer le ponía los nervios de punta— sino venga y le cedo mi puesto.
—Por favor, dejen que la chica haga su trabajo bien.
—Aléjense para que la señora tenga aire fresco —ordenó Anastasia con firmeza.
La gente obedeció, retrocediendo unos pasos para abrir espacio y dejar que el aire circulara. El murmullo inquieto disminuyó cuando la sirena de la ambulancia se escuchó a lo lejos y, pocos minutos después, el equipo médico llegó. Con rapidez y precisión, colocaron a la señora Corvinus en la camilla.
Mientras todos seguían con la mirada la ambulancia que se alejaba, la mujer que antes había fastidiado a Anastasia se acercó con expresión transformada; sus ojos brillaban como si fueran corazones.
—Gracias, muchacha… —dijo emocionada—. Dígame como se llama, estoy segura de que el señor Corvinus la recompensará generosamente.
—No se preocupe, no lo necesito —respondió Anastasia con serenidad, su tono calmado contrastando con el fervor de la otra mujer.
—Pero… al menos, dígame su nombre —insistió.
Anastasia se permitió una leve sonrisa tranquila antes de girarse para marcharse.
—Soy Anastasia Marfil.
Con un gesto elegante, dio media vuelta y se alejó, dejando tras de sí un aire de misterio y admiración entre los presentes.
Anastasia regresó a la clínica con paso firme, aunque por dentro sentía un ligero temblor en las manos. Tenía que recoger sus resultados y aclarar de una vez por todas esas molestias extrañas que llevaba años soportando.
Subió al consultorio del doctor Norton y lo encontró revisando unos papeles, con el ceño fruncido.
—Señorita Marfil —dijo al verla entrar, levantando la vista de inmediato—. Tome asiento, necesitamos hablar.
Anastasia se sentó frente a él, cruzando las piernas, sujetando el bolso como si fuera un escudo.
—¿Qué ocurre, doctor? —preguntó con calma, aunque la inquietud le mordía el pecho.
El doctor Frederic Norton la observó con gesto severo, como si midiera cada palabra antes de hablar. Ya Anastasia se imaginaba lo que estaba por decir, solo le daba miedo pensar en el acónito en su sistema.
—Tus análisis muestran un índice altísimo de hormonas en el organismo. Tu cuerpo está alterado, fuera de rango. Dime, ¿qué has estado consumiendo?
Ella bajó un poco la mirada bastante atónita, mordiéndose el labio, y respondió en un hilo de voz:
—Batidos… me dijeron que eran para adelgazar —hablé despacio, no podía creer lo tonta que había sido. Había confiado ciegamente en esa supuesta mejor amiga, en el amor de su vida. Cada vez que lo pensaba se sentía más tonta.
El doctor Norton entrecerró los ojos y dejó caer la carpeta sobre el escritorio con un golpe seco.
—¿Batidos? —repitió incrédulo—. Anastasia, ¿sabes lo peligroso que es ingerir productos sin control médico? Aquí no hablamos de vitaminas. Estas hormonas no se encuentran en simples suplementos. Alguien te está manipulando para perjudicarte, estuve a punto de llamar a la policía, pero preferí primero hablar contigo.
Anastasia apretó aún más el bolso, como si dentro estuvieran todas las respuestas.
—Me aseguraron que eran naturales… que me ayudarían a perder peso rápido, pero por más ejercicio que haga o dietas ninguna cosa funciona —cuenta ella con un suave murmullo.
—No, esto no es natural —la interrumpió él con firmeza, inclinándose hacia adelante—. Esto es un cóctel diseñado para alterar tu metabolismo, para forzar a tu cuerpo a descompensarse. Y si lo sigues tomando, las consecuencias serán graves.
Ella lo miró sorprendida, un escalofrío recorriéndole la espalda.
—¿Graves… cómo? —su voz temblaba, sintiéndose indefensa por ser tan ingenua y tonta en el pasado.
“Perdí cuatro años de relación con ese tonto imbécil” piensa con rabia y si suma su vida pasada serían aún más.
—Infertilidad, fallo orgánico, incluso la muerte si la dosis sigue aumentando —contestó con crudeza.
Anastasia tragó saliva. Sabía, muy en el fondo, quiénes podían estar detrás, pero no se atrevía a pronunciar sus nombres todavía.
“Al menos aun no tenía el acónito en mi sistema” piensa con alivio.
El doctor apoyó las manos en el escritorio, la voz firme, pero con un dejo de preocupación genuina:
—Necesito que confíes en mí. Dime exactamente quién te dio esos batidos y desde cuándo los tomas.
Ella levantó los ojos, decidida a hablar, aunque le doliera:
—Hace años empecé a tomarlos, pero ahora son más frecuentes… fueron personas en las que confíe ciegamente, pero no se preocupe me encargaré de eso —dijo con firmeza a pesar de las lágrimas en sus pestañas.
Anastasia cierra la boca de repente, como si temiera que cualquier palabra adicional la delatara más de lo que ya estaba.
—Esto es grave, señorita Marfil. Deberíamos reportarlo a la policía —el médico se veía preocupado.
—Eso no importa ahora —dijo con una firmeza quebradiza, sosteniendo la mirada de su médico—. Lo que importa es si esto tiene solución, doctor Norton.
Él se inclinó hacia adelante, con el ceño fruncido de preocupación.
—La tiene —afirmó con convicción—. Estamos a tiempo de revertir lo que te han hecho. Necesitamos limpiar tu organismo, empezar un proceso de desintoxicación con bebidas nutricionales, y luego seguiremos con el tratamiento que te voy a indicar.
Sacó su pluma y en silencio escribió una receta, la firmó con un gesto enérgico y se la entregó. Anastasia la tomó con dedos tensos, como si aquel papel fuera la cuerda que podría sostenerla en medio del abismo. Agradeció con un leve movimiento de cabeza y salió de la clínica.
La brisa fría de la calle la golpeó en el rostro y, durante un segundo, respiró con alivio. Caminó hasta su coche con pasos lentos, mirando el récipe como quien carga un secreto. Condujo sin prisa hasta la casa que, en otro tiempo, había soñado como el lugar de su nueva vida después de la boda.
Cuando llegó, lo primero que vio fueron dos carros estacionados en la entrada. Se detuvo un instante al volante, el motor aún encendido, y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Negó con la cabeza, como si estuviera burlándose de sí misma.
—Qué ingenua fuiste, Anastasia… —murmuró con un suspiro que sonó más a reproche que a lamento.
Apagó el motor y se quedó mirando aquella casa que ya no sentía suya. Su corazón se encogió con una punzada sorda: había amado a ese hombre con la fuerza ciega de quien cree en lo eterno, había confiado en su amiga como si fuera sangre de su sangre… y así le habían pagado, con traiciones calculadas y veneno disfrazado de cariño.
El dolor se arremolinaba en su pecho, pero bajo esa herida palpitaba también una nueva certeza: no volvería a entregar su vida en manos ajenas.