5.Un golpe de suerte

1782 Words
5- Un golpe de suerte Anastasia abrió la puerta con sumo cuidado, el corazón golpeándole contra las costillas, como si presintiera lo que iba a encontrar. Apenas un resquicio le bastó para escuchar los gemidos ahogados y los jadeos que se derramaban desde la recámara. Anastasia se adentra más y más, con un sigilo lento y seguro, los sonidos asquerosos seguían llegando. No se contenían porque creían que estaban solos. —Dorian, compórtate un poco… déjame descansar un poco —se escuchó la voz femenina, seguida de una risita cargada de malicia— mañana es tu boda y estas insaciable. —Vamos, dame más… es mi regalo de preboda —contestó él, entrecortado por el deseo. Los sonidos húmedos y obscenos llenaban la estancia. Anastasia se quedó petrificada, el aire se les escapaba a bocanadas cortas mientras sus manos temblaban sobre el marco de la puerta. —Anastasia se enfadaría mucho si te escucha decir esas cosas —rió Savannah, con un dejo de burla en su tono. —¿Ella? —Dorian soltó una carcajada ronca—. Esa tonta y gorda me cree todo lo que le digo. Si nos descubre, seguramente pediría perdón… ¡a nosotros! —¿Tienes el sedante listo para mañana? —pregunta ella. —¡Por supuesto! —asegura él— ahora, silencio y baja mi amiguito quiere atención de esa boquita tuya —su voz suena sugestiva. El veneno de esas palabras atravesó a Anastasia como cuchillas. La furia se mezcló con la humillación y el dolor en un cóctel insoportable que la mantenía inmóvil, muda, con los ojos ardiendo de lágrimas que no se atrevía a derramar. Permaneció así unos segundos eternos, hasta que, con un esfuerzo sobrehumano, retrocedió sin hacer ruido. Ya en el pasillo, hizo golpear a propósito las llaves contra la pared. El sonido metálico retumbó, arrastrando un silencio momentáneo en el interior del cuarto. —¿Oíste eso? —preguntó Savannah, alterada su corazón acelerado y ya no era por pasión. Dorian se incorporó, asustado—. Tranquila, seguramente es la brisa… dejé la ventana de la sala abierta. Unos pasos rápidos, una mirada por el pasillo. Nada. No había nadie. Aliviados, ambos regresaron a sus juegos prohibidos. Mientras tanto, Anastasia ya se encontraba dentro del taxi, con las manos aferradas al bolso y el cuerpo temblando de rabia. El conductor la miró por el espejo retrovisor, notando sus labios mordidos y sus ojos empañados. —¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó con cautela. Ella bajó la mirada, incapaz de responder. Su corazón se sentía hecho pedazos, como si con cada latido se desgarrara aún más. Tragó saliva y apretó los dientes hasta hacerse daño, porque si abría la boca, sabía que lo único que saldría serían sollozos desgarrados. No fue un sueño, en verdad pasó todo eso en su vida pasada, en verdad él la empujo por un risco, y si sus cálculos no fallaban también tuvieron que ver con la caída de sus dos hermanos mayores y la posible muerte de sus padres después de que la mataran… ella escuchó todos sus asquerosos planes mientras se desangraba en un mundo de dolor. En verdad renació y tiene una oportunidad más para enmendar los errores de su vida pasada. Las lágrimas resbalaban silenciosas por sus mejillas mientras el dolor le atravesaba el pecho como una daga ardiente. Se cubrió el rostro con las manos, tratando de contener los sollozos que le quebraban la respiración. Había perdido tanto, había dejado tanto atrás por culpa de Dorian… y por un momento, la idea de no poder con el peso de esa nueva vida la sofocó. Pero entonces, como una tormenta que se aquieta de golpe, el llanto se disipó poco a poco. Su respiración se estabilizó, sus manos bajaron despacio, y en su rostro se instaló una expresión fría, calculadora, como un velo de hielo que ocultaba el dolor aún latente. Era hora de dejar de sufrir. Era hora de volver a ser quien realmente era. Encendió su laptop y la abrió con una delicadeza casi ceremoniosa. Sus dedos, firmes y elegantes, comenzaron a deslizarse sobre el teclado, danzando con una precisión que solo la experiencia y la obsesión podían otorgar. La pantalla iluminó su rostro, y a medida que se adentraba en la profundidad de la Dark web, una sonrisa lenta y peligrosa se extendió en sus labios. Cuánto había extrañado esa vida… Y ahora nada ni nadie la detendría. Tres horas más tarde, con los ojos enrojecidos y secos por el cansancio, se recostó contra el respaldo de la silla. Sabía lo que debía hacer. Sin perder tiempo, tomó el teléfono y marcó el número su asistente sin prestar atención a la hora. —¿Señorita Marfil? —respondió Marcelo, con voz sorprendida y algo adormilada—. ¿Necesita algo a esta hora? ¿Se siente bien? Marcelo estaba adormilado, peor la llamada lo puso alerta. —Estoy bien, Marcelo… gracias —contestó Anastasia, con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su voz, Marcelo siempre había sido considerado con ella—. Pero te llamo e interrumpo tu sueño porque necesito que organices una exposición de arte para mis cuadros y esculturas más importantes. Hubo un silencio breve, incrédulo, al otro lado. —¿Me está hablando en serio, señorita Marfil? Entendía la sorpresa de Marcelo, llevaba cuatro años alejada de los focos, pero llevaba desde los dieciséis años creando magnificas obras, podía hacer cualquier cosa que tuviera que ver con el arte y lo amaba. —Muy en serio, señor Hill —dijo con una risita satisfecha— además… es hora de que mis fans vean el rostro de la creadora de las obras. —¿Y… para cuándo la organizo? ¿Después de su luna de miel? —Marcelo casi se cae de cama de la emoción. Su jefa era la más talentosa mujer que conocía, él la admiraba mucho, muchas veces —No. Para dentro de… unos días —dijo con calma, aunque la dureza en su tono no admitía objeciones. —Pero… Marcelo no podía creer lo que oía, en dos días era su boda ¿Cómo iba hacer una exposición de arte para ese día? pero estaba demasiado emocionado como para analizar nada, además su jefa siempre sabe lo que hace. —Hazlo, Marcelo. —Esta vez la orden salió más cortante de lo que había planeado, y colgó antes de escuchar su respuesta. Del otro lado de la línea, Marcelo miró el teléfono con un escalofrío recorriéndole la espalda. —La señorita Marfil da miedo cuando se lo propone… —murmuró para sí, observando la llamada finalizada. “Es hora de que la artista tenga un rostro” piensa Anastasia antes de dormirse. Marcelo se puso manos a la obra de inmediato, pletórico. No había artista más completa que la señorita Marfil, de eso estaba convencido. Su talento era desbordante, pero siempre había permanecido en el anonimato. Nadie conocía su rostro, solo sus obras. Desde que se graduó había mantenido un perfil bajo, y ahora la idea de una exposición donde su nombre brillara lo llenaba de entusiasmo. Mientras tanto, Anastasia preparó un sándwich sencillo con algo de ensalada, se dio una ducha larga que le despejó el alma, y se fue a dormir. Al amanecer, apagó la alarma y salió a correr por las calles cercanas al complejo, quería bajar de peso y sentirse mejor con ella misma. El aire fresco le golpeaba las mejillas, y con cada zancada sentía que la rabia se transformaba en energía. Fue entonces cuando, al pasar frente a un gimnasio de boxeo, se detuvo. Vio el nombre y una sonrisa floreció en su rostro, el sonido metálico de las cuerdas, los golpes secos en los sacos, la respiración agitada de los hombres dentro... Todo le atrajo. Trotó en el mismo sitio mientras observaba hacia dentro y recordó las muchas cosas que había vivido en su vida pasada. Esta vez quería ser distinta. Esta vez no se dejaría doblegar. Decidida, entró. —Buenos días. Quiero aprender a entrenar —dijo con firmeza al chico de la recepción. El muchacho, apenas un adolescente con el cabello rebelde cayéndole sobre los ojos, ni siquiera levantó la vista. —No somos escuela, preciosa —ni siquiera la miró. Anastasia arqueó una ceja, pero su voz no titubeó. —Puedo pagar... mucho dinero, si hace falta. Pero me gustaría aprender. Aquellas palabras lo congelaron por un momento. Trago saliva, nervioso, y al fin levantó la mirada. Y entonces la vio. La belleza de la joven lo descolocó: sus mejillas aún sonrojadas por el trote, sus labios mullidos y rojos, los ojos verdes enormes bajo la coleta alta que sujetaba su cabellera negra como la obsidiana, y esa piel lechosa que parecía brillar con el sudor. No era un rostro común: era magnético. —Debo hablar con el jefe, preciosa. No te vayas. —Se levantó de golpe, casi tropezando con su propia silla. Anastasia le regaló una sonrisa ligera y asintió. Caminó con calma por el lugar, observando. Algunos hombres saltaban la cuerda, otros practicaban en el ring, uno más castigaba la perita de boxeo. Todo era sudor, disciplina y fuerza. Iba a regresar hacia la entrada cuando, distraída, chocó de lleno contra alguien. El impacto la hizo rebotar, llevándose instintivamente la mano a la nariz. —¡Auch! —murmuró entre dientes, con los ojos llenándose de lágrimas por el golpe— ¿de qué estás hecho? —se queja. Unas manos firmes la sostuvieron con suavidad. —Lo siento, bomboncito —dijo una voz grave y varonil que le puso los pelos de punta— no te vi. Anastasia, que estaba lista para soltarle una buena por el apodo, alzó la mirada… y se quedó sin palabras. El hombre frente a ella era un espectáculo. Alto, ancho de hombros, musculoso en la medida exacta, con la piel bronceada y unas facciones que parecían esculpidas. Sus ojos oscuros la miraban con un brillo divertido, y la sonrisa canalla en sus labios era el colmo de la provocación. Anastasia parpadeó un par de veces, boquiabierta. —Santas bananas sagradas… —susurró apenas, olvidando incluso que no debía decir nada de noche. El hombre arqueó una ceja, divertido. —¿Qué? Ella reaccionó, poniéndose colorada hasta las orejas. —N-nada… No te preocupes. —Trató de sonar normal, pero su cerebro todavía estaba procesando al espécimen que tenía delante. —¿Te perdiste, bomboncito? — Él soltó una carcajada baja y la mantuvo de pie, inclinándose un poco hacia ella. su corazón parecía que hacía redoble de tambores y solo pudo sonreír un poco un tanto avergonzada.
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