6. No estoy perdida

1285 Words
6. No estoy perdida Anastasia respiró hondo, aún un poco turbada por la cercanía de aquel hombre tan guapo que podría fácilmente ser estrella de cine, es mucho más guapo que cualquier artista que ha conocido y ha conocido muchos. Se obligó a contestar con serenidad. —No estoy perdida… —sus ojos verdes se clavaron en los de él—. Quiero aprender boxeo. Pero me dijeron que aquí no enseñan. ¿Es así? —¿Quieres aprender? —Él arqueó una ceja y ladeó la cabeza, estudiándola. —Sí… —asintió, un poco tarde, con un hilo de voz. Ese hombre le nublaba la mente—. Sí, me gustaría. Quiero… aprender a defenderme. La sonrisa traviesa del hombre desapareció al instante. Sus facciones se endurecieron, y sus ojos, antes juguetones, se tornaron serios. —¿Sufres acoso? —la pregunta salió casi en un gruñido indignado. Anastasia bajó la mirada, insegura. —Se puede decir que sí —respondió vagamente, sin dar más detalles. El silencio entre ambos duró apenas un segundo ante de que él hablara con firmeza. —Puedo enseñarte —Elijah ni siquiera sabía porque se ofrecía, pero algo en los ojos de la mujer lo llevó a eso. Ella lo miró, sorprendida. —¿Tú? ¿Eres entrenador de este lugar? Él sonrió de medio lado, repitiendo su mismo tono evasivo. —Puede decirse que sí —una sonrisa pequeña bailando en su rostro la deja cautivada. Aquella coincidencia arrancó de Anastasia una risita espontánea. La risa iluminó su rostro de tal manera que varios de los presentes dejaron de entrenar para mirarla, hipnotizados. —¿Puedo entrenar… así? —preguntó ella, bajando la voz, insegura. —¿Así cómo, bomboncito? —frunció el ceño, sin entender, mirándola de arriba abajo, una camiseta anche y unos leggins deportivos. —Con mi… peso. —Su rubor se acentuó, coloreándole aún más las mejillas. Él ni siquiera dudó. —Tu peso está perfecto. Mientras entrenes, lo único que harás será definir. —Su voz sonó tan natural, tan despreocupada, que Anastasia lo miró como si la hubiera liberado de una carga. Con un gesto delicado, ella extendió la mano. —Soy Anastasia —sonrió con un brillo inusual en sus ojos. —Elijah. —Él estrecha su mano con firmeza, una sonrisa suave en el rostro. El gesto no pasó desapercibido. Al fondo, varios clientes cuchicheaban de que el frío hombre siempre callado hoy sonreía y ayudaba a alguien. —¿Desde cuándo Elijah sonríe? —preguntó uno, incrédulo. —Cállate, ¿quieres que nos dé una paliza como la otra vez? —replicó su compañero. —Obvio le gusta la preciosura que acaba de llegar, pero sigamos a lo nuestro. Mientras tanto, Anastasia y Elijah caminaban juntos hacia el área de estiramiento. Él le indicaba con paciencia cómo empezar, y ella lo escuchaba con atención, aún tímida. En ese momento, la puerta de la oficina se abrió con brusquedad. Agustín Rocafuerte, dueño del gimnasio, apareció con Emilio a su lado. Ambos observaron la escena. —Ella es la chica —señaló Emilio, directo, con los ojos fijos en Anastasia. Agustín apretó la mandíbula. Su mirada se posó primero en la joven, luminosa en medio de aquel ambiente rudo, y luego en Elijah, quien parecía demasiado cómodo a su lado. —Ese cabrón… —masculló con los dientes apretados—. ¿Desde cuándo cree que manda en mi gimnasio? Agustín se quedó de pie unos segundos más, apoyado en el marco de la puerta, sin decir palabra. Sus ojos, oscuros y analíticos, recorrían la figura de la chica que reía nerviosa, ajena al escrutinio. Sus leggins ajustados marcaban con descaro sus muslos firmes y gruesos, la curva amplia de sus caderas y esa cintura que, aunque no era diminuta, armonizaba perfectamente con el resto de su cuerpo. Los pequeños rollitos que asomaban en su costado no la afeaban; al contrario, parecían resaltar esa belleza terrenal que la hacía distinta a las demás. Finalmente, avanzó unos cuantos pasos y su voz grave interrumpió el ambiente: —¿Se puede saber qué significa esto? —preguntó, mirando primero a la chica y luego a Elijah con una ceja alzada. Elijah reaccionó rápido, poniéndose más derecho y apartando a la joven con un movimiento protector. —Agustín, tranquilo, ven conmigo. Hablemos... —dijo con una calma que contrastaba con la tensión de la situación. Lo tomó del brazo y lo sacó de allí, cerrando la puerta detrás de ellos. Ya en la oficina, Agustín lo encaró con dureza. —¿Qué pretendes? Tú no puedes tomar decisiones sobre quién se queda y quién no. Las mujeres no pueden estar en mi gimnasio. Elijah no se inmutó. Se dejó caer en el sillón frente al escritorio, cruzó una pierna sobre la otra y habló con esa seguridad fría que solía desarmar a cualquiera: —Te doy mil dólares a la semana. Agustín entrecerró los ojos, sorprendido por lo directo de la oferta. —¿Mil dólares… por qué? —Por ella —respondió Elijah sin rodeos— quiero ayudarla, es todo. Agustín dejó escapar una risa seca, incrédula. —No eres el dueño, Elijah. No puedes comprar a nadie aquí. Elijah inclinó un poco la cabeza, sonriendo con calma. —No estoy comprando. Estoy pagando por el derecho de enseñarle. —¿Por qué harías esto por esa chica en particular? —preguntó Agustín, cruzando los brazos, intentando descubrir la trampa. Elijah lo pensó apenas un segundo, luego se encogió de hombros con honestidad. —No lo sé. Solo siento que ella necesita aprender… y yo puedo enseñarle. Agustín lo observó en silencio, evaluando cada palabra. Finalmente negó con la cabeza. —Vienes máximo tres veces al mes, ¿lo entiendes? No pienso permitir que alguien altere la dinámica por un capricho —trató de hacerlo entrar en razón— No estás pensando con claridad, solo es un culo. Elijah sostuvo su mirada, imperturbable. —No hables así y no te preocupes por eso. Despejaré mi agenda. Me aseguraré de que aprenda lo básico. Un silencio pesado se instaló entre los dos, hasta que Agustín apartó la vista con un gesto resignado. —Más te vale que cumplas, es una chica —acusó Agustín, tratando de razonar—. Si algo le pasa dentro del club Rocafuerte… ¿qué harás? Elijah lo miró fijo, reclinándose en su silla, y dejó escapar una sonrisa peligrosa. —Los chicos serían incapaces de hacerle daño a alguien… —hizo una pausa, su mirada se volvió aún más oscura—. O les romperé todos los huesos antes de lanzar sus cuerpos al mar. La forma en que lo dijo heló la sangre de Agustín. No había ni un atisbo de broma en su tono, y por primera vez, sintió un temor profundo clavarse en su corazón. Alguien tendría que estar muy loco para meterse con Elijah Corvinus. —Bien… bien, como quieras —murmuró, intentando disimular su nerviosismo. Se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, volteó con seriedad. —Dile a Emilio que te dé el paquete de bienvenida para la chica… —sus ojos lo recorrieron de arriba abajo y torció los labios con ironía—. Y no tengo camisas talla S. El portazo resonó con fuerza. Valentina, que había esperado a un lado, se acercó cautelosa a su entrenador. —¿Tu jefe se molestó? —preguntó en voz baja, con un deje de culpa—. No quiero causarte problemas… mejor me voy. Estaba resuelta a no complicarle la vida a nadie, en especial a un hombre pobre tan guapo como él. ¿Querrá ser modelo? ¿Debería preguntarle?
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