7. Bomboncito

1299 Words
7- Bomboncito Elijah enseguida la tomó de la muñeca, con una sonrisa que parecía iluminarle el rostro dejando sin palabras a Anastasia. “¡Dios mío, pero que hombre! ¿Por qué se ve tan guapo?” —Bomboncito, ¿a dónde vas? Apenas vamos a empezar —dijo alegremente. Nadie podría imaginar que aquel era el mismo hombre que había entrado en la oficina de Agustín con tanta dureza y frialdad. —¿En serio?! —exclamó Anastasia, incapaz de contener su emoción—. ¡Qué alegría! —brincó en el lugar, radiante, y aquel gesto hizo que sus pechos rebotaran, desviando inevitablemente la atención de varios hombres cercanos incluyendo a Elijah. Los murmullos no se hicieron esperar, pero una mirada gélida, cortante como una cuchilla, los devolvió enseguida a sus asuntos. Ninguno de ellos deseaba arriesgar su cabeza. Ajena a todo, Anastasia se entrega por completo a escuchar cada palabra de su nuevo entrenador, con una concentración que desarmaba a cualquiera. Al regresar a casa, toma una ducha caliente que relaja sus músculos y, ya en su habitación, revisó su celular. Solo había un mensaje de Dorian: decía que debía quedarse horas extras para luego poder disfrutar de su luna de miel. Aún no había hablado con su familia desde que renació, pero aún no era tiempo. Mientras tanto, se dedicaba a recaudar evidencia que iba a necesitar; ya sabía que pensaba su familia de Dorian y su relación con él. Al inicio, ellos no habían aprobado aquella relación, pero terminó logrando que cedieran a sus caprichos… igual que en su vida pasada. Y el precio que pagó fue demasiado alto. Esta vez, en cambio, no pensaba cometer los mismos errores. Al día siguiente, Anastasia regresa al gimnasio a primera hora, era el día de su boda, pero no quería perderse de esto. Había estado esperando con ansias ese momento, porque el paquete con los guantes que había pedido en línea finalmente había llegado ayer en la tarde. Los llevaba en la mano, apretados contra su pecho, con la emoción reflejada en su rostro. Apenas cruza la esquina, lo vio: Elijah, caminando hacia ella con dos cafés en las manos. —Buenos días ¿Te gusta el café? —pregunta él con suavidad, esa voz ronca y profunda que parecía salir directamente de un amanecer. Anastasia siente un cosquilleo en la nuca, tan repentino que tuvo que morderse el labio para disimularlo. “Esa voz debería ser pecado” piensa, y por poco deja escapar una risa nerviosa. —Bomboncito, ¿qué piensas? —añade Elijah, con una sonrisa pícara al notar su distracción. —Yo... Me gusta... el café —responde, apresurada, señalando los vasos en sus manos—. Quiero decir... eso. Elijah suelta una risa baja, divertida, como si disfrutara verla perder el control por un segundo. —Me alegra que te guste. Este era para ti —dijo, entregándole el vaso con naturalidad. —Gracias —murmuró, y bebió un trago que le supo más dulce de lo normal. —¿Qué tienes allí? —Elijah señaló el paquete que ella sostenía. —Mis guantes de boxeo, llegaron ayer en la tarde —respondió con una sonrisa tan amplia que iluminó su rostro entero. Elijah se quedó un segundo en silencio, atrapado en esa expresión radiante, y tuvo que apartar la mirada antes de que ella lo notara. —Entremos y veamos si son buenos guantes —dijo, inclinando la cabeza hacia el interior del gimnasio. Y, sin pensarlo más, cruzaron juntos la puerta. El gimnasio olía igual que el día anterior a sudor y cuero. El sonido de los guantes golpeando los sacos resonaba en el aire, acompañado de respiraciones agitadas y voces que daban órdenes. Anastasia lo observó todo con ojos grandes, sintiéndose fuera de lugar, pero también muy emocionada. Elijah, en cambio, se movía como en su territorio. Saludó con un gesto a un par de conocidos y la condujo hasta una esquina menos concurrida. Sobre una banca había dos pares de guantes, unos rojos pequeños, otros negros grandes y vendas. —Siéntate —le indica él, con firmeza. Ella obedece enseguida, todavía con el pecho ardiendo por lo que había escuchado en la casa. Elijah toma sus manos y comienza a vendarle los nudillos con cuidado. Sus dedos rozaban la piel de ella con precisión, casi con ternura, aunque no dejaba de tener ese aire rudo. Anastasia traga saliva, notando lo cerca que estaba de él, su piel hormigueaba allá donde él tocaba. —Aprieta el puño. —Ella obedece sin reparo. Él ajusta la venda para que quede perfecta—. No muy fuerte, solo lo suficiente. El golpe sale de aquí —señala el brazo— y de aquí. —Le toca el hombro. Anastasia asiente, intenta concentrarse en sus instrucciones y no en lo mucho que la afectaba su cercanía. —Bien. Ahora los guantes, bomboncito —él parecía paciente y capaz y eso la hizo relajarse, por otro lado. Los que entrenaban y los mismos entrenadores estaban anonadados por la paciencia que Elijah demostraba con la chica, siempre era huraño y taciturno, nunca sonreía, pero desde que esa chica llegó el día anterior lo habían visto sonreír más veces de los que ellos podían contar en años anteriores. Se los coloca y los abrocha él mismo, inclinándose sobre ella. Anastasia se siente atrapada por su mirada oscura, tan intensa que por un segundo se le olvidó respirar. —Listo —dijo él, dando un pequeño golpe con el puño sobre el suyo. La condujo frente a un saco de boxeo. —Quiero que imagines lo que sientes ahora mismo. Todo lo que te está carcomiendo. No lo guardes, sácalo. El saco no va a romperse. —Se cruzó de brazos y esperó. Anastasia respiró hondo, levantó los puños y lanzó su primer golpe. Fue torpe, apenas rozó el saco. Elijah sonrió apenas. —Otra vez. Y esta vez, piensa en lo que viste. Ella apretó la mandíbula y volvió a golpear, esta vez con más fuerza. El sonido seco contra el saco la sorprendió. —Eso es. —Él se acercó por detrás, tomó suavemente su brazo y corrigió la postura de su hombro—. No bajes la muñeca o te lastimarás. Mantén la guardia alta. Anastasia asintió, concentrada, y lanzó una serie de golpes. Su respiración comenzó a acelerarse, y con cada impacto sentía cómo la rabia se transformaba en fuerza. —Bien… otra vez. —La voz de Elijah sonaba grave, cercana, como si la empujara a seguir. El último golpe fue tan fuerte que el saco se balanceó violentamente. Ella se quedó jadeando, con los ojos brillantes de furia y emoción contenida. Elijah la miró en silencio un momento, evaluando no solo su golpe, sino la pasión con la que lo había dado. —Tienes fuego dentro, bomboncito. —Su voz bajó un tono, casi un susurro—. Solo necesitas aprender a controlarlo y una postura correcta. Ella lo mira con el corazón acelerado, y por primera vez desde que renació en mucho tiempo sintió que alguien veía esa parte de ella que siempre intentaba ocultar. Elijah la ayudó a quitarse los guantes y las vendas, sus manos rozando suavemente la piel de Anastasia mientras le indicaba cómo sacar los dedos de los guantes sin lastimarse. Ella respiró hondo, aún con el corazón acelerado por la sesión, y miró el reloj. —¡Dios, debo irme! —exclamó, levantando la vista—. ¡Llegaré tarde! ¡Gracias, Eli! Eran las nueve de la mañana y la boda comenzaba a las dos, pero Anastasia no estaba dispuesta a faltar a su entrenamiento con su entrenador Elijah. Con un movimiento rápido, guardó los guantes en su bolsa y salió corriendo.
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