El último suspiro del reloj
Mis manos estaban atadas, mi cuello marcado por la cuerda que, poco a poco, comenzaba a ahogarme. El verdugo estaba a mi lado, su rostro una sombra de indiferencia. Podía escuchar las cuerdas del reloj de la torre resonando en mis oídos, cada campanada una sentencia más cerca del final. No era miedo lo que sentía, no del tipo que se espera antes de morir. Ya no. Había algo más, una sensación distante pero vívida que me empujaba, una fuerza que me hizo sonreír en medio de la desesperación.
"Es tan irónico", me dije, mirando las caras del pueblo que se reunían, ansiosos por ver mi ejecución. Ellos pensaban que era un hombre condenado por mis propios pecados. Nadie sabía la verdad. Nadie sabía que fui víctima de una mentira tejida por él. Por él, el traidor. El hombre que había lavado sus manos de culpa al señalarme a mí, el hombre que pensó que jamás tendría que enfrentar las consecuencias de su traición.
"Es su culpa", murmuré, con la voz quebrada por la tensión de la cuerda.
De pronto, sentí que mi mente se deslizaba como agua, arrastrando conmigo todo el peso de la realidad.