Una gentil mano tocaba mi mejilla, se sentía cálida como la de mi tía Leah, pero era diferente, más grande y áspera. En el tiempo que estuve inconsciente, soñé que flotaba en el aire y observaba a mis padres irse de casa. Mi madre lloraba desconsolada y mi padre la abrazaba a medida que se alejaban. Estando en el aire intentaba gritar, pero mi voz no los alcanzaba. Las lágrimas salían sin parar y no dejaba de gritar y rogar que no me abandonaran.
Desperté asustada con los ojos llenos de lágrimas y una fuerte debilidad en el cuerpo; no podía moverme. Observé mis alrededores sin tener fuerzas para levantar la cabeza. Giré el rostro hacia los lados y sequé mis lágrimas con la almohada. Era como si la gravedad me aplastara y dificultara mi respiración.
Estaba en una habitación llena de jarrones llenos de hermosas flores, techo alto, iluminada con luz natural la cual resaltaba los muebles antiguos, con unas delicadas cortinas blancas. No entendía nada, no sabía dónde estaba. Intenté recordar qué había sucedido, y pasó por mi cabeza el momento en el que sentí caer dentro del espejo. Quedé silenciosa.
"Es imposible, no tiene lógica. Seguro me desmayé por la emoción y estoy soñando" pensé al mismo tiempo que alguien abrió la puerta de la habitación.
— Está animada, eso es bueno, princesa ―expresó con una mirada indiferente, recostándose en la pared al lado de la puerta.
Apenas alcé la mirada para verlo, mi corazón sintió una fuerte presión. Mis ojos se pusieron llorosos repentinamente. Mi rostro se enrojeció y una lágrima salió sin aviso. Él se sorprendió por mi reacción y yo quise cubrirme logrando solo voltear la cabeza al otro lado.
— ¿Qué es esto…? —pensé en voz alta. Parecía haberme escuchado; me miraba fijamente, con una expresión de dolor, como si quisiera decirme algo.
Lucía un revoltoso cabello de color azabache, como el mío, con las cejas gruesas, nariz perfilada y unos penetrantes ojos violeta que parecían brillar con mayor intensidad, con la luz de la habitación. Me sorprendí por el extraño color de ojos. Era alto y de figura delgada y musculosa. Parecía un príncipe sacado de una historia de cuentos de hadas, y aunque fuera bastante masculino y alto, se podía notar en su cara que era más joven que yo. Era apenas un adolescente. Usaba una ropa formal estilo realeza y tenía una intensa mirada, como si me estuviera analizando.
"¿Me llamó princesa?" reaccioné.
— ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? —pregunté cautelosa, mirándolo a los ojos.
— Dígame cuál es su nombre, princesa —preguntó de forma intimidante pero respetuosa, ignorando mi pregunta.
— Responde lo que pregunté… —insistí en que me respondiera primero, sin desviar la mirada y haciendo un esfuerzo en hablar con la debilidad que sentía.
— … Aún está muy débil; primero recupérese y le responderé todas sus preguntas. Mi nombre es Allen Percif Forth de Lancast. Por favor, recuérdelo —respondió amablemente para que bajara la guardia, aunque todavía con el rostro inexpresivo.
— …Elizabeth Reizer —respondí—. ¿Tú me secuestraste?
Empezó a reír con un tono irritado, lo cual me puso más nerviosa, y luego de calmarse respondió.
— No… no la secuestré. Me siento un poco ofendido. Bueno, dado que soy el único que puede ayudarla en su situación, y no deja de hablarme de forma irrespetuosa, ‘te’ hablaré de la misma forma —respondió con una mirada molesta y una sonrisa que era cualquier cosa menos sincera.
— … ¿Irrespetuosa?... ¿Debería hablar con respeto con una persona que además de ser menor que yo, me tiene retenida en un lugar que ni siquiera sé dónde está? Hace un momento estaba en mi casa. Además, me sigue llamando princesa…
— Tú fuiste quien apareció frente a mí, caíste desde el espejo en mi habitación anoche.
— …¿Qué? ―pregunté confundida. “¿Entonces sí atravesé el espejo?” murmuré para mis adentros.
— Tienes que recuperarte primero. Hablaremos después —ordenó, abriendo la puerta de la habitación.
— … Mi nombre no es “Princesa”. Mi nombre es Elizabeth ―respondí antes de que se fuera.
Se detuvo, volteó a verme sin responder, dio la vuelta y se retiró de la habitación en silencio. Quería saber dónde estaba, por qué me sentía tan débil, y quién era ese tal Allen Forth.
El aire se sentía pesado en mis pulmones, pero a medida que pasaron los días me sentí mejor. Había una doncella en especial que habían asignado para quedarse conmigo. Se la pasaba tejiendo a mi lado mientras yo descansaba, y me atendía en lo que quisiera, a excepción de responder mis preguntas. Su nombre era Emily, y era una joven muy amable, de 18 años, de estatura media y contextura delgada. Tenía el cabello rubio, siempre recogido con una cola de caballo y ojos color miel; de mirada dulce y voz delicada.
Por las noches después de bañarme me ayudaba a cambiarme de ropa y se iba.
Todo era muy extraño. Criadas, atuendos antiguos, una habitación con decoración antigua, era como si hubiera viajado al pasado, o estuviera en alguna clase de película de los tiempos en que existían aristócratas. Debía recuperarme para descubrir qué estaba pasando afuera.
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Al tercer día, era de mañana y aún estaba dormida. Desperté al sentir la presencia de alguien, así que abrí los ojos y resultó ser el joven Allen Forth. Esta vez usaba una camisa blanca y un pantalón de vestir n***o. Le devolví la mirada sin decir nada. Estuvimos en silencio hasta que me senté. "Hace frío…" Pensé mientras me cubría con las sábanas, como si leyera mi mente. Aunque se veía más joven que yo Allen parecía ser más maduro para su edad.
— Veo que te has recuperado, princesa —dijo, rompiendo el silencio.
— Sí. Aunque no sé qué me hiciste para hacerme sentir tan débil. Además… te dije que no me llamaras princesa.
— No es algo que haya hecho yo personalmente… 'Elizabeth' ―por un momento me palpitó el corazón al escucharlo decir mi nombre―. Es sólo un proceso de adaptación.
— ¿Qué quieres decir con eso?
Me miró a los ojos, como si me estuviera analizando. Le devolví la mirada y me sonrojé. A él parecía gustarle mirarme.
"¡Por Dios, Liz! ¡Sólo te está analizando!" Pensé.
— Bueno, parece que estás ansiosa por saber. Está bien, te mostraré —murmuró.
Se levantó y me ofreció su mano para ayudarme a levantarme. Dudé por unos momentos y acepté. Sujetó mi mano con fuerza, dio una pausa un segundo y me llevó al balcón de la habitación. Las cortinas cubrían el exterior, las abrió, y tras ellas me mostró a lo que se refería.