El teléfono n***o seguía en la mano de Alexander. La pantalla encendida. "Es de mi padre." La frase no tenía sentido. ¿El padre? ¿El hombre del que Sebastian se había jactado? ¿El hombre que solo hablaba con el hijo pródigo? Isabella dio un paso. El olor a whisky era abrumador. Los trozos de vidrio del vaso brillaban sobre la alfombra oscura, como diamantes rotos. —¿Qué... qué dice? —susurró ella, el terror haciéndole la voz pastosa. Alexander no respondió. Estaba congelado. Sus ojos, los ojos de hielo que habían aterrorizado a juntas directivas enteras, estaban fijos en la pantalla, pero... vacíos. Estaba allí, pero no estaba. Estaba viendo un fantasma. —Alexander... Él pareció despertar. Sus ojos se movieron, enfocándola. Pero no la veía a ella. Veía la traición. Con una

