La orden quedó suspendida en el aire blanco y estéril de la cocina. "Haga la cena." Isabella lo miró. Él estaba allí, en su traje azul marino arrugado por el viaje, con las mangas de la camisa blanca (una camisa que probablemente costaba mil dólares) arremangadas, revelando antebrazos fuertes y veteados. Había un reloj oscuro en su muñeca que parecía valer más que su deuda entera. Y le estaba pidiendo que cocinara. Después de ser secuestrada. Después de ser encerrada. Después de que su hermano (¡su hermano!) la amenazara. La histeria burbujeó en su garganta. Quería reír. Quería gritarle que se fuera al infierno. Quería tirarle esa botella de agua mineral cara a la cabeza. —¿No me oyó, Rossi? —Su voz era tranquila. Demasiado tranquilo. —Oye, señor. —Su voz, en cambio, temblaba de fur

