El sonido del agua se detuvo. Isabella no se había movido. Estaba acostada en la cama gigantesca, rígida, con los ojos clavados en la puerta de su habitación. La puerta sin cerradura. El silencio que siguió fue absoluto, pesado. Casi peor que el sonido de la ducha. ¿Qué estaba haciendo él? ¿Se estaba viendo? ¿Estaba... caminando hacia su habitación? El pánico era un animal vivo en su garganta. No pasó nada. Se quedó así, escuchando, durante una hora. El agotamiento finalmente la venció. Se durmió. Pero no fue un descanso. Fue un sueño de pesadilla, lleno de puertas abiertas, susurros en alemán y el olor a maderas caras y colonia. Se despertó de golpe. Luz. El sol de la mañana de Chicago entraba a raudales por las ventanas de su habitación, iluminando el lugar como un espejo deslumb

