El Maybach se movía por Chicago con la suavidad de un fantasma. Isabella no reconoció la ruta. Alexander había dado una orden crítica al conductor a través de un intercomunicador, y ahora se deslizaban por calles que no eran las de su barrio, ni las del centro de Vance Industries. Se dirigieron hacia el río, hacia los nuevos edificios de lujo que parecían rasgar el cielo, esas agujas de vidrio y acero que costaban fortunas. Silencio. El silencio dentro del auto era peor que el rugido del jet. Isabella miraba por la ventana polarizada. Veía a la gente caminando por la calle, con sus cafés, apurados, libres. Y ella estaba aquí, prisionera. —Hawk dijo... que estaban vigilando mi departamento. La voz le salió seca, rota. Alexander no la miró. Sus ojos estaban fijos en la tablet que tenía

