La penumbra digital de las pantallas secundarias iluminaba con destellos azulados el interior del piso cuarenta y tres. A diferencia de las noches anteriores, en las que el silencio del corporativo se llenaba de la tensión propia del descubrimiento, esta vez la quietud estaba cargada con la precisión milimétrica de un plan de caza. Ashleynn Baker tecleaba con una velocidad hipnótica, cruzando líneas de código de seguridad y configurando un señuelo financiero tan sofisticado que pasaría desapercibido para cualquier analista común, pero que resultaría irresistible para un depredador corporativo desesperado por encontrar una debilidad. El cebo estaba listo: un archivo de auditoría simulado sobre las cuentas de Zurich que mostraba una supuesta vulnerabilidad en los activos circulantes del tri

