La calma que reinaba en el piso cuarenta y tres de Evans Enterprises no era el preludio del descanso, sino la pausa calculada antes de la siguiente gran conquista. Con el mercado nacional firmemente bajo su control y los restos de la familia Baker completamente erradicados del mapa financiero, el horizonte había dejado de tener fronteras locales. Era el momento de mirar hacia afuera. El verdadero poder no residía únicamente en dominar un territorio, sino en obligar a todo el sistema económico internacional a bailar al ritmo dictado desde su despacho principal. A media mañana, las pantallas táctiles del centro de mando mostraban los complejos mapas de flujo de capital, las proyecciones de adquisición y los informes de viabilidad sobre el sector tecnológico europeo. La nueva meta estaba fi

