El vestíbulo de Evans Enterprises era un templo de cristal, mármol blanco y silencios calculados. A diferencia del bullicio caótico de cualquier otra corporación del distrito financiero, aquí el personal se movía con la precisión milimétrica de un relojero suizo, custodiando secretos comerciales que valían millones y pisando alfombras tan mullidas que los pasos se disolvían antes de tocar el suelo.
Ashleynn Baker ajustó la correa de su maletín de cuero contra su hombro, sintiendo cómo la fina tela de su sastre de falda entubada y blusa ajustada estilizaba cada una de sus curvas con una precisión implacable. A sus veintidós años, su brillante reputación académica y sus calificaciones perfectas la habían llevado a múltiples escenarios competitivos, pero ninguno poseía la pesada atmósfera de esta torre. Los guardias de seguridad situados en los torniquetes de entrada apenas le dirigieron un segundo vistazo formal al escanear su credencial provisional de pasante, pero los hombres en los pasillos y los ejecutivos que esperaban el ascensor no tardaron en disimular sus miradas de reojo ante su despampanante figura y la altiva elegancia con la que caminaba.
«No estás aquí para lucirte, estás aquí por mandato de tu padre y para cumplir una misión», se recordó a sí misma, tragándose el nudo seco de ansiedad que amenazaba con cerrarle la garganta.
Recordaba con nitidez la cena de la noche anterior, el eco de las palabras de Vitra exigiendo su ingreso al imperio de los Evans y la forma en que Aria había alabado su físico como si se tratara de un billete de lotería. Ese peso familiar la acompañaba en cada paso, convirtiendo sus tacones en plomo a pesar de mantener la barbilla en alto.
El expreso privado de los pisos ejecutivos la dejó sin contratiempos en el nivel cuarenta y dos, el epicentro financiero y operativo del emporio. El ambiente allí arriba era aún más gélido que en la planta baja. Los amplios escritorios de caoba oscura albergaban a secretarias y asistentes que tecleaban a toda velocidad en pantallas duales, sin atreverse a levantar la vista ni a cruzar una sola palabra que no estuviera relacionada con los balances trimestrales.
—¿Tú eres la nueva pasante asignada al departamento de finanzas? —una voz cortante y juvenil la sobresaltó a mitad del pasillo.
Ashleynn giró el rostro de inmediato para encontrarse con un joven de cabello castaño claro, anteojos de montura fina y una expresión de abrumada urgencia, cargando una torre de carpetas de lomo azul que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. Era Eder, uno de los analistas junior del equipo principal. Al verla de frente con los ojos bien abiertos, el muchacho parpadeó con evidente desconcierto, deteniendo su marcha un segundo completo.
—Sí, soy Ashleynn Baker —respondió ella con voz clara, manteniendo la compostura a pesar del escrutinio.
Eder soltó un suspiro, mitad resignado, mitad divertido, mientras reacomodaba el peso de los expedientes en sus brazos.
—Vaya. El director de recursos humanos debió perder la cabeza por completo al dejar pasar a alguien con tu perfil a este piso. Escúchame bien, Ashleynn, y apréndelo ahora que estás a tiempo: aquí dentro no importan tus calificaciones perfectas, de qué universidad vengas ni cuántos honores tengas colgados en la pared. Ibrahim Evans detesta las distracciones por encima de todo, y este piso es un campo minado absoluto. Si Mara Carter te ve cruzando el pasillo principal con esa actitud y esa presencia, te convertirá en su blanco antes de que siquiera alcancemos la hora del almuerzo.
—¿Mara Carter? —preguntó Ashleynn, frunciendo ligeramente el ceño mientras procesaba el nombre que ya le habían advertido en los resúmenes internos de la empresa.
—La ex amante del jefe, la reina de las sombras en este edificio y una mujer que destruye a cualquier pasante que considere una amenaza para su estatus —respondió Eder bajando la voz de golpe, mirando a los lados con nerviosismo—. Así que mantén la cabeza baja, haz tus números y no llames la atención más de lo estrictamente necesario.
Antes de que Ashleynn pudiera replicar o pedir más detalles sobre aquella advertencia, un silencio sepulcral, denso y absoluto barrió el pasillo entero en cuestión de segundos. El golpeteo incesante de las máquinas de escribir y los murmullos de los asistentes cesaron de golpe. Nadie se atrevió a toser; ni siquiera los teléfonos corporativos se atrevieron a sonar.
Las pesadas puertas dobles de caoba del despacho principal, ubicadas al fondo del pasillo gerencial, se abrieron con un chirrido tan imperceptible que pareció fundirse con el silencio del ambiente.
De allí salió un hombre alto, de anchos hombros, enfundado en un impecable traje italiano hecho a la medida que destilaba poder absoluto en cada fibra de la tela. Su cabello oscuro caía ligeramente sobre una frente despejada, y sus ojos, de un tono gris tormentoso y glacial, barrían el espacio con una indiferencia tan absoluta que parecía congelar el aire a su paso.
Ibrahim Evans.
Ashleynn sintió que el oxígeno se le escapaba de los pulmones de golpe. Sus miradas se cruzaron a través de los metros de distancia que los separaban en medio de aquel pasillo silencioso. No hubo un destello de cortesía ni una sonrisa educada en el rostro del magnate; solo una fijeza analítica, fría y profundamente penetrante, como si estuviera calculando exactamente el costo, las debilidades y el propósito oculto de cada persona en su edificio, deteniéndose de manera sutil en la silueta de ella antes de desviar la vista con soberbia indiferencia.
El juego de ajedrez de su padre había comenzado oficialmente, y ella acababa de poner la primera ficha en el tablero bajo la mirada del depredador más peligroso de la ciudad.