Capítulo 2: El Precio de las Miradas

1329 Words
El eco de los pasos de Ibrahim Evans se disolvió lentamente al final del pasillo, pero la tensión eléctrica que había dejado a su paso seguía suspendida en el aire, oprimiendo el pecho de todos los presentes. Las puertas dobles de caoba se cerraron con un chasquido sordo, y solo entonces el bullicio contenido del piso cuarenta y dos comenzó a reanudarse con un murmullo nervioso de teclados y hojas de papel que se sacudían. Eder soltó un suspiro largo, pasándose una mano por la frente mientras recogía las carpetas que sostenía. —Por todos los cielos, Ashleynn... —murmuró el muchacho en un tono apenas perceptible, acercándose a ella con expresión de genuina preocupación—. Llevo tres años trabajando en este maldito piso y te juro que jamás había visto al jefe detenerse a mirar a nadie de esa forma. Mucho menos a una pasante en su primer día. Acabas de ponerte una diana gigante en la espalda. Ashleynn tragó saliva con dificultad, obligando a sus músculos a relajarse. Mantuvo la barbilla en alto, negándose a mostrar el temblor que sentía en las manos. —Solo fue una coincidencia, Eder. Estaba saliendo de su oficina y nos cruzamos, eso es todo —respondió ella con una calma fingida que ni ella misma terminaba de creer. —Los hombres como Ibrahim Evans no creen en las coincidencias —replicó Eder con gravedad, dándole una palmadita rápida en el hombro antes de apresurarse hacia su propio cubículo—. Ten mucho cuidado con los pasos que das aquí dentro. Minutos después, Ashleynn fue conducida a su estación de trabajo: un escritorio pulcro y moderno, equipado con una terminal de doble pantalla y rumas de reportes financieros que abarcaban los últimos tres trimestres de subsidiarias internacionales. Lejos de intimidarse, su mente brillante —esa misma que había acumulado calificaciones perfectas durante toda su vida académica— encontró en los números un refugio conocido. Abrió el primer archivo digital y comenzó a procesar datos con una velocidad y precisión asombrosas, olvidándose por completo del mundo exterior. Para ella, las matemáticas y las finanzas respondían a leyes exactas; eran el único terreno donde sentía que tenía el control absoluto, muy lejos de las manipulaciones y los ambiciosos planes de su padre, Vitra, o de las exigencias superficiales de su madre, Aria. Sin embargo, esa burbuja de concentración no tardaría en romperse. Cerca del mediodía, un taconeo seco, rítmico y deliberadamente altanero resonó sobre el suelo de mármol del departamento. No era el paso apresurado de los pasantes ni la pisada neutra de los analistas; era el andar de alguien que pisaba con la absoluta certeza de ser dueña de cada metro cuadrado de ese edificio. Ashleynn levantó la vista de la pantalla. Frente a su escritorio se detuvo una mujer imponente. Era Mara Carter. Su atuendo consistía en un vestido sastre de alta costura en tonos oscuros que se ajustaba a su silueta con perfección quirúrgica, complementado con joyas discretas pero de un valor incalculable. Su cabello n***o, perfectamente lacio, caía sobre sus hombros como una cascada de seda, y sus ojos, fríos y cargados de una hostilidad apenas disimulada, barrieron a Ashleynn de arriba a abajo con una lentitud calculada, evaluando cada detalle de su despampanante figura y su rostro esculpido. —Así que tú eres la nueva adquisición de recursos humanos —comenzó Mara, con una voz melodiosa pero afilada como el hielo—. La famosa pasante que ha venido a "aprender" de los mejores. Ashleynn se puso de pie con elegancia, manteniendo una postura impecable y devolviéndole la mirada sin vacilar un solo segundo. —Buenos días. Soy Ashleynn Baker, pasante asignada al área de finanzas —respondió con voz firme, negándose a encogerse ante la evidente intimidación. Mara soltó una risa corta, despectiva y carente de cualquier atisbo de humor, cruzando los brazos bajo sus prominentes pechos mientras inclinaba ligeramente la cabeza. —Conozco muy bien a las de tu tipo, niña. Estudiantes brillantes de universidades de segunda que llegan aquí con ínfulas de grandeza, creyendo que una carita bonita y un par de buenas calificaciones les van a abrir las puertas del despacho principal. Déjame aclararte algo para que no sufras una decepción dolorosa: este piso tiene dueños, y las aspirantes a cenicienta no duran ni una semana antes de ser despedidas por incompetencia. El tono de Mara era una amenaza abierta, destilando los celos furiosos de una mujer que sentía que su antiguo territorio estaba siendo invadido. Sabía perfectamente que Ibrahim había cruzado miradas con la nueva pasante, y esa chispa inicial había encendido todas sus alarmas. Antes de que Ashleynn pudiera formular una respuesta que pusiera a la ex amante en su lugar, el supervisor del departamento se acercó a paso rápido, cargando un expediente con urgencia. —Señorita Carter, disculpe la interrupción, pero el comité directivo requiere el balance de riesgos que su división debía entregar esta mañana. Hay inconsistencias graves que el departamento de auditoría detectó en las últimas páginas —dijo el supervisor, visiblemente nervioso ante la presencia de Mara. Mara frunció el ceño, arrebatándole el documento de las manos con brusquedad. —Eso es imposible. Mis analistas revisaron cada línea de ese informe anoche —espetó Mara, hojeando las páginas con fastidio antes de toparse con una serie de cálculos erróneos en el apéndice financiero que ella misma había autorizado firmar a la ligera. Ashleynn, con su aguda capacidad analítica, había alcanzado a echar un vistazo al documento desde su lugar. Sin poder evitarlo, y guiada por su naturaleza perfeccionista, habló antes de pensarlo dos veces. —El error está en la fórmula de amortización cruzada de la página doce —intervino Ashleynn con voz clara y tranquila, señalando con la punta de un bolígrafo el documento en manos de Mara—. Si ajustas la tasa de depreciación al nuevo marco fiscal del trimestre pasado, el déficit desaparece de inmediato y los números cuadran a la perfección. El silencio se apoderó de todo el cubículo. El supervisor abrió los ojos con incredulidad, mientras que Mara giraba lentamente el rostro hacia Ashleynn, con los ojos destilando un odio puro y concentrado. Haber quedado en evidencia frente a los empleados y un simple supervisor de departamento, y peor aún, haber sido corregida por una pasante novata, era una afrenta que Mara jamás perdonaría. —Nadie te ha pedido tu opinión, pasante —siseó Mara, con los nudillos blancos de tanto apretar el expediente—. Limítate a hacer tu trabajo y a mantener la boca cerrada si no quieres que te manden de vuelta a tu casa antes de que termine el día. Con una mirada asesina que prometía represalias peores, Mara dio media vuelta sobre sus tacones de diseñador y se marchó a paso firme por el pasillo, dejando tras de sí un aura de furia contenida que hizo que varios empleados contuvieran el aliento. El supervisor tragó saliva, miró a Ashleynn con una mezcla de respeto y advertencia, y le dejó el expediente sobre el escritorio antes de alejarse murmurando excusas. Las horas transcurrieron con una tensión palpable en el ambiente. Eder intentó animarla a la hora del almuerzo, advirtiéndole una vez más que se había ganado una enemiga mortal en Mara Carter, pero Ashleynn se mantuvo firme. Sabía que el juego de sus padres exigía riesgos, pero lo que no esperaba era que el verdadero peligro comenzara a manifestarse tan pronto. Cuando el sol de la tarde comenzaba a teñir de tonos anaranjados los rascacielos de la ciudad y el reloj marcaba las seis en punto, el teléfono interno de su escritorio vibró con un sonido seco y corto. Ashleynn levantó el auricular. —¿Señorita Baker? —la voz grave, profunda y gélida del otro lado de la línea hizo que se le helara la sangre en las venas—. Suba al despacho del director ejecutivo en este preciso instante. El señor Evans la requiere.
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