1
"La monja y el stripper".
Aquella noche moriría. Estaba segura de ello. Aquel fue el pensamiento que se negó a abandonar la cabeza de Lorena, a medida que veía como hombres casi despojados de ropa pasaban unos centímetros de ella. La muchacha peinó su rizado cabello, mordiendo sus uñas, repitiendo un sinfín de plegarias en su cabeza. Plegarias en las que imploraba al cielo alguna misericordia por lo que hizo en aquel instante. —¿No quieres?
Ella elevó la vista cuando un mesero se aproximó, ofreciéndole una copa con un líquido amarillento que ella suponía que era licor. Negó rotundamente. Su imprudente mirada se deslizó por el desnudo abdomen del hombre, que le dedicó una perversa sonrisa: independientemente de lo reservada que lucía aquella muchacha, no le importaría el llevársela a la cama. No había que ser muy analítico para saber que tras aquella ropa holgada, un cuerpo lleno de sensuales curvas le esperaba.
El hombre dijo nada, pero su mirada se encargó de revelar los pensamientos que recorrían cada margen de su cabeza, despertando en ella un rubor, uno aún mayor que el que ya acampaba en sus flácidas mejillas. Una vez más, se reprochó a sí mismo. Aquel no era el lugar para alguien como ella. Jamás había visto a tantos hombres en toda su vida. Empezaba a sentirse sofocada por la lujuria que emanaba de aquel cúmulo de personas.
—Eres muy preciosa para estar aquí, sola y aburrida.
Las palabras enredadas en la garganta de la muchacha, la obligaron a no ceder alguna respuesta.
—Aburrida.
Él terminó retirándose. Ella exhaló aire con dificultad.
A la distancia demostró como una de sus amigas se besaba con un hombre semidesnudos que hace poco había descubierto que se llamabanstrippers _
Su madre no tenía alguna idea de que ella se encontraba allí. Tampoco su padre, pero de algo estaba segura y era de que una vez descubrieran que ella estaba en un club de strippers , la azotarían hasta arrancarle la piel de la espalda.
Su madre sería incapaz de entender que ella solo iba a celebrar la despedida de soltera de una de sus amistades, su padre, no le creería cuando ella le dijera que no había dejado que ninguno de esos hombres tocara su tan importante castidad. La sola idea de que ella había perdido su virginidad por uno de aquellos hombres, enloquecería a su padre, pues pronto, ella sería llevada al convento en donde pasaría el resto de sus días dedicándole su vida al creador.
"Me gustaría tener un esposo, hijos…", se grabó a sí mismo diciendo.
"Te casarás con el creador, tus hijos serán las buenas obras que hagas", le habían respondido sus progenitores.
"¿Pero y si quiero amar y ser amada por un hombre?"
"Pues entonces, buscaremos para ti a uno; el más perfecto, pero no crees ilusiones en tu corazón. Las muchachas castas como tú, fueron creadas para servir al creador, no a un hombre pecador que solo le hundirá en el camino de la penumbra . Vas a ser monja en unos meses, deberías estar haciendo tus plegarias, hija mía, no pensando en el pecado".
El recuerdo amargo le llenó los ojos de lágrimas, pero estaba al tanto de que aquel no era el sitio más indicado para llorar. Amaba a Dios, creía en su misericordia, pero no quería ser monja. Quería una vida normal, quería tener la vida que se suponía que alguien de veinticinco años debía de tener, pero aquellos, solo eran anhelos.
—Tengo que irme de este maldito lugar —murmuró; solía maldecir cuando sus padres no estaban presentes. Odiaba ser prisionera en su propio hogar. Había tenido que mentirle a sus padres diciéndoles que iría a tomar clases bíblicas con su amiga. Pero estaba al tanto de que la mentira se esfumaría, así como sus ilusiones de ser doctora.
Direccionó sus pasos hacia una de sus ebrias amistades, llamándola, pero esta le prestó una atención casi nula.
Tiró del hombro de otra de sus amigas, obteniendo el mismo resultado, percatándose de que todas se encontraron ebrias.
Un sudor frío recorrió la columna de la muchacha. Ella no sabia como llegar a casa sola. Le había dicho a su madre que llegaría ante de las nueve, pero no tenía idea de la hora. Un ácido presentimiento le decía que era mucho más tarde de lo prometido.
—Vilma —aclamó a su amiga, que le dedicó una lerda sonrisa—. ¡Vilma!
—Lore, preciosa. —La muchacha se recostó en los hombros de la futura monja—. ¿Por qué tan seria? ¿No te… estás divirtiendo?
—Debo irme. Mamá está esperando por mí. Le prometí llegar a las nueve.
Una carcajada se rompió en los labios de su amiga.
—Son las una vez, Lore.
El mundo de Lorena se transformó en trizas.
Las manos se le deslizaron por el cuerpo de modo lineal, hasta que la yema de sus dedos sintieron la tela de la larga falda que vestía.
Las una vez.
«Once», reiteró en su mente, sabiendo que le esperaba un fuerte castigo al llegar a casa. El temblor se apoderó de sus muñecas, fue apenas capaz de estabilizar el pie.
—¿Las… o-once? ¡No no no! ¡Dime que no es cierto!
El pánico quebró la mirada azul de la muchacha.
—Lore, Lore, cálmate, ¿sí? —Vilma aproximó sus labios a los de su amiga—. Todo saldrá bien.
Los ebrios labios de Vilma rozaron con los de Lorena, quien retrocedió, impactada, permitiéndose únicamente sentir un instante de los labios de su amiga.
El horror se presentó en aquella mirada azul. Lorena se alejó sin permitirse escuchar los balbuceos de su amiga, acostumbrada a besar mujeres. Su madre la mataría de saber que ella se reunía con personas así.
Una presión le estalló en el pecho. El miedo creció como una bestia capaz de tragarse su razón. Incluso pensó en hacer lo que jamás había hecho: beber, pero luego se arrepintió. No aumentaría el vigor de su ineludible castigo llegando con una peste a alcohol.
Limpiando el cúmulo de lágrimas que empezó a deslizarse por sus ojos, ella caminó de manera vertiginosa hacia la puerta del lugar.
Fue en aquel instante en el que su cuerpo se tambaleó con vehemencia.
Sus piernas débiles no contarán con la capacidad de sostenerse.
En un parpadeo, su cuerpo tocó el suelo. La parte de atrás de su cabeza se golpeó. Un jadeo y una maldición emergieron de sus labios grises, agrietados. Apretó sus puños, llevando su mirada de fuego hacia el autor de su caída.
Sus ojos se encontraron con un abdomen marcado, luego con una piel que, aunque se suponía estar bronceada, no dejaba de ser pálida; por último, conectó miradas con aquellos sensuales y furiosos ojos masculinos.
Frente a ella se encontró uno de los strippers de aquel club. A diferencia de los demás, que mostraron una sonrisa sensual, este se permitió demostrar un puro enojo en sus ojos.
—Lo lamento. —La gruesa voz del hombre martilló los oídos de ella, a pesar de la fuerte música del club. Él le tendió su musculosa mano, ayudándola a ponerse de pie. Lorena apenas fue capaz de hacerlo, quedó prendada a aquella sensual mirada de tigre—. ¿Te lastimé?
—No… no…
Detallándole una vez más, los ojos de ella se prendaron al pequeño cartel de papel que descansaba en el pectoral del hombre.
"Thiago".
¿Así se llamó aquel sujeto de ojos sensuales que parecía enojado con todo a su alrededor?
—Me alegro no haberte lastimado.
Aquello fue lo último que el ensimismado hombre le dijo, antes de irse y fundirse entre el cúmulo de strippers más.
Aun prendada a aquella mirada furiosa, ella giró, viéndolo desaparecer. Naturalmente, siempre se había sentido atraído a los hombres, pero jamás se había permitido aceptarlo. Se había obligado a sí mismo durante toda su vida a mantener la mente enfocada en lo que sus padres querían, pese a esto, era incapaz de negar la sensualidad que emanaba de aquel rostro masculino.
«Thiago», se repitió en su cabeza, sin tener idea de que aquel nombre cambiaría el rumbo de su vida para siempre.