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1670 Words
En el instante en el que la vio allí, después de haber creído que jamás en su vida cruzaría caminos con aquella muchacha, supo que no siempre tendría las de ganar. Thiago elevó su cabeza de manera lenta, arrepintiéndose de sus actos anteriores, no podía creer que había sido lo suficiente estúpido como para creer que tendría la dicha de jamás verla de nuevo. —Sí, me encuentro bien. Esperando que ella no le guardara algún rencor por lo ocurrido, él se atrevió a responder. La luz de la luna se convirtió en la enemiga del stripper, quien, cuando se dio cuenta de que ella aún no se había percatado de quien se trataba, intentó mantenerse escondido entre las sombras, pero fracasó. Una vez la herida Lorena se percató de que aquel era nada más y nada menos que el descarado hombre que le había robado un beso, no pudo evitar dedicarle una mirada de profundo desagrado. La perplejidad aún seguía en ella, las sensaciones, por igual. Lorena pasó saliva: podría insultarle por lo que había hecho, o simplemente alejarse de allí, como no contaba con la suficiente fuerza para hablar demasiado, eligió la segunda alternativa, situándose de pie de manera torpe. —¡Espera! —le chilló Thiago, arrepentido; en su momento, le había parecido muy cómica la idea de robarle un beso a alguien de aspecto religioso, pero en aquel instante no podía parecerle más ridícula y vergonzosa—. ¡Lo lamento! Ella le dedicó una seria mirada. En realidad, Lorena batallaba contra un desmayo que amenazaba con volverla ajena a la realidad. El hospital se encontraba demasiado lleno, así que ella había recurrido al solitario jardín, imaginando que nadie estaría allí, pero el cielo tenía para ella, a una persona inesperada. —Aléjese de mí, usted es un… pervertido… La voz tan débil de la muchacha, resultó ajena incluso para sí misma. —Lo lamento, de verdad que… —No… —Lorena se tambaleó, su mundo empezaba a cubrirse de gris; había perdido demasiada sangre—. No tiene que… usted es un… —Thiago caminó con lentitud hacia la futura monja, que sostenía una biblia en su mano izquierda—. Me duele… mucho… —Él no comprendió sus palabras, no hasta que recordó las heridas que ella parecía tener en su espalda—. Yo… no p-puedo… no… Thiago sujetó a la desconocida antes de que esta impactara contra el suelo. Los ojos débiles de Lorena colisionaron contra los suyos: el dolor, la sangre perdida, anudado a la debilidad, fueron sus mayores enemigos. Ella intentó con todas sus fuerzas aferrarse a la consciencia, pero habían sido demasiadas horas de pérdida de sangre si trato, su cuerpo no resistía mucho más. La muchacha buscó con desesperación un teléfono entre su falda, Thiago estaba convertido en un tempano de hielo que no sabía que ejecutar, jamás había tenido entre sus brazos a una persona que se encontraba al borde de un desmayo. —Llama a mi… mis… —balbuceó ella—. Mis p-padres… diles q-que… que… yo… Lorena, me llamo Lo… Lorena, ellos… diles… estoy en el… hospi… hospital… El sonido del teléfono de Lorena impactando contra el suelo, fue el indicador de que ella había perdido por completo su vigor. Thiago permaneció pasmado en su posición. Tenía a una muchacha desconocida entre sus brazos, ¿qué debía de hacer? Un hombre acostumbrado a descuidarse la mayoría del tiempo, no tenía idea de cual podría ser el camino para seguir. Así que, temblando, Thiago corrió hacia la sala de espera del hospital. Era lo suficiente reflexivo para saber que ella se había desmayado por la pérdida de sangre, o al menos eso quería creer. La medicina era el fuerte de su madre, no de él. El stripper corrió hacia una de las enfermeras, dedicándole una mirada casi de urgencia. —Señorita… ella… se… se desmayó, creo que ha perdido sangre y… —Tiene que esperar su turno, señor. Thiago le dedicó una mirada atiborrada de consternación. —¡Pero está desmayada! —Así como otros más. Espere su turno, señor. Fueron aquellas palabras que marcaron la ida de aquella rubia enfermera. —Maldita sea, no… —Thiago miró a la desconocida entre sus brazos, pasando saliva; una idea acampó por su mente, pero no estaba del todo seguro de llevarla a cabo, pues después de todo, él no conocía aquella preciosa muchacha—. Demonios, ¡maldita sea! El hombre caminó con rapidez hacia su motocicleta. Si había algo que Thiago odiaba de sí mismo, era su profunda incapacidad de no ser bueno, de no ser aquel salvador de todos. Lo había aprendido de su madre. Por su madre. Había tenido que protegerla y aquello lo había marcado. Esa era la razón por la que estaba montándose en su motocicleta mientras sujetaba por la cintura a la una muchacha de la que únicamente conocía el nombre. Lorena… Lorena… *** El padre de Lorena se levantó con suavidad de la cama. El reloj marcó las dos y treinta y dos de la madrugada. «Padre mío, guía a mi hija por el camino del bien», fue el primero pensamiento que tuvo al despertar. Le dedicó una mirada a su esposa, que dormía plácidamente. El hombre jamás se despertaba a aquellas horas, pero lo había hecho aquel día, en el que Lorena había tocado el lugar más impuro: un club de strippers. Intuía que una presencia negativa estaba entre ellos. Su hija la había traído consigo. Aquello lo llenó de furia. —¿A dónde vas? El hombre se frenó al escuchar la voz de su esposa. —Iré a ver si Lorena se encuentra bien. En realidad, iba a percatarse de que ella no hubiese escapado. Igor, el padre de Lorena, no podía permitirse una decepción más. Tenía cincuenta y dos años, una relación extramarital y dos hijas secretas a las que había casi obligado a seguir el camino de Lorena, pero sin algún resultado. Todos los fines de semana, iba a la casa de su otra esposa, quien esperaba un hijo que quería atribuírselo, pero él sabía que no era suyo. —No, déjala. Debe estar dormida. —Me iré a percatar de que en realidad lo esté. —Ella no escapará, cariño, créeme. Es muy cobarde para hacerlo. El hombre inclinó su cabeza, liberando un suave suspiro, su esposa tenía razón, aunque él seguía con sus dudas. Regresó hacia la cama, dejando un dulce beso en los labios de su mujer. —Estuve pensando en el futuro de Lorena —habló el hombre—. Lo que menos quiero es que nos avergüence una vez la llevemos al convento. Podría incluso intentar escapar. —¿A dónde quieres llegar? —No sería una mala idea buscar alternativas para ella. —¿Cuáles alternativas podríamos buscarle? —La mujer empezó a alterarse—. ¿Estás insinuando que la dejemos tener una vida común? Porque es un rotundo no. Lorena es la clase de muchacha que se metería en muchos problemas si la dejamos en mando de sí misma. Necesita que alguien la controle. —Por eso, ¿no te has detenido a pensar que podríamos casarla con alguien de la iglesia? —Lorena no querrá casarse con alguien de la iglesia, Igor. —Nadie dijo que ella tenía que consentir nada. No tiene derecho a hacerlo. Podemos buscar al mejor hombre para ella, solo en caso de que no podamos convertirla en monja. —La mujer le dedicó un suave asentimiento; en realidad, resultaba más placentera para ella la idea de que su hija se casara con un hombre recto, que la idea de que se convirtiera en monja, pero era incapaz de exteriorizarle aquel pensamiento a su esposo—. Pero lo de monja seguirá en pie. Mucho más que lo de conseguirle un esposo. Lorena es demasiado pecadora. Solo la mano de Dios podrá salvarla del fuego eterno. *** Larissa se levantó de la cama cuando escuchó a alguien tocar la puerta del departamento en el que se encontraba. La mujer caminó con suma cautela hacia la puerta. Buscó algo con lo cual defenderse, pero no lo consiguió. —Soy yo, mamá. Pudo respirar en paz, por un instante había creído que se trataba de su ex marido. La mujer abrió la puerta, mirando a su hijo y encontrándose con la sorpresa de que no había llegado solo. Larissa le miró con curiosidad y confusión al verle con una joven desmayada entre las manos. Ni siquiera supo por cual cuestión empezar. —Thiago… —No podía dejarla desmayada en el hospital, supongo. —Pero… ¿podrías explicarme qué…? —No la conozco. En realidad… el destino es un imbécil. —El hombre depositó a Lorena desmayada en la cama, deteniéndose a pensar en que quizás no había sido la mejor idea traerla allí; no podía imaginarse la reacción que la muchacha tendría al despertarse en un sitio desconocido—. Es la monja de la que te hablé. Su madre llevó las manos a sus labios, deteniéndose a reflexionar. Entre pensamientos, fue incapaz para ella contener una pequeña risa. —¿Puedo saber por qué está desmayada? —Ni siquiera yo lo sé. Tampoco sé qué diablos haré. No sé nada de ella, no puedo dejarla aquí, demonios. No sé. No sé. Thiago empezó a caminar de un margen al otro de manera incesante. —Thiago, cálmate. —Las palabras de su madre no causaron algún efecto en él—. ¡Thiago, basta! El hombre frenó en seco. —Mamá, traje a una desconocida aquí. Una que quizás despertará creyendo que intenté abusarla o no sé qué demonios. Debo regresarla a donde la encontré. —¿La dejarás allí desmayada o sabes en donde vive? —La mirada de Thiago fue suficiente respuesta—. No la dejarás desmayada en medio de la nada, Thiago. —¿Y qué pretendes? Mamá, no puedo dejarla aquí. —¿Quién dice que no, Thiago?
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