Samme Cassel
—Hermano, aléjate de ella, solo traerá desgracia para mi negocio —dice implacable Damm.
—Ella… ella es importante para mí.
«Es mi mujer», pienso, aunque no lo digo.
Decirlo me hará débil.
Pero lo es.
Maldita sea, ¡claro que lo es!
—Aléjate de ella y continúa con el maldito negocio, Samme. Eres bueno en lo que haces. Tú manejas las putas y yo me encargo del dinero y las armas. ¿Qué diablos cambió?
Esa es la pregunta que ha rondado en mi cabeza durante semanas.
—No intervengas en mi vida.
—Si no te deshaces de ella, lo haré yo, y estoy seguro de que no quieres verla sangrar.
Siento que la rabia dentro de mí está a punto de hacer ebullición. Cierro los puños y me acerco a él.
—Ponle un puto dedo encima y mi mano no temblará para acabar contigo.
Damm se acerca a mí y su olor a alcohol me pega en el rostro.
El muy desgraciado ha de estar pasado de cuanta mierda ha bebido esta noche.
Pero veo algo más, algo que no distingo de inmediato.
¿Qué oculta esta vez?
—Mira a tu alrededor, Samme. Eres el maldito encargado de un club. ¿Qué diablos buscas revolcándote con una sola mujer cuando puedes tener a todas?
En ese momento una de las camareras pasa; mi hermano se acerca a ella y la detiene.
—Tú… —Casi escupo el pronombre.
—Se-Señor, ¿qué necesita?
Ese es Damm, siempre llena de miedo y terror a todos a su alrededor.
Les provoca ese pavor a quienes están cerca.
Menos a mí.
Por mí puede irse a la Patagonia y follarse a un maldito cactus.
—Abre las piernas.
La mujer ahoga un grito, pero hace lo que él le dice.
Tiene puesto el vestido n***o de cuero, el cual es el uniforme del club.
Me mira con los ojos exorbitados y asustados.
—Déjala, Damm —le espeto a mi hermano, pero él me manda a callar.
—¡No! —El rugido retumba en todo el club.
Las personas nos contemplan.
Les dirijo una mirada acerada. Como suele suceder, cada quien vuelve a hacer lo que debe.
Hay clientes, pero todos repetitivos. Aquí nadie busca lo que no se le ha perdido. El que llega a nuestro club sabe lo que busca.
Damm entra una de sus manos en el vestido de la chica, que no debe pasar de veintidós años, y veo el momento exacto donde él toca su v****a.
Ella ahoga un grito.
No despego mis ojos de la escena.
Soy un maldito voyerista, un mirón.
—¿Ves, Samme? ¡Esto es tuyo! —me grita. Su brazo se pierde aún más dentro del vestido de la chica—. Ábrete, maldita puta. Ábrete, sé que quieres. Sé que me has mirado toda la maldita noche.
—Damm… —No puedo soportar más esto, no así.
Me acerco a él y coloco una mano en su hombro.
Sus ojos con heterocromía, uno color miel y el otro verde, me observan inyectados de furia.
Una furia que no deseo que sea descargada en una inocente.
Su maldito problema es conmigo y muy probablemente con él mismo.
Hay algo que no me cuenta.
Mi hermano es inestable, pero esta vez está más descolocado que nunca.
—Déjala, Damm. Habla conmigo.
—¡Deja a la maldita puta! ¡Deja de verla o la desaparezco!
—¡No te atrevas a ponerle un maldito dedo encima, Damm! —Ante la mención de Aria, algo en mí se explota y quema todo por dentro—. ¡Ni la menciones!
Lo empujo.
La chica cae junto a él.
Me doy media vuelta y me pego un trago del Glenfiddich de 40 años de envejecimiento.
La copa se escurre de mi mano y misteriosamente termina estrellándose en la pared frente a mí.
—Vas a traernos problemas. —Mi hermano llega hasta mí y se pega de la botella de whisky que hay sobre la mesa; traga el líquido ambarino como si de agua se tratase—. Es una maldita pérdida de tiempo. ¿Sabes lo que pueden hacernos gracias a ella? ¡Puede ser una maldita trampa! ¡Estamos en guerra, Samme!
—¡No, tú lo estás!
Lo empujo y me alejo de él, me siento en el sofá y saco el móvil.
—Mírame, Samme. —Se acerca otra vez a mí.
Guardo el móvil y me obligo a mirarlo.
Nadie me jode tanto como mi hermano mayor.
Me lleva tan solo cinco años, pero, mierda, esos años me han enseñado pasar factura a través del tiempo.
Viste una camisa negra y unos vaqueros apenas sostenidos por la correa que lleva.
Está desmejorado.
Tenemos dos clubes, uno recién inaugurado este mes y otro en chicago.
Este es solo una fachada.
Este es para la alta sociedad de Manhattan y el otro es donde van los verdaderos clientes.
—Ella va a ser tu perdición y, por consiguiente, la mía. Si tú no te deshaces de ella, lo haré yo. No me hagas repetirlo, Samme.
—¿Qué pasó con los DuFlu? —Lo analizo implacable. Inconsciente, mira hacia la izquierda. Le agarro el rostro con ambas manos—. Ni se te ocurra mentirme, Damm. ¿Qué pasó con el cargamento que ibas a entregar?
—Lo perdí.
Siento que el oxígeno se escapa de mis pulmones.
Los DuFlu…
Mierda.
La maldita mafia francesa.
Los más importantes ahora mismo en el mundo de las armas y las putas.
¿Y Damm pierde un cargamento?
—¿Cuándo pasó? —Lo suelto y lo miro como la misma escoria que es.
Damm tiene treinta y cinco años, pero las malas decisiones que ha tomado lo han hecho un maldito escombro.
—Ayer.
—¡¿Ayer?!
—¡No me grites, maldita sea! ¡Tú estabas en Chicago con esa maldita puta!
Cierro los puños al escucharlo hablar así de Aria.
No entiendo por qué diablos me enoja.
Hasta hace una semanas me hubiese dado igual que hablara de ella de esa manera, pero ahora algo cambió.
¿Qué cambió?
—Por eso te estoy diciendo que la dejes. Déjala, encontrarás a otras. Eres el maldito Samme Cassel, de modo que encontrarás un montón. ¡Puedes escoger de cualquier país! Toma el maldito avión y consíguete un harén.
—No te metas en mi vida, Damm.
—Desaparece a la mujer.
—Jódete.
Me levanto del sofá de piel y mi hermano hace lo mismo.
—Voy a partirla. Acabaré yo mismo con ella.
—¡Cállate, maldición! ¡Cierra la maldita boca!
En un impulso, saco la Beretta 92 de la parte baja de mi espalda y apunto directo a la cabeza de mi hermano.
—¡Dispara, maldito cabrón! ¡Dispárale a tu hermano! ¡Mátalo por un polvo!
—¡Ella no es un polvo! —Me sorprendo ante mis propias palabras y tenacidad.
Mi mano no tiembla al sostener la pistola cargada. Estoy acostumbrado a portar armas.
—¿Te atreverías a matar a tu propio hermano por un culo? ¿Te atreverías a disparar? ¡Claro que no! —se burla. Le quito el seguro a mi Beretta y levanto las cejas, indicándole que estoy dispuesto a hacerlo—. ¿No te das cuenta de las cosas? ¡¿No te das cuenta de que estás jodiendo mi negocio?!
Noto cómo su voz tiembla.
—¡Nuestro! —le corrijo.
Nuestro padre, Dustin Cassel, el dueño de todo lo que hoy manejamos, era el encargado. Nosotros nos quedamos para manejarlo cuando él ya no pudo hacerlo.
Cuatro balas en el pecho y dos en la cabeza.
Una nota muy específica: mantenerse en su maldito terreno.
Mi padre había cogido como su protegida a una de las mujeres de los Greik y estos encontraron la forma de meterse en nuestra casa y asesinarlo.
Han pasado cinco años desde la muerte de papá y aún me cuesta creer que me dejé envolver por mi hermano para seguir manejando sus negocios.
Negocios de los cuales yo no tenía conocimiento, no hasta que mi padre comenzó a frecuentar bares con nosotros para presentarnos a sus amigos. Luego comprendí que eran sus clientes.
Solo preparaba el terreno.
Los Greik son los dueños de la tercera parte de los clubes de Manhattan.
Los Cassel de la otra parte.
Una sola regla existe entre ambos bandos: no mezclarse con los negocios del otro.
Me guardo la pistola, no sin antes colocarle el seguro.
Las armas me han apasionado desde muy chico y he llegado a un nivel en que las limpio, acciono, coloco y retiro el seguro en automático.
—Si los DuFlu vienen por nosotros…
—¡Vendrán por ti! —hablo duro y hundo mi dedo índice en su pecho de forma amenazadora—. ¡Es tu cagada! ¡Tú límpiala!
Los DuFlu son la más alta gama en el mundo de las armas.
Lo que comenzó como acuerdos para transportar armas desde Francia hasta Estados Unidos de repente se convirtió en compra de mujeres para nuestro club. A cambio, Damm les encontraría venta a sus armas en los Estados Unidos.
En nuestros clubes ninguna mujer trabaja bajo obligación. Toda mujer que está aquí es mayor de edad. Están consciente de sus obligaciones laborales.
Intento que ninguna salga maltratada a la hora de complacer a los clientes. Hasta el momento, los que han osado poner un dedo sobre mis chicas no han vivido para contarlo.
Esas son las reglas de mi maldito negocio.
Y mis reglas siempre son respetadas.
—Te equivocas, Samme. En eso te equivocas. —Una sonrisa sádica y diabólica surca su rostro.
Estoy casi seguro de que algo de cocaína debió haberse metido por la nariz antes de llegar al club esta noche, lo cual no me sorprende. Se trata de Damm, el hombre que toma y fuma como un maldito poseído. Es la representación de un sádico pervertido y drogadicto.
No soy un santo, jamás me he considerado uno, pero donde mi hermano pisa, la maldita hierba no crece.
Pero es mi hermano.
Es lo único que tengo.
—Solo hay un pequeño problema en tu teoría sobre los DuFlu. —Da un paso atrás y sube las manos hasta su cabeza—. Les dije que tú lo perdiste.
—¡¿Qué?! —Lo agarro del cuello de la camisa—. ¿Qué diablos hiciste?
—Hice lo que tenía que hacer.
—¿Qué hiciste, Damm? —Lo sacudo con fuerza.
Suelta una carcajada.
¡Joder, está pasado de cocaína!
Quiero sacar la Beretta y vaciar el cargador en su patético cuerpo, pero entonces recuerdo la promesa que le hice a mi madre la noche en que descubrimos el cuerpo de mi padre en la baldosa ensangrentada; cuidaré al inestable de mi hermano aunque pierda mi vida en el intento.
—Te dije que te alejaras de ella. Te lo dije. No le hiciste caso a tu hermano mayor —canturrea.
Esto no puede ser.
El temor se instala en mi pecho.
Pego mi nariz a la de Damm.
Sé que hizo algo muy grave, ya que se siente realizado y feliz.
Y solo hay una forma de que Damm Cassel esté feliz.
O está drogado o le hizo daño a alguien.
—Se la entregué en bandeja de plata. Es solo cuestión de tiempo antes de que ellos se cobren lo del cargamento.
—¡Pero yo no lo perdí, tú lo hiciste!
—La putita se va cagar del miedo cuando se la claven en cada hoyo…
Mi vista se nubla.
Lo suelto.
Me siento mareado.
Doy unos pasos hacia atrás hasta que caigo en el sofá otra vez.
Me cubro el rostro con las manos.
«Aria, mi Aria».
—¿Por qué, Damm? ¿Por qué lo hiciste?
—Es de la única forma que lograrás centrarte en el negocio. ¡Esto es un maldito negocio, bro! ¡No es un cuento de hadas!
—Tú perdiste su cargamento.
—Y tu mujer pagará por mí. Considéralo un favor entre familia. No la mataré yo mismo. Te lo dije hace semanas, que dejaras de tontear con esa mujer. Ahora ya no será un problema. —Da media vuelta y sube una mano en señal de despedida—. Mis condolencias, hermano. ¡Ahora a trabajar!