Aria Douglas
Mi teléfono suena sin cesar. Me extraño, pues Samme nunca me ha llamado con tanta insistencia. Acordamos algo físico y sin involucrarnos emocionalmente, cosa que yo no he respetado
Mierda, me enamoré de él en tan poco tiempo.
Jamás creí que podría volver a confiar en alguien lo suficiente como para enamorarme, pero tal parece que el orden ha cambiado.
Me enamoré de un hombre que no me ha prometido nada.
No hay promesas de fidelidad, de matrimonio, de relación unilateral.
No hay nada entre nosotros, solo sexo.
Miro desde la sala de estar a los padres de mi mejor amiga, los cuales charlan con ella. Han discutido desde que llegamos de la ciudad. Intento no tomar un bando, pero sé que mi amiga está siendo un poco injusta con ellos.
Joder, ellos se desviven por ella.
La aman.
Sí, han ocultado que tiene un padre que desea conocerla y estar en su vida, pero han estado ahí con ella toda su maldita vida.
Ella ha tenido con ellos lo que yo jamás he tenido con mis padres.
Ser hija única nunca me dolió tanto hasta que conocí a la familia de Sophia y me di cuenta lo que puede ser el amor y la unión familiar.
Salgo al pórtico de la casa; desde aquí puedo ver las olas de la playa arrastrar el agua hasta la orilla. Me encanta estar aquí. Es uno de esos lugares donde puedo escaparme cuando me siento muy cargada. Tanto el padrastro de Sophia como su madre me han abierto las puertas a su familia y me consideran como una hija más. Lo que ellos no saben es que yo los considero a ellos mis padres mucho más que a los que me han concebido.
Marco el número de Samme y él toma la llamada de inmediato.
—¡¿Por qué diablos no respondes?! —inquiere en un tono bastante elevado.
—¿Y a ti qué diablos te pasa? —le cuestiono arisca.
Odio que me gobiernen, que intenten manejarme a su antojo. Soy una maldita mujer hecha y derecha. Nadie puede venir a decirme qué hacer ni mucho menos a pelearme sin yo estar enterada de nada, sin haberle dado una razón para estar enojado conmigo.
—¿Por qué no tomabas el teléfono? ¿Dónde estás?
—¿Y a ti qué te importa dónde estoy? ¡Te vi ayer! ¡Llegamos de Chicago juntos! Dame un poco de aire. —Aunque me muero por verlo.
—Aria, no estoy para juegos. Dime dónde demonios estás. Necesito verte ahora mismo.
—Te dije que iba a salir con mi amiga.
—Sí, lo dijiste. Ahora dame la maldita dirección para llegar allá.
—No voy a darte ninguna dirección. Estoy resolviendo algo con ella y su familia. No estoy para verte esta tarde. ¿Organizamos algo en la noche?
—¡Aria, maldita sea, necesito verte! —Su voz se endurece.
Lo noto grave e incluso inestable.
¿Qué le pasará? Él nunca es así, no conmigo. No suele hablarme mal y no suele tratarme como a una de las empleadas que tiene en el club.
Samme Cassel es el encargado del club de su hermano. Fue allí donde mi amiga conoció al que ahora es el amor de su vida. Me parece casi de película el romance que se han armado esos dos en tan pocos días.
Quizá las cosas podrían funcionar en algunas personas de forma maravillosa, aunque a mí no, aunque yo esté condenada a enamorarme de malditos fuckboys que solo quieren sexo. Es algo que no me ofende, ya que soy bastante liberal. Me gusta disfrutar mi vida a mi manera, sin tapujos ni vergüenzas, pero no siempre he sido así.
—Samme, ¿qué ocurre?
—Estás… Mierda… Yo… Llegaré ahí en menos de veinte minutos.
—¿Qué? ¡Ni siquiera sabes dónde estoy!
—Ya tengo la dirección. Espérame ahí.
—Vete a la mierda, Samme. Me dices ahora mismo qué diablos pasa o no estaré aquí para cuando llegues.
—Nena, por teléfono no puedo.
—Bien.
Cuelgo y pido un Uber. Espero paciente a que llegue. La ubicación en el mapa dice que está a menos de diez minutos.
Miro hacia la puerta de la casa de mi amiga.
No me he despedido.
«Mejor así».
Sé que me engaño. Estará furiosa cuando se percate de que me fui.
El celular vuelve a sonar en mi mano justo cuando me monto en el Uber.
—No me lo pongas difícil, Aria. Espérame ahí. Estoy a menos de… ¡Mierda! —Escucho un ruido.
Me asusto, pues él conduce.
—¿Samme? ¿Estás ahí? ¿Estás bien?
—Estoy bien, Aria. No te muevas, por favor. No confíes en nadie. No hables con nadie. Por favor, espera por mí, nena.
Observo al conductor; el hombre escribe algo en su celular y levanta un poco el rostro. Distingo las palabras que me hacen salir despavorida del carro.
«La tengo».
—¡Señora! —me grita al ver que me bajo del vehículo.
—No lo necesito, gracias. Mi… mi novio vendrá por mí. Ya acaba de escribirme. ¡Gracias, y ya mismo le pago!
¿Novio?
Catalogar a Samme Cassel como mi novio es casi un sacrilegio.
Ese hombre no sabe lo que es eso.
Es que ni siquiera puedo asegurar que él no ha estado con otras mujeres mientras está conmigo.
Yo no se lo pedí, por supuesto.
Y él tampoco lo mencionó.
Mi corazón late deprisa y mis manos tiemblan. Contemplo el celular en mi mano, lo desbloqueo con mi huella y marco el número de Samme, que está en la pantalla de primero, dado que fue el último en llamarme.
—Joven, venga, entre al vehículo. Si gusta, puede esperar aquí.
Me lleno de un valor que no siento y camino hacia él.
Sé que no debo.
Sé que debo alejarme, entrar a la casa y cerrar las puertas, pero entonces no podría responder mis dudas.
—¿Aria?
—Ya le dije, alguien vendrá por mí, así que no necesito que me lleve.
—La puedo acercar a donde esa persona si gusta.
—¡Aria! —La voz de Samme suena en la bocina del celular. Aún estoy muy lejos del hombre como para que él escuche el rugido detrás de la línea—. Aria, ¡no te subas al carro! ¡No te subas al maldito carro!
Llego al vehículo.
Pasaré por idiota maniática si ese señor no quiere hacerme daño.
Él sube el móvil y se lo pega a la oreja.
—No quiere subir. ¿La subo?