Abro los ojos de par en par. Mi instinto por fin toma el control de mi cuerpo y me detiene para luego dar unos pasos hacia atrás.
—Ella dice que él viene a buscarla. No, señor. Puedo llevársela sin problema. No, señor.
Con cada frase que él suelta mi corazón martillea más deprisa y descontrolado.
Es pánico real lo que siento.
El sonido de un carro al acercarse hace que el chófer sospechoso voltee el rostro y mire al recién llegado.
Samme sale del carro n***o y camina hacia mí.
Solo veo su rostro por encima del auto de ese sujeto.
Está furioso.
Sigue acercándose, pero entonces veo que se acerca al hombre.
—Dile a tu jefe que su guerra es conmigo. Si le pone un solo dedo a mi mujer, no vivirá para contarlo.
El conductor cambia el rostro tan rápido que parpadeo confundida al darme cuenta de que ya no hay ni asomo de calidez en su mirada. Viste una camisa blanca de manga larga y sostiene el móvil con fuerza.
—¡Díselo! —ruge Samme, después sube un brazo y apunta a la cabeza del hombre con una pistola—. ¡Dile que no joda con lo que me pertenece!
—Samme…
—¡Calla, Aria!
No puedo creer lo que mis ojos ven. Mi cerebro se niega a procesar la imagen que tiene en frente. Samme Cassel con una pistola negra apuntando al chófer intimidante. Samme gritándome.
¿Qué diablos sucede? ¿En qué está metido Samme?
—Dile, o te reviento los sesos ahora mismo. —No le da tiempo de hacer lo que le dice, pues le arrebata el celular de la mano y lo coloca en su oreja—. Escucha bien…
Oigo lo que le dice con su voz ronca e implacable.
Me abrazo para controlar el temblor que se ha apoderado de mi cuerpo delgado.
La brisa fresca del mar comienza a ponerme la piel de gallina.
¡¿A quién diablos engaño?! ¡Estoy que me desmayo del miedo!
—Aria, sube al carro. —Da un paso atrás y se aleja del chófer, pero sin bajar la pistola—. Sube.
Mi cuerpo responde ante su segunda orden y comienzo a caminar hacia su carro, abro la puerta y me coloco el cinturón en automático. Entretanto, miro por el cristal ahumado cómo le dice algo más al hombre y le entrega el móvil.
Agarro fuerte mi celular hasta que mis nudillos se ponen blancos.
¿Qué es todo esto? ¿Samme en qué anda metido?
Es obvio que no es una fiesta de pijamas. Es algo serio, delicado y, más que nada, de vida o muerte.
Samme abre la puerta y se sienta junto a mí. Sus manos tiemblan; aún sostiene el arma. Me alejo de inmediato. Él me observa y ve la pistola en su mano. La agarra como si ella fuera parte de su cuerpo. Temo que así sea. Me atemoriza que sepa usarla. Nadie lleva un arma si no está dispuesto a usarla.
—Guárdala en la guantera —le sugiero con una voz que no reconozco—. Guárdala, por favor.
Entre tantas cosas que quiero decirle, que deseo y debo preguntar, lo único que puedo pensar en este momento es en la pistola que él tiene sobre su muslo y que seguro está cargada.
Escucho cuando el carro del asesino sospechoso se marcha, pues las ruedas rechinan al largarse.
Pero yo aún escruto la pistola.
—¿Estás bien?
—¿Cómo llegaste tan pronto?
—¿Hubieses preferido que no lo hiciera?
—Guarda eso, por favor.
—¿Te asusta?
Subo los ojos hacia él; me mira preocupado.
—Como la mierda. Estoy a punto de cagarme del maldito miedo.
—Más te vale que lo dejes.
—¿El deseo de hacerme encima? —le suelto sin comprender.
Sostiene la pistola y la guarda con lentitud en la guantera del carro.
Enciende el motor y comienza a dar reversa.
En ese instante veo que Sophia sale al pórtico.
Le digo a Samme que detenga el vehículo.
—Debo despedirme.
—Saca la mano y dile adiós.
—¡No seas idiota, no voy a…!
—Saca la mano y dile adiós, o arranco ahora mismo sin que hagas siquiera eso.
Lo observo llena de ira y miedo, saco la mano del carro y me despido de Sophia a lo lejos.
Samme arranca cuando entro la mano y sube la ventanilla.
—¿Pensabas irte en un puto Uber aunque te pedí exactamente lo contrario, aunque te dije que me esperaras?
Me quedo en silencio.
Me sorprende su pregunta, pero tiene razón, es justo lo que hice.
—Tu maldita rebeldía no me sirve ahora, Aria. Necesito que me escuches.
Nos alejamos de la casa de la costa de mi amiga y sus padres.
Solo espero que ella me perdone por irme sin avisar.
—Tu secretismo tampoco me funciona, Samme.
—Créeme, no quieres saberlo.
—No se trata de yo querer o no, se trata de que has venido aquí, a un sitio donde yo no te he dado la dirección. No sé cómo diablos diste conmigo. Un hombre ha intentado secuestrarme… Porque eso fue, ¿no? ¿Eso era lo que él pretendía?
Tomamos la avenida con dirección al centro de la ciudad.
Guardo silencio otra vez.
Él está concentrado en conducir. No responde mis preguntas, lo cual me enerva. Quiero gritarle, sacudirlo, golpearlo, rasguñar su estúpida camisa de doscientos dólares y mirarlo a los ojos para que me diga qué diablos sucede, pero me contengo.
Sigo con el celular en las manos, así que le escribo un mensaje rápido a mi amiga para que sepa que estoy bien y comienzo a mirar por la ventana.
Si él no quiere responder a mis preguntas, muy bien, ¡que se vaya a la mierda!
Yo tampoco voy a hablarle más.
—Aria… —Siento su mano en mi muslo.
Le doy un manotazo fuerte que suena en todo el vehículo.
—¡Aléjate de mí! ¡No te atrevas a ponerme una sola mano encima! No hasta que tengas la delicadeza de decirme por qué has ido a la casa de mi amiga cuando te pedí que no lo hicieras. No me vas a poner un solo dedo encima hasta que confíes en mí y me digas en qué diablos estás metido y por qué me arrastras.
No lo observo, no lo haré porque sé que me voy a arrepentir. Soy débil con él.
Maldita sea, más que débil, estoy enamorada, y creo que por eso me subí al auto. Creo que precisamente por eso estoy aquí, porque le quiero.
Vuelve a poner la mano en mi muslo como todo un masoquista y tengo la intención de volver a pegarle.
—Ni se te ocurra —me detiene—. He salvado tu maldito trasero esta tarde. He conducido como un maldito loco para recogerte, para salvar tu vida…
—¡No te pedí que la salvaras! ¡No te pedí que vinieras! ¡Ni siquiera sé por qué estás aquí! —Esta vez sí lo miro. Detiene el carro en una orilla de la carretera—. No estoy metida en nada. Nadie quiere secuestrarme. Todo esto es culpa tuya. Es culpa de tu maldito bar.
—¿De mi bar?
—Sí, de tu bar. Estoy segura de que esto es parte de tus negocios con el club ese de Chicago. ¿Cres que no vi lo que pasa allí? ¿Crees que no noté algunas cosas?
—¿Te estás escuchando, Aria? ¿Escuchas lo que me dices? ¿Qué diablos crees que soy?
Intenta soltar una risa falsa, lo sé. Lo he visto reírse así con otras personas cuando está conmigo. Lo conozco, sé cómo se ríe cuando está en confianza.
Observo a las personas cuando ellos no creen que lo hago y Sam no es la excepción.
Está metido en un lío, uno bien feo, y me ha arrastrado con él.
—Escúchame. —Se quita el cinturón y se dobla para hablarme de frente—. Lo siento. Sí, lo lamento. Lamento haberte arrastrado. —Se pasa una mano por su cabello cortado superbajito pintado de un rubio casi blanco, aunque ya su color oscuro sube—. No quise involucrarte.
—¿Qué ocurre, Samme? ¿Qué es lo que sucede? ¿Ese hombre iba a secuestrarme realmente?
—Sí.
Que él no lo dudara para responderme hace que la respuesta sea aún peor.
No encuentro la voz para responder y solo un ruido entrecortado sale de mi garganta.
—A partir de ahora te quedarás conmigo en mi apartamento. Si vas a cualquier lugar, lo harás conmigo o con alguien que yo envíe para que te proteja.
—¿Qué? ¿Qué dices, Samme? ¡Háblame claro, maldita sea!
Mis manos tiemblan.
Tiro el celular por los aires y este cae sobre la alfombra del suelo.
—¡Háblame! —chillo.
—Vendrás conmigo. —Sostiene mi rostro entre sus manos y me escruta—. Eso es todo lo que necesitas saber.