El misterio sin resolver

1738 Words
El apartamento en el cual me había sentido cómoda ahora me parece un cementerio, un lugar que me infunde temor y pánico, que me hace sentir prisionera en un castillo de cristal en Manhattan. Le doy un sorbo a la copa de vino que tengo en la mano. El líquido rojo oscuro baja por mi garganta. Lo que debería ser un tranquilizante para mí arde, calienta mi ser y me provoca querer estrellar la copa contra la pared y luego golpear a Samme por arrastrarme en sus desmadres. Él está sentado en la mesa del comedor con el celular en la mano. No ha dejado de hablar por teléfono desde que llegamos. No sé qué ocurre aún, solo sé que estoy recluida en una maldita torre en el centro de Manhattan sin poder llamar a mi amiga ni a mi padres, aunque estos últimos no generan preocupación en mí. Ellos no merecen que me preocupe por mantenerlos al tanto de mi vida. Mi celular está en mi cartera justo al lado de varias mudas de ropa que he traído desde mi apartamento, pues he obligado a Samme a pasar por allí antes de llegar a su piso. Sacudo la cabeza e intento obviar el dolor de que se instala en mí. ¿En qué mierda me metí? Recuerdo cuando me prometí a mí misma no volver a involucrarme con ningún hombre, no darle la potestad a nadie de lastimarme como me había lastimado James con su infidelidad, pero la he cagado otra vez. He dejado que me follaran como nunca nadie lo hizo, que me cogieran de todas las maneras posibles en lugares públicos y privados. Disfruto el sexo. Me gusta ser poseída por un hombre que sepa tratar a una mujer. No soy una maldita rosa delicada que le gusta solo la posición del misionero. Me gusta que me pongan en cuatro, que me tiren del pelo, que me esposen a la cama. He experimentado toda clase de artilugios para darle placer a mi cuerpo y al del otro. No me avergüenza decir que he practicado el sexo en diferentes versiones. Y la que más problemas me ha traído es esta. Samme se acerca a mí y me quita la copa de las manos, le da un sorbo y me la devuelve. No lo escuché terminar su llamada. —¿Estás más tranquila ya? —Estaré tranquila cuando tú me digas qué diablos pasa y por qué tengo que quedarme aquí. Me has hecho traer ropa de mi piso y me has dicho que no hable con nadie. ¡Me está secuestrando! He ido de mal en peor. ¿Debí montarme en el Uber? Sé que es estúpida la pregunta, pero no puedo evitar hacerla. Mi ímpetu y personalidad franca y extrovertida me obliga a decir lo que pienso en todo momento. Al ver la expresión de Samme sé que no es el mejor instante para estallar. Me muerdo los labios y me termino de beber el vino, dejo la copa sobre la mesa con tope de cristal que tengo enfrente y subo los pies en ella. Mis uñas pintadas de un color n***o se ven delicadas, lo cual era el plan inicial, pues me las había hecho dos días atrás porque me iba de viaje con Samme a Chicago. Lo que pensé que iba a ser un viaje para disfrutar, conocernos y hacer el amor hasta el cansancio resultó ser un viaje de negocios para él inspeccionar que todo fuera en orden en su otro club. Supe desde el primer momento en qué me mezclaba al meterme con el hombre que maneja mucho dinero e influencias, que puede estar envuelto en situaciones peligrosas. Todos los dueños de clubes nocturnos en Estados Unidos corren el riesgo de ser asaltados, de verse involucrados en contiendas con borrachos o mujeres que se prostituyen dentro del bar, pero lo que jamás me imaginé es que Samme pudiera poner en riesgo mi propia vida. —Ya te lo dije, princesa. Es mejor que no lo sepas. —Es que no puedes tratarme como si yo fuera una niña. ¡Soy una maldita mujer! ¿O acaso no me has escuchado gritar cada vez que te metes dentro de mí?, ¿cada vez que me follas como si no hubiera un maldito mañana? ¡Me has cogido durante semanas! ¡Has hecho lo que te ha dado la puta gana y ahora no tienes la delicadeza de decirme por qué diablos mi vida debe dar un cambio por ti! —Baja el maldito tono de voz conmigo —susurra. Se acerca a mí hasta que mi espalda se hunde y casi funde con el sofá—. No me hables con ese maldito tono, Aria. No sabes la mierda que tengo encima y que estoy evitando que te caiga encima. —¡No! ¡Precisamente no lo sé porque no me lo dices! Se acerca más y comienza a besarme con fuerza. Mis labios arden y duelen. Mi cabeza me pesa y da vueltas. Le devuelvo el beso con la misma intensidad. Sé que está enojado, yo también. Me vale una mierda que se quiera hacer el machito, el que lleva el control. No lo es. —Quítate la ropa —murmura junto a mis labios. Pasa la lengua por mi labio inferior, comienza a chupar mi mandíbula y baja por mi cuello. O quizá sí tiene el control. Me desvisto con rapidez. Él se hace a un lado y se sienta en la mesa. Ralentizo mis movimientos al notar que masajea su pene erecto por encima del pantalón. Es tan erótico. Toma la botella y vierte un poco de vino en la copa, luego le da un trago largo sin quitarme los ojos de encima. Mi ropa interior cae en la alfombra. —Eres una mujer peligrosa, Aria. —Sus ojos me devoran mientras se frota el pene con las manos. Contiene su excitación. —Nunca te dije que no lo fuera. —No —admite. Me pasa la copa cuando se levanta de la mesa y comienza a tocar mis pechos con suavidad. Gimo y bajo mi mano con intención de tocarlo, pero él me detiene. —¿Qué? —No hagas nada ni un solo movimiento. —Me contempla con sus ojos azules electrizantes—. Siéntate. Acato la orden de inmediato. Me siento embrujada por sus ojos. Mi cuerpo desnudo se pega un poco al material del sofá. Él se inclina sobre mí y acerca una mano a mi boca e introduce dos de sus dedos. La abro y dejo que los entre. Los chupo con intensidad sin quitarle los ojos de encima, tal y como él hacía conmigo. Es hipnótico, erótico y s****l. Dejo la vista sobre él mientras chupo una y otra vez sus dedos. Es casi una obra de arte placentera. Saca los dedos de mis labios y se acerca con su boca. Lo recibo feliz y olvido todo lo que me había dejado enojada desde que recibí su llamada en casa de Sophia. Siento cómo coloca sus dedos en la puerta de mi v****a. Me remuevo incómoda. No creo estar tan lubricada aún, pero él no me deja retirarme. Estoy contra el espaldar del sofá y sus dedos. Me quedo quieta. Recibo sus besos y aguanto la respiración. Entretanto, él mete los dedos en mi interior. —Eso —chupa mis labios—, tómalos. Los mueve con lentitud y saca el jugo de las paredes internas de mi sexo. Su respiración, así como su olor a vino, me embriaga y seduce. Su lengua viaja por mi cuello; absorbe y deja mordidas. Su mano libre va a mis pechos y los masajea con fuerza y brío. Gimo su nombre mientras besa mi clavícula. —Toma vino y siénteme. Le hago caso a la orden y le doy un sorbo al vino tinto californiano seguido de otro más. Su boca baja a uno de mis pechos y sus dedos se mueven más rápido en mi interior. Casi puedo sentir los otros dedos en la puerta de mi sexo también prestos para entrar en mí. «¡Que lo haga!». Quiero gritarle, pero mi voz no sale. Estoy sin habla con cada lengüetazo en mis pechos. —El vino, Aria. Toma el jodido vino despacio —vuelve a gruñir. De rabia me bebo todo, aunque sé que va a pesarme cuando haga efecto. —Listo. —Dejo caer la copa a mi lado—. Ya no hay vino. —Muy rebelde como siempre. Saca los dedos de mi interior sin previo aviso y me observa con una sonrisa maliciosa. —¿Qué haces? —tartamudeo. —Mis dedos y yo nos vamos a la cama. Alguien se ha portado muy mal y no merece nuestra compañía. Me levanto como un resorte y me acerco decidida a decirle su par de maldiciones. Me sonríe y sus ojos azules brillan. —¿Te resulta gracioso dejarme así? —Te has tomado el vino a tu manera. Me has matado la diversión. —Levanta los hombros desganado. —¡¿Que te he matado la diversión?! Debes estar volviéndote loco. —Lo empujo; su espalda choca contra la pared justo al lado del mueble lleno de fotos de sus padres y él de pequeño. Agarro con fuerza los bordes de su camisa y la tiro con rabia; los botones saltan y la tela se rasga—. ¡A ver qué tanta diversión le encuentras a esto! Mi mano va a su entrepierna y aprieta su pene. Lo encuentro duro y macizo, como una piedra dispuesta a romper cualquier cosa que encuentre a su paso, y eso es lo que quiero. —¿Te parece divertido esto, Samme? ¿Quieres más diversión? —Lo agarro con más fuerza. Mis manos son pequeñas, pero tienen el agarre suficiente para hacer que él contenga la respiración. —Aria, suéltame. —Suelta un bufido entrecortado—. Aria… —Cierra los ojos. —¿Te gusta esto? —Paso las manos por sus testículos y pego mis senos desnudos en su pecho—. ¿Esto es divertido para ti? Agarra mi mandíbula y levanta mi rostro. Escudriño sus ojos azules, los cuales brillan de una manera diferente, casi animal y salvajemente sexi. Debo estar dañada para que en vez de causarme miedo me cause un pálpito recurrente en mi vientre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD