—Eres traviesa, y me encanta.
—¿Vas a darme lo que quiero?
—¿Qué es lo que quieres, Aria? ¿Qué es lo que deseas? —Pasa la mano por debajo de la curva de mis pechos—. ¿Qué es lo que quieres que te haga?
Me toma de la cintura y me gira con un solo movimiento, se coloca detrás de mí y me rodea con sus brazos, entierra su rostro en mi cuello y coloca su torso semidesnudo por la camisa abierta sobre mi espalda.
Sentirlo así, dominándome, es exquisito.
Pego las manos en la pared y muevo el culo de forma sensual.
—¿Qué es lo que quieres? Dilo en voz alta y es posible que lo considere.
—Tú lo sabes. —Muevo otra vez el trasero contra sus rígido m*****o encantada de poder estar por fin bajo su merced.
No sé si es cuestión del alcohol en mi cabeza, el vino haciendo efecto, la velocidad con la cual me lo tomé, el alcohol de los días anteriores, la presión de saber que estuve a punto de ser secuestrada o el hecho de estar en medio de una guerra que no es mía.
—Bien. Claro que lo sé, pequeña. —Muerde mi hombro derecho y se aleja de mí.
Escucho un segundo después el sonido inconfundible de un preservativo al salir del empaque y siento mi corazón latir acelerado ante la desesperada anticipación.
—No me gusta que desobedezcas, Aria. —Agarra mi cadera derecha y me coloca donde a él gusta; deja mi espalda casi recta y mi culo en pompas—. Mírame. —Giro el rostro y miro cómo se baja el condón con lentitud. Al mismo tiempo, se acerca a mi sexo—. Tienes que obedecerme siempre. Si sales del piso, si te vas a trasladar…
Comienza a trazar círculos en la entrada de mi v****a, la cual está lubricada y resbaladiza. Está dispuesta a recibir su polla como una maldita golosa.
Esto no puede ser peor.
Quiero llorar, gritar, reírme y decirle que puede irse a la mierda, pero que antes me folle duro.
—Samme…
—¿Me estás escuchando?
—Samme…
—Di que me escuchas y que lo harás.
«Maldita sea».
Muevo el culo hacia atrás y busco clavarme su pene para por fin matar las ganas tan diabólicas que tengo de que me folle.
—Aria…
La punta entra con suavidad y se queda allí.
Cuando intento moverme hacia atrás, me detiene, sujeta mi cadera e impide que me hunda en su pene.
—¡Maldita sea, Samme!
—¡Dilo! ¡Di que vas a escucharme! ¡Promete que vas a obedecerme!
—No puedo hacerte una maldita promesa a ciegas —espeto con los dientes apretados—. ¡Por favor! ¡Por favor! —gimoteo.
—¡No! No hasta que digas que vas a escucharme siempre, no hasta que aceptes que eres mía y que eres mi responsabilidad.
—¡Joder, sí, soy tu maldita responsabilidad! ¡Ahora fóllame, como un carajo!
Fue como accionar una varita.
Se hunde en mí, agarra ambos lados de mis caderas, apretándome contra él, y comienza a embestirme con fuerza.
Coloco una mano en la pared y la otra en el borde del mueble con las fotografías y decoraciones. Respiro con dificultad mientras observo cómo mis pechos suben y bajan. Recibo cada estocada de él dentro de mí. Separo un poco más las piernas para que su pene entre aún más, levanto el trasero y recuesto mi espalda hasta dejarla tan plana y recta como una tabla.
Se mueve con lentitud y permite que mi sexo lo devore. Aunque ya lo recibí antes, todavía no se acostumbra a él. Llegado este punto donde mi v****a está más que lubricada y jugosa, él empieza a acelerar el ritmo. Se clava con ímpetu en mi interior. El ritmo frenético de sus embestidas taladra los músculos de mi interior, los cuales se contraen de manera involuntaria.
Jadea gutural, cosa que me excita.
Samme es todo un semental. Es un hombre tan fuerte.
Sus músculos anchos y fornidos, sus manos en mis caderas, mis pechos subiendo y bajando… Todo aquello sube mi libido al máximo.
Me penetra una y otra vez aferrándose a mis caderas.
Gimo sin parar.
—Samme, estoy a punto.
Me suelta y me insta a levantarme con lentitud, deja su pene dentro de mí y hunde sus dedos en mi cabello. Siento cómo su cuerpo se ancla al mío. Me sujeta del pelo y tira de mí con suavidad.
Suelto un gemido, muevo el trasero de arriba abajo, hago círculos y clavo su pene en mi interior.
Agarra mis pechos y los masajea.
Bajo una de mis manos a mi clítoris y cierro un poco las piernas; le aplico presión a su pene y a mi c*****o de placer. Muevo los dedos con frenetismo sobre él y consigo una ola eléctrica casi automática.
—Eso es, princesa. —Tira de mi cabello. Acaricio mi clítoris con intensidad—. Eso me encanta de ti. Eres dinamita.
Me susurra más palabras al oído.
Segundos después, consigo llegar al orgasmo de manera estrepitosa y escandalosa.
—¡Samme! —chillo y pierdo el control de mi cuerpo.
De no haber sido porque él está en mi interior, hubiese caído al suelo frío.
Sale de mi cuerpo despacio y me levanta en vilo, me coloca sobre sus caderas y se hunde de nuevo en mí. Me pega en la pared, la cual usa de soporte mientras vuelve a poseerme.
Subo los brazos a su cuello para no caerme.
—¿Cansada?
—Sigue —le digo con voz entrecortada.
Apenas recuperé el aliento después del orgasmo arrebatador.
Él consigue su propio ritmo y busca mis labios.
Lo beso y evoco todo lo que siento por él.
Sé que Samme lo sabe. Sé que se da cuenta de que es más que un polvo. Lo sé por cómo me mira preocupado. Lo he pescado haciendo eso muchas veces en las semanas que llevamos juntos.
Su cuerpo se tensa.
Contraigo mi v****a con malicia para exprimir por completo su pene.
Suelta un gruñido extasiado y sonrío al escucharlo gemir.
—¡Diablos, mujer! —exclama una vez recuperado el aliento.
Sigo colgada en sus caderas con los brazos alrededor de su cuello.
—¿Qué? —Me hago la inocente.
—Eres una duende muy peligrosa.
—No soy una duende —lo corrijo y hago un puchero.
—Sí, claro. Eres una maldita ninfa diabólica y peligrosa. —Se ríe y besa mi nariz, lo que hace palpitar mi corazón como si estuviera envuelto en un mundo de mariposas.
—Eso me gusta más. —Acaricio su cabello en la parte inferior de la nuca y lo beso despacio—. ¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que me ocultas, Samme? —le pregunto entonces al separarme de él.
Me agarra de las caderas y sale de mi interior, se retira el condón y se dirige al baño en silencio sin mirarme siquiera. Me recuesto en la pared y dejo caer todo mi peso en ella. Siento que mis piernas no me sostienen ya.
Su silencio no hace más que preocuparme.
Debe ser algo muy delicado si él ha decidido dejarme en su apartamento hasta nuevo aviso.
¿Secuestro?
Eso jamás creí que pudiera sucederme.
¿Con quién está mezclado Samme?
«El club…».
Pienso de inmediato en el club y en las mujeres y hombres que vi en Chicago.
¿Será una antigua novia celosa? ¿Una venganza?
Escucho mi celular sonar y me obligo a moverme.
No voy a ganar nada tirada en el suelo sumida en mi agónica desesperación.
Estoy decidida a averiguar de cualquier forma lo que Samme me oculta.