Chicago

1924 Words
—Nena, despierta. Nos vamos a Chicago. —¿Qué? —pregunto apenas abro los ojos—. ¿Te estás volviendo loco? No deben ser más de las tres de la mañana. Murmurando varias maldiciones, me quito el pelo del rostro y miro a Samme aún acostada en la cama con la sábana blanca sobre mi cuerpo. Me cubre del frío. Mi cabello es de un café oscuro. Lo llevo por encima del cuello al estilo Bob y tengo el flequillo en la frente, lo cual me hace lucir mucho más joven de los veintiséis años que tengo y de la maestría en diseño que poseo. —Debemos irnos ahora. Tengo cosas que resolver allá y es mejor si salgo temprano. Ya tengo el avión esperando. —¿Tienes un avión esperándonos? ¿Qué eres?, ¿El puto Pablo Escobar? —Hay muchas cosas que no sabes de mí. —¡Pues ilumíname, sácame de la jodida oscuridad en la que me tienes! —mascullo. Me levanto con las tetas al aire y me siento. Solo la sábana cubre mis piernas con el movimiento brusco. Amo mi desnudez y nada en mi cuerpo me avergüenza. Mi amiga, mi única amiga de toda la vida, Sophia McAdams, dice que tengo una confianza envidiable. A medida que trato a diferentes personas, comienzo a creer que sí. ¿De qué me sirve mostrarme insegura si a los demás no les interesa ayudarme? Esa fue la única pregunta que me hice cuando crecía en mi adolescencia. No servía de nada quedarme llorando, avergonzándome por mi cuerpo y sintiéndome horrible. ¿Podía cambiarlo? Si eran cosas que no podía cambiarlas en mi físico, ¿entonces para qué llorar? Mejor adueñarme de mi vida y mi paz mental. —No es el momento para comenzar a decirte lo que soy y lo que hago. —Creo que es el momento perfecto. —Levanto las cejas y me cruzo de brazos. Mis tetas se aplastan contra ellos. Lo contemplo; viste un polo n***o con cuello puesto que le queda bastante bien, unos pantalones vaqueros que acentúan sus piernas largas y torneadas, sumándole un trasero que me encanta ver cuando él está de espalda y cuando no se percata de mis ojos clavados en su culo. Tiene los ojos azules, una sonrisa torcida y seductora, dientes blancos y perfectos. Se dedica a blanquearlos cada tres meses, según él mismo me contó hace un tiempo. Nuestras visitas han sido esporádicas a través del tiempo. Después de que Cristhian me puso los cachos, he intentado no circundar al mismo hombre para así evitar malos tragos. Tristeza, angustia, llanto incontrolable y la miseria de sentirme inservible. En definitiva, estoy harta de esa basura del sentimentalismo. Prefiero el sexo sin compromiso. Lo prefería hasta que lo conocí a él y me di cuenta de que ese idealismo iba a ser tirado con rapidez al zafacón de la basura. —Vamos, Aria, no tengo todo el santo día. Levanta de la cama y vámonos. —No me voy a levantar de aquí hasta que no me digas por qué nos vamos a Chicago de nuevo. Fuimos hace dos días. ¿Por qué me arrastras contigo? Me hiciste traer mi ropa para acá. Hiciste que dejara a mi amiga en su casa… —¿Vas a seguir otra vez dándome el listado de todo lo que te he hecho hacer? Se acerca, me agarra de los tobillos, tira de mi cuerpo y saca la mitad de este de la cama con mis senos al aire y ahora sumándose mi sexo descubierto y depilado desprovisto de la sábana. Estoy en desventaja ante él. —Muy bien, ¿ahora qué vas a hacer? Ya me tienes aquí. Lo mejor es que me aproveches —ronroneo con voz sensual. —Vamos, Aria, no es momento para esto. —¿No estás para esto? ¡¿Que no estás para esto?! —Me incorporo, lo empujo contra la pared y comienzo a besarlo apresurada; agarro su pene entre mis manos por encima del vaquero y lo aprieto—. Sé lo que te gusta y lo que no. No me digas que no estás dispuesto a cogerme cuando estoy abierta para ti. —No —murmura. Me agarra de los hombros y me aleja con suavidad—, siempre quiero follarte. Eso tenlo presente. Siempre voy a tener ganas de hundirme en ti. —Pronuncia cada palabra con lentitud para darle tiempo a mi cerebro de asimilarlo. Ya no está adormecido y ahora está pendiente de todos sus movimientos—. No podemos hacerlo porque nos vamos. —¿Por qué perdemos el tiempo discutiendo y no haciendo el amor? —Precisamente, nena, porque me distraes. Es por eso que tengo que ser fuerte y obligarte a que te alistes y nos vayamos. Suelto una maldición y me alejo de él. Sé que no voy a ganarle a esto. He sentido su pene duro como una piedra y aun así ha rechazado cogerme por salir temprano. Este hombre debe estar metido en algo bastante peligroso o tiene los nervios del deseo de acero. Así desnuda como estoy me meto en el cuarto de baño. No veo el reloj, no me interesa. Si él dice que nos vamos, nos iremos. Ya en el trayecto buscaré la forma de sacarle la información. Sé que hay algo que le preocupa y necesito averiguar qué es. Diez minutos después, estoy bañada. Empiezo a colocarme la ropa interior. Él entra a la habitación y se detiene en la pared de la puerta. Dejo que me diga algo, mas no lo hace. —Si no vas a tocar, no te quedes viendo como un mirón. —Necesito hacerte una pregunta. Entorno los ojos al cielo irritada. —¿De pronto te interesa saber lo que pienso? ¿Ahora quieres saber si me interesa estar aquí recluida en tu maldito apartamento? —No te pongas así. —¡¿Y cómo quieres que me ponga?! —Camino hacia él y me detengo a dos pasos. Observa mi cuerpo cubierto apenas por la ropa interior que me acabo de poner, un conjunto de encaje n***o que apenas cubre el 60% de mis pechos y muy poco mi trasero—. ¿Qué es lo que quieres? —Pongo las manos en mis caderas. Mis costillas casi se marcan en mi abdomen. Peso cincuenta kilogramos y soy más alta que muchas. Por eso peso tanto, no, en realidad, no tengo suficiente masa corporal, pero sí lo suficiente para tener a este rubio de pacotilla mirándome como si fuese un bombón. Y no tengo duda alguna de que en verdad lo soy. —¿Y bien? —Levanto las cejas con altanería—. ¿Qué quieres preguntarme a las jodidas tres de la mañana? —Lamento haberte arrastrado a esto —expresa sin moverse de donde está con los brazos cruzados. Ahora en vez de ver mi cuerpo solo me mira directo a los ojos. Una mirada que me asusta, pues lo que él y yo compartimos es más que todo físico. La atracción que sentimos, esa electricidad que recorre nuestros cuerpos al tenernos cerca, es casi palpable. Me cruzo de brazos también e imito su postura. —¿Ahora te arrepientes de haberme arrastrado a lo que sea que sea esto? —No mereces estar involucrada en mis problemas. —De eso estoy consciente, pero ya estoy aquí, ¿o no?—Camino despacio y me acerco a él. No se aleja, pero tampoco se acerca para acortar la distancia que nos separa—. Ahora que te has disculpado y que hemos dejado claro que me has arrastrado a algo que no buscaba, ¿puedes decirme qué es lo que sucede? —Mi corazón late de prisa y siento la respiración caliente. Coloco una mano en su pecho al llegar junto a él y levanto el rostro para verlo mejor, ya que es mucho más alto que yo—. ¿Qué es lo que ocurre? —Le doy la oportunidad de que me diga. Mi cerebro se prepara con lentitud para escuchar que ha asesinado a alguien y por eso huimos. Mi voz es casi un susurro, pero sé que él me ha escuchado a la perfección—. ¿Cuál es la pregunta que quieres hacerme? ¿Estás metido en drogas, Samme? Aguarda un momento. Sube su mano por mi mejilla, retira un mechón y lo coloca detrás de mi oreja. Sus dedos son cálidos sobre mi piel recién salida de la ducha. —Necesito saber si confías en mí, Aria. Necesito escuchar de tus labios que si te digo corre lo harás, que si te digo sube subirás. Necesito saber si tú, Aria Douglas, confiarás en mí cuando llegue el momento. ¿Lo harás? Lo pienso un instante. Es una pregunta que conlleva una respuesta muy abierta. ¿A qué se refiere con correr y cuando llegue el momento? ¿Tan grave es la situación que voy a necesitar huir por mantener mi vida? Lo pienso unos segundos y me enfoco en los pros y los contras de dar una respuesta apresurada. ¡Joder! Esto es demasiado para responder de un modo apresurado. No lo conozco lo suficiente. No sé casi nada de él, como detalles superficiales de su familia, sobre todo de su hermano mayor. La única mierda que sé es que él es el dueño del club. ¿Es suficiente confiar en el sexo como para confiar en lo personal? «Si me coge tan bien, merece la oportunidad», pienso molesta. No, no es suficiente. Una vez creí a ciegas en un hombre y este me traicionó con una mujer que me había presentado como su prima. ¡Como una maldita prima! Doy un paso atrás y siento el frío en la habitación. Él ve la respuesta en mis ojos. Soy lanzada, pero no confiada, ya no. Me he enamorado de Samme y estaría dispuesta a irme con él a cualquier parte, pero ¿confiar mi vida? No tengo una respuesta clara y específica para aquello. —Comprendo. —No es… —No —me detiene—, estás en todo el derecho de no confiar en mí. —Se pasa la mano por el rostro y sus ojos quedan ocultos un segundo. Pero entonces algo sucede al descubrirlos. Su mirada es más oscura, menos ardiente y cariñosa. Menos el Samme del que me enamoré y más el hombre que vi apuntándole a otro con un arma hace unas horas. —De igual forma, te quedarás conmigo. No necesito tu confianza. Te mantendré a salvo yo solo. —Dicho esto, da media vuelta y comienza a caminar por el pasillo que conduce a la sala—. ¡Salimos en veinte minutos! Miro el lugar donde hace unos segundos estaba ese hombre que tan loca me vuelve y que tanto placer me ha ocasionado. ¿Cómo puede haber dos versiones tan distintas de Samme? Tan cariñoso y atento en ocasiones y tan rudo y brusco en otras. Tan poco considerado como para no darse cuenta de que me retiene en contra de mi voluntad. Y nadie me retiene contra mi voluntad. Nadie me controla. Pronto se dará cuenta de que Aria Douglas no es una sumisa simplona. La sumisión la dejo para la cama, y ni siquiera allí me dejo hacer lo que los demás quieren. —Ya veremos, maldito arrogante, si te dará igual —murmuro y cierro la puerta de la habitación.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD